Amor Real.

Yo, que me pasé la vida diciendo a quien me quisiera escuchar que cuando corto con alguien, corto. Ahora no puedo.
Aunque me llené la boca diciéndome que era imposible seguir, cada día miraba unas cien veces su foto de perfil y sus estados de WhatsApp. Controlaba su última conexión. Y cuando lo veía en línea, miraba fijo la pantalla y repetía: escribime, escribime, escribime… hasta que se desconectaba, o me escribía.
Y cuando me escribía, me desesperaba por responder. Por preguntarle. Quería saber de él y que las charlas se prolongaran mucho tiempo.
Nunca me llenaba de ese hombre con el que no quería tener nada. Siempre me decía, “no le respondo más”, para siempre enojarme si pasaba un día sin escribirme y desesperarme cuando lo hacía.
A mí, que siempre estaba solucionando problemas de pareja ajenos, me pasó que no podía seguir mis propios consejos. Era muy fuerte el deseo de ser alguien en su vida. De que piense en mí como yo en él.
Sin embargo, mi yo racional no quería saber nada. Me decía que no estaba enamorada. Pero lo necesitaba. No quería que seamos pareja pero sí que esté pendiente de mi. Quería enojarme y que él insistiera para que yo volviera a estar de buen humor.
Me estaba pasando con ese hombre algo que nunca me había pasado con nadie. Hasta ese momento, nunca había estado colgada de alguien. Y eso me aterrorizaba. Me frustraba. Me enojaba. Y no había nada que pudiera hacer para cortarlo.
Lo único que lo hubiera logrado era que él no me escriba más. Porque solo en eso cumplía mis promesas. “No le escribas primero”, me repetía cada día. Pero él volvía a hacerlo, y yo le respondía.
¿Qué es esto? ¿Qué quiero? ¿Por qué no puedo soltarlo?
Y me empecé a observar. Y cada vez que me escribía o me hablaba me saltaba el corazón en el pecho. Y me hacía cosquillas la panza. Y me temblaban las manos.
¿Qué es esto? ¿No fui yo quien no quería nada más? ¿No fui yo quién quiso poner punto final a la relación? ¿Por qué a cada minuto me olvidaba de lo que me hizo cortar con él?
Ay, Dios. ¿Por qué no puedo dejar de pensar en él? ¿Por qué se me hace tan difícil no verlo, no sentirlo, no compartir mi vida con él?
¿Será que después de todo, el amor es más fuerte? ¿Será que estoy enamorada y no me di cuenta? ¿Será que hice un mundo de algunos motivos porque tengo miedo?
¿Será…?
No importa lo que pasó, o no. No importa lo que pasará, o no. Importa lo que siento y quiero ahora. Y lo que quiero es a él al lado mío en este instante. Reírnos. Besarnos. Acariciarnos. Abrazarnos. Descansar sintiendo su respiración después de este día agotador.
Me siento tan tonta de repente. Me cuesta mucho aceptar que me equivoqué. O que tal vez me esté equivocando ahora.
Mierda! Estoy hablando del amor. De que extraño a una persona que quiero y que tal vez amo, y en lo único que pienso es en que no quiero equivocarme.
¡Daryana por favor! ¿Dónde quedó todo eso que les decís a tus clientes sobre seguir a tu corazón?
Ok.
Lo voy a llamar.
No, mejor le escribo.
¿Pero qué le escribo?
¿Con un “te extraño”, estará bien?
¡Ay, Dios! No me gusta sentir esto. No me gusta esta situación. Por qué hago las cosas tan difíciles.

