El Rosal.

Berta se asomó por la ventana de la cocina y vio que su rosal había florecido. Era el último domingo de invierno, sin embargo, su patio ya lucía la primavera.

Recordó el día en que lo había plantado. Fue un domingo de noviembre. El primero que pasaba en su hogar de casada. Fidel le estaba sebando unos mates, mientras ella removía la tierra y depositaba esa plantita diminuta que les había regalado Carola, su suegra.

Habían aceptado el regalo por respeto. Pero la verdad era que a ninguno de los dos le hacía gracia la idea de tener que cuidar una planta. Además, Berta quería ser una buena nuera para Carola, que era tan amorosa.

Nunca cuidaron el rosal. Lo dejaron a la buena de Dios y él cada año florecía. Daba unas rosas fucsias tan vivas y maravillosas que iluminaban el gran patio, a pesar de ser el único encargado de embellecer el lugar y de que solo lo tenían en cuenta cada primavera.

Berta sintió que Fidel se acercaba. Le mostró las rosas de su fiel rosal y ambos sonrieron. Los dos recordaban el primer domingo de casados, 35 años antes, cuando entre risas, ilusión y un enamoramiento primaveral, habían plantado el regalo de Carola, divertidos ante la idea de que sospechaban que no duraría ni un mes por los pocos cuidados que obtendría.

Sin embargo, el rosal había sobrevivido a todo. Lluvias, crudos  inviernos, calores intensos, sequías y al abandono cuando no estaba hermoso, lleno de rosas.

Berta volvió en sí, y empezó a preparar un postre para recibir a sus hijos, nueras y nietos como todos los domingos. Y se dio cuenta de que aquel rosal era como la semillita de esa hermosa familia que llegó después.

Si bien no lo había cuidado como se merecía, lo había plantado con todo el amor y la felicidad de una recién casada. Con la ilusión de que ese amor tan intenso que compartía con Fidel floreciera lo antes posible y durase toda la vida.

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Ojitos de Miel

Heidi había terminado hacía un tiempo su carrera y el día de recibir el tan ansiado título se acercaba. Sus padres, sus dos abuelas y su hermana la acompañarían en su gran día.

Como sabía que tenía que elegir a uno de los tantos docentes que se cruzaron en su vida universitaria para que le entregue el título, se dio cuenta en aquel momento que no recordaba haber tenido una relación muy estrecha con sus profesores. Ni siquiera con su directora de tesis. No se habían llevado muy bien en el proceso, pero era la única que estaba disponible.

Entonces pensó en Ariel, su jefe de trabajos prácticos de una materia de segundo año, hacía mucho tiempo de eso, pero recordó cómo la había ayudado en aquella asignatura que detestaba al punto de lograr que le guste, también había sido el único, en su larga carrera que se había tomado el tiempo de inyectarles, a ella y sus compañeros, pequeñas dosis semanales de energía, entusiasmo y confianza a lo largo de todo un año. Además, a pesar de ser bastante mayor que ella, le parecía hermoso.

No sabía nada de él, ni siquiera si seguía siendo profesor. Tampoco recordaba su apellido, pero con averiguar si podía entregarle el título, no perdía nada. Preguntó en la cátedra donde había cursado con Ariel y todavía se dedicaba a la docencia. Cuando fue a firmar el título y le pidieron el nombre del profesor que quería que le entregue el diploma, dijo: Ariel Ludueña.

Estaba nerviosa aquel 15 de julio. Era hasta ese momento, el día más importante de su vida. Se levantó temprano, su hermana la peinó y la maquilló. Se puso la ropa que había elegido para ese evento tan especial y sintió cómo le dolía el estómago por la mezcla de sensaciones. También se dio cuenta de que todo eso, tenía un componente extra. Vería después de siete años a Ariel. Su amor platónico cuando era una jovencita bastante nueva en la Universidad.

 

El acto comenzó a la hora prevista. Heidi, desde su asiento, recorrió con la vista lo poco que podía del gran salón, dado que estaba sentada en la tercera fila.

Cuando le llegó el turno, escuchó que la maestra de ceremonias dijo: “adelante, Canavaro, Heidi Elisa. Hace entrega del diploma, el profesor doctor Ariel Ludueña”. Se le aflojaron las piernas, le temblaba todo el cuerpo, sin embargo, recorrió el camino al estrado como si no tuviera una procesión por dentro.

Al pisar el último escalón levantó la vista. Y ahí estaba él, por primera vez lo veía tan elegante, con un traje azul marino que resaltaba el turquesa de sus ojos y una corbata de Superman, algo tan típico en él, poner su toque de humor en todo lo que hacía. Habían pasado siete años desde el último encuentro que habían tenido. La sonrisa amplia,que dejaba ver todos sus dientes blancos y parejos, seguía ahí; los ojos tan profundos, le sonreían también, siguiendo cada uno de sus pasos. El cabello siempre corto y ondulado ya había dejado de ser negro, para dar paso al gris oscuro que tenía en ese momento.

Le pareció eterna la caminata hasta la mitad del estrado donde él la esperaba con el título en sus manos. Al fin estuvo frente a Ariel, él la abrazó y le dijo al oído:

-Felicitaciones Ojitos de Miel! Qué alegría volver a verte.

Heidi inspiró ese perfume delicioso que le traía tantos recuerdos hermosos, intensificó el abrazo, y al escuchar esa voz gruesa y dulce a la vez en su oído, que la llamó como en la época que eran alumna y profesor, deseó que ese instante dure mil años.

 

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Regreso?

A principios de este año, le puse fin a Taína Dalí. Mi vida dio un giro y sentí que era el momento de terminar el blog.
Lo hice, pero no fui tan determinante. Las notificaciones siguieron llegando a mi teléfono. Así que seguí, silenciosamente, formando parte de este mundo y esta familia. Aunque ya no posteara, ni pusiera likes a mis posts favoritos, ni los comentara.
Pero nunca había vuelto a entrar a este blog. No releí mis textos. Ni los comentarios que me dejaron. Sin embargo, hoy entré y leí algunos. Más allá de los sentimientos que me generaron esos relatos, recordé lo que sentí cuando los escribí, qué los trajo a mi mente y a mi corazón, y por sobre todas las cosas, vi cuánto cambié a lo largo de estos años.
Hay dos frases que me llevaron a escribir de nuevo. Una, muy pequeña del texto Fin, que es sumamente importante y que ni siquiera al escribirla, ni releerla al corregir, me di cuenta de todo lo que significa: “… me quiero a mí cuando escribo…”. La otra, de Juan Ignacio, de PlumayLuz, que en su comentario me dijo: “… si ves que te empapa demasiado la nostalgia y que necesitas pasearte entre nuestras conversaciones, no lo dudes, que aquí te estaremos esperando para cuando quieras volver a sentir esas emociones…”.
Después de poner el punto final en aquel post, no volví a escribir. Y hoy, tantos meses después, que entré en mi blog nuevamente, me pregunto por qué no volví a agarrar una birome y papel, que es donde amaba/amo escribir. Por qué si me quiero a mi misma cuando escribo, dejé de hacerlo. Hay algo más importante en la vida que querernos a nosotros mismos?
Siempre hay tiempo para soñar, imaginar, crear, y también para plasmar eso en un papel o compartirlo en internet.
No sé si esto es un nuevo comienzo. Sí sé, que como dice la famosa frase de la canción de Chavela Vargas, “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”. Este, aunque virtual, es un espacio donde amé la vida, me amé a mi misma, y hoy tuve la necesidad de volver a sentir aquello que me hacía tan feliz.

Por eso, aquí estoy, para sacar la palabra fin del lugar principal donde fue puesta hace un tiempo. Y para volver, cada vez que mi corazón lo crea necesario, a compartir mis letras en este, mi lugar favorito en el mundo virtual.

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Fin.

Cada cosa en la vida, tiene un principio y un final.

A  veces, los finales son deseados, otras no. A veces son dolorosos, otras tristes, otras produce una gran satisfacción o libertad. A veces, los finales llegan por la vida misma, otros toman trabajo.

De vez en cuando, nos suceden cosas que vienen a cumplir un ciclo en nuestra vida y aunque nos cueste, debemos darle un fin.

Es el caso de este blog. Surgió por mi inmensa necesidad de mostrar a quien quisiera leerme un poquito de las historias que imagino y de mis reflexiones. Con un poco de miedo y de vergüenza pero también con deseo, con ilusión.