Es lunes. Todo lo que escribí, pasó un jueves, hace un mes, pero no terminó ahí.
Al final, le escribí a Matías. Le puse que lo extrañaba y que tenía ganas de verlo.
Me respondió: “Yo también te extraño y tengo ganas de verte. Pero de una manera diferente a la tuya. Yo te quiero, no estoy muy seguro de que te pase lo mismo. Y no voy a ir a tu casa para que a las cuatro de la mañana quieras que me vaya”.
Volví a tener dudas. Me estaba torturando a mí misma. No sabía qué me estaba pasando. O un poco sí. Quería que alguien me diga con seguridad que todo iba a salir bien. Pero, ¿qué es seguro en la vida? Mucho menos en el amor.
Tampoco quería lastimarlo ni jugar con él. ¿Por qué? Poque lo quería. Porque me importaba mucho. Y porque de verdad quería desayunar con él el viernes, antes de irnos a trabajar, después de una noche durmiendo de a ratos.
Entonces me di cuenta, de que todo eso era amor. Empecé a recordar mis razones para terminar con él y no me importaba nada de eso. Mis ansias de estar con Matías, que charlemos, cocinemos juntos, nuestros rituales y hábitos, eso era más importante en ese momento.
Teníamos mucho para hablar y aclarar. Yo principalmente. Debía plantearle mis dudas y preguntarle si aún con todo este lío en mi cabeza quería estar conmigo.
Le respondí que si venía, quería que desayunemos juntos el viernes. Nada más. El que yo también lo quería se lo iba a decir personalmente.
Me temblaban las piernas mientras lo esperaba. Me dolía la panza y tenía palpitaciones. Yo de verdad me había creído el cuento de que nunca más lo iba a ver. De verdad me creí superpoderosa. Me comí el discurso que les repetía a los demás, y que por primera vez en mi vida, me daba cuenta de que no era posible cumplir cuando uno estaba enamorado.
Por fin sonó el portero. Era él. Y yo estaba más nerviosa que en la primera cita. Dejé la puerta entreabierta, como cada vez que él iba a mi casa, para que pasara sin golpear. La verdad era que no quería enfrentarme a él en ese lugar. Me fui a sentar en la barra que separaba la cocina del comedor. En mi banqueta preferida. Para que me dé seguridad.
Matías entró. Estaba tan lindo. Su pelo negro revuelto como siempre. Con una remera azul y unos jeans casi del mismo color. Llevaba colgada su mochila, donde supe, tenía la ropa para ir a trabajar al día siguiente. Su perfume inundó mi olfato, mi casa y todos mis sentidos.
Dejó la mochila en el sofá, sin dejar de mirarme en ningún momento. Sin decir nada tampoco. Se acercó, tomó con sus manos mis mejillas y me besó.
Nos besamos deseperadamente. Liberando toda la ansiedad, la angustia, el deseo y el amor contenidos. Y mientras me besaba, me dijo: “te extrañé tanto, me estaba volviendo loco sin tus besos”. Por supuesto, todo lo que pasó entre ese beso y el desayuno del viernes, no voy a contar.
Solo voy a decir, que todos mis miedos desaparecieron. Espero que para siempre. No quiero volver a sentir esa sensación horrible. Entendí cuál fue el motivo principal por el que en aquel momento decidí terminar con Matías.
Él es una persona real, con defectos y virtudes, igual que yo. Eso hace que nuestra relación no sea perfecta. Y claro, ninguna lo es. El tema es, que nunca tuve la posibilidad de vivir eso, porque siempre me retiraba antes de que mis noviazgos fueran reales. Pero esta vez, el amor era real. A Matías lo quiero como es. Me enamoré de un hombre de verdad, no del que solo aparece en los tres primeros meses.
Tuve miedo también, de que a Mati no le guste la Daryana completa, con todos los defectos que empezaban a salir a la luz.
Al fin, sé lo que es el verdadero amor. Y yo que creía que me las sabía todas. Qué equivocada estaba. Y qué feliz soy por haberme equivocado.

 

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Foto: Pinterest Tamara Ullmann
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Procesos.