Fue muy grato para mí, ver que sí había en el mundo alguien que iba a poder leer mis pequeñas historias. También,que había quienes se enamorarían de algunos personajes. Que había quienes se tomarían el trabajo de decirme palabras bonitas, quienes esperarían mis publicaciones y hasta se preocuparían por mí cuando me tardaba en hacerlo.

Fueron casi 3 años de Taína Dalí, y qué feliz me sentí en este tiempo de compartir algo tan importante para mí, con todos ustedes. Las palabras hoy no me alcanzan para agradecerles tanto amor, a tantas personas.

El 2016 me trae más cambios, más responsabilidades y va a ser muy complicado publicar tanto como quisiera.

Me costó mucho tomar la decisión de decirle adiós a este blog. Porque lo quiero a él, los quiero a ustedes y me quiero a mí cuando escribo, pero la vida te sorprende, te lleva por distintos caminos y prefiero cerrar y concluir este hermoso ciclo a seguir ausentándome tanto tiempo.

También quiero mucho a la nueva yo, que me demanda tiempo y tiene muchas más responsabilidades. Por eso, llegó el momento de decidir.

Así que, aquí estoy, despidiéndome de ustedes, con un poco de nostalgia, como casi siempre sucede en las despedidas.

Gracias de todo corazón, por tantas cosas lindas. Por estar del otro lado siempre. Por tomarse un ratito para leer a Taína Dalí.

Fin.

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Susú

Estaba sola, sentada en el sofá, en el living de su casa. Esa casa inmensa, que había quedado vacía.

Susú tenía entre sus manos un portarretratos con una foto de la familia completa.

Estaba Juan, su amor de toda la vida, que había fallecido cuando tenían solo 35 años. Después de quince juntos, de compartir todo, absolutamente todo y de tener cuatro hijos hermosos. Luca de diez, Gonzalo de seis, y Kiara y Ana, las mellizas, de dos.

Susú dedicó su vida entera a que esos niños que ellos tanto amaban sean felices, para que vivan y disfruten la vida que tenían por delante, tratando de recordar solo lo felices que habían sido con su papá. Que no sintieran ese vacío tan profundo que sentía ella.

Al principio, creyó que no iba a poder. Pero se rindió ante esos cuatro pares de manitos. que la acariciaban y abrazaban todo el tiempo.

Y solo tuvo amor. Amor para sus cuatro hijos, para nadie más. Y para Juan que no estaba físicamente con ella, pero sí en sus pensamientos y en su corazón.

Pasaron los años, muchos años. Veinte en total. La vida se le pasó viviendo para su trabajo y sus hijos. A su modo, fue feliz. Sin embargo, nunca pudo seguir adelante, su corazón se quedó estancado en ese fatídico 13 de febrero en que le dijeron que Juan, no volvería nunca más.

Había necesitado tanto a Juan en cada momento importante de la vida de sus hijos. Cumpleaños, actos escolares, egresos, los varones se habían recibido, se habían casado y ya tenía tres nietos. Dos varones y una nena que eran la luz de sus días. Kiara se había recibido y fue a vivir al exterior y Anita se había ido a vivir sola hacía un par de meses. Le había costado tomar la decisión de dejar sola a su mamá, pero Susú la había incentivado para que vaya y viva su propia vida. Lo que menos quería era truncar la vida de alguno de sus hijos a causa de su propia soledad.

 

Ahí estaba. sentada en el mismo sofá de siempre. Mirando el portarretratos de la familia completa. Sus hijos tan chiquitos, tan sonrientes, tan felices. Juan, perdido entre ocho bracitos y ella contemplando el momento, enamorada, llena de luz, viva.

Desvió la mirada y encontró el portarretratos donde estaba con Iam, su primer nieto. Vio ese nene tan sonriente, que la hizo tan feliz siempre y se vio ella, con una sonrisa tan inmensa como inmensa era la tristeza que había en sus ojos.

Se preguntó si sus hijos sabían, si se habían dado cuenta de que el día en que murió su papá, también ella se había muerto.Hizo hasta lo imposible para que ellos sean felices y se desvivió por aparentar que ella también lo era. Y lo fue, porque los hijos te producen una felicidad que atraviesa cualquier barrera, pero esa felicidad no fue completa.

 

Faltaban dos días para que se cumplieran veinte años de la muerte de Juan. Y ella estaba ahí sentada en su casa, con 55 años, perfumada, bien vestida como siempre, portando esos ojos tristes, pidiéndole perdón a quién se había ido hacía mucho tiempo y que seguramente estaría feliz de que ella vuelva a sonreír de verdad.

Susú estaba vestida tan elegante, porque ese día iba a tener su primera cita formal con Pedro, un compañero de yoga con el que se llevaba muy bien y con el que tenía muchas cosas en común.

Después de veinte años y con 55 encima, se iba permitir por primera vez que su corazón lata por alguien más. Se iba a dar una oportunidad de que alguien más la quiera y de querer.

Sentía culpa en el corazón pero era consciente de que le iba a hacer bien a ella y también a sus chicos. Quería volver a ver una foto con su mirada llena de luz. Aunque tenía 55 años quería con todas sus fuerzas volver a verse y volver a sentirse viva, completamente.

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Nunca Es Tarde

Ximena se miró al espejo y vio unos ojos muy tristes. Tan llenos de infelicidad que le dieron ganas de llorar. Entonces, esos ojitos marrones se llenaron de lágrimas que empezaron a rodar por sus mejillas.

Se miró al espejo, y se preguntó cuándo había sido la última vez que se había visto. No los ojos tristes, la profundidad de su alma que se encontraba tan desolada. Tan dolorida de sufrir y sufrir. Tan oscura por haber sido abandonada mucho tiempo antes. Tan presa. Tan encadenada. Tan sedienta de luz y libertad.

Ximena, como algunas veces les pasa a las almas que se encuentran de repente solas, era el orgullo de sus padres, de sus abuelos, de sus tíos, de su pueblo. Había estudiado ingeniería biomédica y se había recibido después de mucho sacrificio. Le costó un poco conseguir trabajo cuando se recibió, pero no se desesperó.

Trabajó seis años en un hospital muy renombrado de su provincia, escaló puestos hasta convertirse en jefa en poco tiempo. Cada Navidad, cuando volvía a su pueblo, era la sensación, todos querían saludarla, sus padres la llevaban orgullosos a cuanto evento pudieran asistir y siempre encontraban a alguien a quien le podían contar lo bien que le iba a su hija.

Sin embargo, hacía bastante que todas esas muestras de cariño la incomodaban. Se avergonzaba de ser el orgullo de sus padres. Se sentía humillada cada vez que ellos contaban sus enormes logros académicos y laborales. Quería huir cuando alguien la trataba como si fuera una mente superior.

Un día, tomó real consciencia de cuánto le costaba ir a trabajar cada día. De que en sus rezos pedía que nada se rompa para no tener que arreglarlo, entraba en pánico de solo pensar que no podría resolver alguna situación que requería ser solucionada con urgencia. Del alivio que sentía cuando llegaba la hora de irse a casa.

Lo mismo le había pasado en la facultad. Al principio todo parecía normal, pero después, cada materia le empezaba a costar un montón. No quería pisar la facultad. Miraba el reloj a cada rato para saber cuánto faltaba para salir de ese lugar. Era un martirio tener que asistir a las clases prácticas. Y a medida que se acercaba a la meta, que era recibirse, más le costaba sacarse las materias de encima.

Recordó aquellos años de estudiante que lo mejor que habían tenido era los asados con los amigos, y se dio cuenta de que nunca había sido exitosa en su carrera. De ninguna manera. Ni sacando buenas notas, que era el significado de éxito para ella en aquel momento, ni disfrutando todo el trabajo que le daba la carrera que había elegido, que era su medida de éxito en la edad adulta.

Se dio cuenta de que se había comido el cuento de que cuanto más sufrimiento, más vale el logro. Su lema era “persevera y triunfarás”, que estaba muy bien, pero no perdiendo su alma en el intento.

Cerró esos ojos tan tristes que no podía mirar de tanta pena y remordimiento que le daban, e intentó ver qué había ahí adentro. Lo primero que apareció fue una palabra, en mayúsculas y de color verde: LIBERTAD. Vio muchos árboles, pájaros, flores, tierra. Entendió que la naturaleza, su lugar favorito en el mundo, la estaba llamando. Se dibujó una sonrisa en su rostro cuando el significado que le dio su corazón a esas imágenes era, liberáte, salí de las cuatro paredes de un hospital y respirá aire puro.