Cuando tenía seis años, soñaba con ser maestra jardinera. Estaba enamorada de mi seño Sol y quería ser como ella.
A los ocho, soñaba con ser maestra de grado. Me parecía alucinante enseñarle a un montón de nenes a leer, escribir, sumar, restar y muchas cosas más.
A los diez, soñaba con ser actriz, bailarina y cantante. Me pasaba horas representando mis hits favoritos en los escenarios que me armaba en casa.
A los doce, lo único que hacía era organizar mi fiesta de quince.
A los trece, lo único en que pensaba era en tener mi primer beso de verdad a los catorce. Y mi primer novio oficial a los quince.
A los quince no había dado mi primer beso de verdad ni tenía novio. Tampoco tuve fiesta porque decidí que quería ir a Disney con mi mejor amiga, Lourdes. Y soñaba con terminar el cole, irme a Bariloche de viaje de egresados y empezar la facultad.
A los diecisiete, me fui a Bariloche, terminé el colegio, pero no sabía qué estudiar. Después de un test vocacional, me inscribí en administración de empresas. Con lo único que soñaba era con vivir sola en otra ciudad.
A los dieciocho, empecé la facultad y con ella a vivir sola en otra ciudad. Me costó al principio porque extrañaba mucho a mis papás y a mis hermanos. Y a mi perro. También tuve mi tardío primer beso de verdad. Asignatura pendiente desde los catorce.
A los veinte, empecé una nueva década, con mi reciente primer novio, y nuevos sueños por cumplir en los diez años que se avecinaban.
Quería recibirme a los veintitrés. Trabajar en una multinacional a los veinticinco. Tener mi propia empresa a los veintisiete. Casarme a los veintinueve. Y estar embarazada de mi primer hijo cuando estuviera soplando la velita número treinta.
Me recibí a los veinticinco. Conseguí trabajo en una buena empresa a los veintisiete, tenía un buen puesto y ganaba bien. No era lo que había soñado pero estaba bien. A los veintinueve me puse de novia. Y no quería casarme ni tener hijos.
Cuando cumplí treinta, todo estaba encaminado. Pero, estaba harta de ver números todos los días de mi vida.
Mis sueños para los siguientes diez años eran, hacer algo con mi vida que no incluyeran los números. Y viajar por todo el mundo con Lucas, mi novio.
Mi feliz vida amorosa se derrumbó a mis treinta y uno cuando mi novio me dejó porque se enamoró de otra persona. Mi vida laboral que me daba muchas satisfacciones económicas, aunque no personales, se desmoronó a mis treinta y dos, cuando la empresa decidió un recorte de personal que me incluyó a mí.
Algo se encendió dentro mío y supe que era hora de hacer algo que me hiciera feliz. No sabía qué. Lo que más me gustaba en la vida era viajar. ¿Pero qué podía hacer con eso?
Empezó un largo proceso de aprendizaje, hacer contactos, elegir destinos y publicidad. Entre miles de cosas más. Así surgió mi pequeña empresa de viajes. Pero no era una agencia de viajes común lo que había ideado. El destino principal era Londres, después, algunos sitios cercanos. Yo viajaba con la gente, cual coordinadora de viaje de egresados, sin bailecitos incluidos. Contactaba hoteles, lugares para comer, los sitios más turísticos y actividades interesantes para hacer en cada ciudad.
Mis primeras clientas fueron amigas. Les gustó tanto que empezó el boca a boca. Luego conocí a una chica especializada en Francia. Armamos un viaje con la misma metodología para Francia. Luego otros destinos. Y así, a mis treinta y siete, tenía mi propia empresa de viajes.
A los treinta y ocho me enamoré de uno de mis clientes. Y él se enamoró de mí.
A los treinta y nueve, Joaquín me propuso casamiento.
Jamás hubiera imaginado que cuando cumplí cuarenta iba a estar organizando una fiesta de casamiento para mí. Me gustaban las fiestas, pero no ser la protagonista. Tampoco eso estaba entre mis sueños. Sin embargo, ahí estaba, manejando mi propia empresa, mientras me probaba el vestido más hermoso que vi en mi vida.
Cuando cumplí cuarenta era inmensamente feliz. No recordaba haberme sentido tan plena en toda mi vida. Rodeada de amor. De Joaquín, mis padres, los suyos, mis hermanos, la hermana de él, y todos nuestros sobrinos. Mis amigos de siempre, los nuevos, los amigos de Joaquín y los que tenemos en común. Estaba rodeada de alegría, buena energía y de felicidad.
Y mi gran sueño para los diez años que tenía por delante, era uno solo, esa vez de verdad quería solo uno. Un hijo. Desde los veinticinco años no pensaba en hijos, y cuando conocí a Joaquín volví a desearlo. Tenía mucho miedo e intenté sacarme de la cabeza y del corazón ese deseo porque sabía perfectamente la edad que tenía y lo difícil que sería lograrlo. Pero no podía. Así que fue ese mi deseo a los cuarenta años.
Hoy tengo cuarenta y cuatro. Mi empresa sigue creciendo. Sumamos destinos, servicios, y coordinadores entre otras cosas. Somos una gran familia. Y eso me hace muy feliz. Sigo enamorada de Joaquín. Y él de mí. Nuestras familias siguen a nuestro lado dándonos todo el amor que nos dieron siempre. Y ahora, también tenemos a Pedro, nuestro bebito de cinco meses. Un bodoquito lleno de vida, que se despierta todas las mañanas de buen humor y que nos hace explotar el corazón de felicidad.
Tengo cuarenta y cuatro y este fue mi proceso. Largo. Un tanto tardío a lo mejor, pero mío. Hoy doy gracias por no haberme casado a los veintinueve. Porque mi novio de esa época me dejó. Y porque me echaron del trabajo que me hacía infeliz. No sé qué habría pasado, pero sin dudas no tendría lo que hoy tengo. La Romina de aquella época no hubiera dejado la seguridad económica de un trabajo que la hacía infeliz. Tampoco hubiera querido tener hijos. Ni hubiera conocido tanta gente linda.
Pienso y sé que de no haber conocido a Joaquín, hoy no tendría a mi Pedro, que es lo más hermoso que me pasó en la vida. También creo que todo estaba destinado y que de una forma u otra hubiera tenido mi familia de tres. Sin embargo, todo mi proceso hizo que Pedro tenga una mamá realizada, que trabaja en lo que le gusta, que cambió el camino varias veces, que aprendió a amar de verdad y a dejarse amar, y que sabe por fin, que lo más importante en la vida es lo que a uno le hace feliz.
El mundo necesita personas felices, esa es la mayor enseñanza que le puedo dejar a mi hijo. Y qué mejor, que enseñárselo con el ejemplo.

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Foto: Pinterest Lorena Lopez

Amor Libre.

Sábado a la noche. Carla estaba en su casa, esperando una respuesta que le cambiaría la vida. Había mandado un mensaje, después de una semana de silencios. Y aunque no quería recibir ese mensaje, sabía que necesitaba la respuesta en ese momento.

“Se terminó para siempre”, en el fondo de su corazón, sabía cuál iba a ser la respuesta. Por eso no quería recibirla.

No sabía en qué momento pasó, ella siempre creyó que todo estaba bien. Y fue una bofetada que Gonzalo le dijera que no podían seguir de ese modo, que había demasiadas ausencias. ¿Cuáles ausencias? Ella siempre estaba ahí. Vivían juntos. Hacían deportes juntos. Incluso compartían un grupo de amigos.

Entonces, su ahora ex novio, le dijo algo que la sorprendió aún más. “Carli, sos otra desde hace un tiempo, y me parece muy bien. Es raro que no te hayas dado cuenta, yo ya no soy prioridad en tu vida, y es hora de que lo aceptemos”.

Así, Gonza la dejó pensando qué era lo que había cambiado en su vida en el último tiempo que pudo haber puesto fin a la relación. Ella creyó que eso solo era una charla para reconectar, para solucionar aquello que los había puesto en esa situación.. Pero no, eso significaba que de verdad había pasado algo que ella no registraba, y que él se abría.

Carla entró en pánico. No sabía vivir sin Gonzalo. Habían compartido quince años de sus vidas. No sabía cómo seguir sola. No quería pensar en eso diferente que tenía o hacía porque para ella no existía tal cosa.

“Por favor mi amor, dame la oportunidad de reparar el daño que nos hice, no puedo sin vos. Te amo”, le respondió. No quería que el “se terminó para siempre” se hiciera realidad.

No hubo respuesta.

Llamó. Mandó más mensajes. Mails. Y no hubo respuesta.

Estaba desesperada. Después de haberle dicho que quería cortar, Gonzalo no había vuelto a la casa que compartían. Decidió conectar con él por ese lado. Preguntarle qué quería hacer con sus cosas. Sin embargo, no hubo respuesta.

Carla sabía. Lo conocía muy bien. No habría más respuestas. Se había terminado de verdad. Y la culpable era ella.

De repente lo vio todo muy claro. Ella había cambiado. Estaba ausente, sí. Gonzalo tenía razón.

Ocho meses antes, había cambiado de trabajo. Renunció al que tenía, antes de saber siquiera si en la empresa que quería entrar habían leído su currículum. Sin embargo, se enfocó. Lo deseó con todas sus fuerzas y se preparó cada día para una posible entrevista. Lo pidió con la mente, en voz alta y con el cuerpo. Dos semanas después recibió el llamado. Tres días después de la entrevista, firmó el contrato.