Y sintió mucho miedo, porque para hacer eso, debía dejar todo lo que había hecho hasta ese momento y empezar de cero. Sus padres se enojarían muchísimo. Hasta tenía miedo de que enfermen. Entonces volvió aguardar esas imágenes bonitas en donde estaban, se lavó la cara y continuó con su vida de todos los días. Rezando para que el tomógrafo no se rompiera, para que pase rápido el tiempo.

Sin embargo, Ximena había abierto una puerta. Se hizo realmente consciente de algo que sabía desde hacía demasiado tiempo pero que no se atrevía ni a pensar. Y cuando uno se hace consciente de algo, ya no se puede volver atrás.

Cuando se dio cuenta de todo el tiempo que había perdido y de que en realidad no sabía a ciencia cierta qué era lo que quería hacer, le dio vergüenza, y se encontró muy sola. Todos esos años además de vivir la vida que otros querían, se había encargado de construir un caparazón a su alrededor para que nadie se diera cuenta de lo que pasaba en su interior, porque para ella, todas esas dudas y esos errores eran un fracaso irremediable.

No obstante, llegó el día en que se cansó de pensar en todo lo malo que estaba viviendo y quiso cambiar. “Está bien”, se dijo, “no voy a dejar el hospital por ahora, pero voy a empezar a delinear mi futuro para hacer lo que realmente me guste y que salga como tenga que salir”.

Fue así que empezó por mirar para adentro más seguido y descubrió que aquello que se repetía era lo de la naturaleza. Entonces hacia allá fue, empezó tomando clases de yoga al aire libre. Ahí conoció a Mariela, que vivía alejada de la ciudad y en su casa con un patio enorme, tenía cientos de plantines que cuidaba y vendía. Se hicieron amigas y Ximena empezó a visitarla seguido. Vio cuánto le gustaba estar entre las flores, ver cómo se armaban los plantines, y aprendía acerca de ellas en cada visita. En su casa investigaba de las que más le habían gustado y se vio trabajando de eso.

De repente se encontró siendo socia de Mariela, abrieron un local, donde solo venderían flores y Xime dejó el hospital. Ganaba muchísimo menos en la florería, pero se levantaba cada mañana ansiosa por ir a trabajar. El tiempo se le pasaba volando y cuando llegaba a su casa algunas veces, navegaba en inernet buscando novedades.

Ximena empezó a vivir su vida a los treinta y cinco años. Tarde? No, nunca es tarde para volver a empezar y ser aquello que realmente querés ser.

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Dos Caminos.

  Tomasa, una neurocirujana de 36 años, muy exitosa en su campo, estaba arreglándose en la habitación del hotel para el día más importante de su vida. En solo dos horas, iba a presentar un caso clínico de un paciente con un tumor cerebral. Ese paciente había sido diagnosticado hacía poco tiempo y ningún neurocirujano se había atrevido a echarle mano, por lo que el pobre hombre esperaba la lenta muerte que le habían pronosticado, mientras su esposa se empeñaba en seguir recorriendo médicos que pudieran ayudarlo.

  Por gracia de Dios,se habían cruzado con Tommy. Ella, en el auge de su profesión, llena de confianza y seguridad, con muchas ganas de estudiar y de intentar nuevos tratamientos, les había propuesto algo distinto. Una cirugía que aún nadie había llevado a cabo con éxito, pero que era la única posibilidad de retrasar un poco la muerte. Si todo salía bien, podría extirpar el tumor. Ella tenía esperanzas, aunque nadie lo había logrado, se pasaba días enteros creando caminos y estrategias diferentes. Plan A, B, C y quería tener un D por las dudas. Si todo salía mal, había probabilidad de que Pedro se muera en la mesa de operaciones, pero ella iba a hacer todo lo posible para que eso no pasara. Si veía que la cosa no iba bien, iba a cerrar y dejar todo como estaba.

 Lo habló con Pedro y su esposa. Les contó todo con detalles. Les explicó cada una de las situaciones a las que se enfrentaban y subrayó, que nadie había salido de ahí con un cien por ciento de éxito.

  Ellos aceptaron lo que se les ofrecía. Era lo mejor que tenían hasta ese momento. Y Pedro las consoló a las dos, como si Tomasa fuera su hija, diciéndoles, que no le tenía miedo a la muerte. Esa posibilidad incluso formaba parte de su día a día.

  Tomasa estuvo operando a Pedro durante veinte horas seguidas. Tuvo miedo los días previos, estuvo a punto de abandonar porque cuando se encontraba en el recorrido de los pasos que debía seguir,con una posibilidad de fallo, se preguntaba a sí misma, qué le hacía creer que si nadie lo había logrado, ella lo podía hacer?

  Sin embargo, tuvo mucho apoyo emocional, académico y laboral. Sus jefes, compañeros, alumnos, amigos y familiares estuvieron sosteniéndola todo el tiempo y gracias a todos ellos, a la confianza que le tuvieron Pedro y su familia y a la dedicación que ella misma le puso al caso, tuvo mucho éxito. No fue el cien por ciento, pero logró extirpar el 95 por ciento del tumor y Pedro no tuvo ninguna secuela. El cinco por ciento restante, esperaban atacarlo con rayos y quimioterapia. Era lo máximo que alguien había logrado y por eso estaba ahí,en el Congreso Internacional de Neurocirugía, para presentar su caso, contar paso por paso lo que había echo y para que cientos de neurocirujanos de todo el mundo pudieran felicitarla y aplaudirla porque había logrado llegar un paso más allá, en el camino de la ciencia.

  Cata, se conectó en sus redes sociales. Había vuelto a su casa muy cansada, se dio un baño relajante y se preparó algo para comer. Su esposo no llegaría hasta unas horas después, por lo tanto tenía un buen rato a solas.

  Como todos los días, lo primero que hacía era revisar sus redes sociales. Responder la mayor cantidad de mensajes  y comentarios que le dejaban sus fans, porque eso sí le gustaba manejar a ella, y después se ponía a escribir.

  A Cata le fascinaba la novela romántica, desde que era una adolescente y se pasaba la mayor parte de sus horas libres leyendo. Un día, cuando ya tenía más de veinte, se le ocurrió que todas las historias que ella tenía en su mente, también podían gustarles a otras personas como a ella le volvían loca las de sus escritoras favoritas.

  Así empezó, creó una cuenta en todas las redes sociales que le gustaban, las dejó bien bonitas, y también creó un blog. Allí, dio rienda suelta a su pluma y su imaginación.

  De repente se encontró con que a muchas personas les gustaba lo que escribía y que lo que siempre había temido (quedarse sin historias) no era posible, porque todas las situaciones, personas o conversaciones le inspiraban algo.

  Había personas que le pedían que escriba más sobre algunos personajes y así se dio cuenta de que podría escribir una novela. Así lo hizo, pero cuando llegó la hora de la publicación, no sabía qué tenía que hacer. Empezó por contratar a una amiga que era correctora literaria y a su esposa que era editora. Necesitaba ayuda legal, por lo tanto, sentó a  su entonces novio, que era abogado, a estudiar sobre el tema. Un amigo se encargó del diseño y así, tiempo después, con muchos dolores de cabeza, rechazos y noches turbulentas en el medio, su primer novela románica vio la luz. Y tuvo un éxito inesperado.

  Cata, gracias a su promoción por las redes sociales, se había echo conocida antes de la novela. Mucho antes. Entonces, cuando el libro por fin salió, tuvo más éxito del que ella esperaba. No solo en su país, también en otros de habla hispana.

  Pero había algo con lo que Cata no contaba, porque no esperó todo ese éxito en su vida. Cuando el libro salió, ella tenía que hacer la presentación y firmar libros, y le habían concertado entrevistas en algunos medios audiovisuales para que promocionara su libro y la gente, su gente, la conociera por fin. Y la editorial quería que también viajara a otros lugares a realizar firmas y promoción…

  Pero Cata no podía hacer eso… porque Cata no existía. Ella en la vida real, era Tomasa, la exitosa neurocirujana que todos los días de ocho a catorce trabajaba en un hospital.

  Nadie en la vida de Tomasa, sabía de la existencia de Cata. Excepto claro, quienes la ayudaron en la publicación de la novela. Nadie sabía que esa mujer imponente, tan cientificista, correcta, que solo pensaba en su trabajo y sus pacientes, cuando se quitaba el guardapolvo, se moría por las historias de amor.

  Esta mujer se encontraba en una encrucijada. Debía elegir un camino. Debía elegir la vida de Cata o de Tomasa. El problema era, que estaba enamorada de las dos.

  Dilemas.1