Claro que había cambiado. Se había dado cuenta de que las cosas no pasan de largo en la vida. Vio de frente el poder de la mente, el cuerpo y el corazón. Empezó a vivir de una manera diferente. Más relajada. Pero también más enfocada. Descubrió cosas nuevas. Le empezaron a gustar cosas diferentes. Conoció gente nueva. Tenía nuevas aficiones. Se le abrieron nuevos caminos.

¿Y Gonzalo? Gonzalo seguía en el mismo trabajo, con los mismos amigos, con los mismos intereses y rutinas. No estaba mal, él era feliz con eso. Pero también era feliz con la Carla de antes, la que lo acompañaba, la que lo hacía reír, la que le jugaba carreras cuando iban a hacer deportes, la que compartía su vida con él.

Lloró mucho. Tenía sentimientos encontrados. Le gustaba mucho su nueva vida y su nueva versión. Pero le parecía imposible seguir sin Gonzalo a su lado. Él era todo en su vida. Su amor, su amigo, su compañero, su coequiper.

Sin embargo, mirando hacia atrás, vio cómo habían disminuido las risas juntos. Cómo ella prefería sus nuevos amigos a los de siempre. Cómo de repente le empezaron a gustar las reuniones después del trabajo. Cómo se ponía de mal humor cuando “tenía” que ir a hacer deportes con él. Cómo se quedaba despierta hasta tarde, cuando siempre se habían ido a dormir juntos. Cayó en la cuenta de cuánto se había alejado y cuánto lo había descuidado.

Y se sorprendió mucho al descubrir que poniendo en la balanza de un lado a la nueva Carla y del otro a la Carla de antes, ya no se podía imaginar siendo ella.

Cuando fue realmente consciente de cuánto había cambiado en ocho meses, de todo lo que había logrado y aprendido, de cómo había cambiado su vida sin que ella se diera cuenta, supo que también podría vivir sin Gonzalo.

Y con todos esos sentimientos, lo amó todavía más por haberla dejado. Por haber tomado él la decisión que ella no hubiera podido. Por haber entendido que ella había cambiado y tenía otras necesidades y prioridades. Y por abrirle las puertas para que ella pudiera volar en libertad.

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Foto: Pinterest: Itziar Escarcha

Cumpleaños Diferente.

De repente, me di cuenta de que con la única persona con la que quería estar el día en que cumplía treinta años, era conmigo.
Entonces, el día anterior, después de cenar, agarré dos mudas de ropa, elementos de higiene personal, libros, DNI, dinero, celular y un par de cosas más. Busqué las llaves del auto, y me fui. Cuando amaneciera, sería mi cumpleaños y yo estaría sola, para disfrutarlo como quisiera.
Amanecí en Iguazú, no había mejor lugar para pasar mi cumpleaños. Desayuné en el hotel y fui directo a las Cataratas. Recorrería todo el parque nacional en mi día.
Es que quien nunca fue, no se imagina lo que se siente estar ahí, en medio de esa inmensidad. Ver el agua caer, el ruido, el vapor, el agua mojándote las mejillas. Es sublime. La Garganta del Díablo es lo más hermoso que vi en mi vida. La paz que se vive allí, a pesar de que hay mucha gente, no se encuentra, o al menos no tan fácilmente.
Y no, no fue casualidad que yo amaneciera en Iguazú. Es un lugar bellísimo. Donde siempre que voy encuentro paz. Y claro, vivo a tres horas, por lo tanto cuando necesito alejarme, me voy hacia allá. Estaba todo planeado, yo quería pasar mi cumpleaños en paz.
Lejos de los convencionalismos, de celebraciones que no quiero hacer, de visitas que no quiero recibir, de saludos que me incomodan. Soy diferente. No me gustan los festejos que todos hacen. Mi forma de celebrar no es emborracharme ni comer hasta reventar. No me gustan los boliches ni los bares nocturnos. Y en el último tiempo, me sentí fuera de lugar entre las personas que me rodean.
No tengo idea de cuánto tiempo estuve perdida en mis pensamientos, sintiendo el agua en mi cara, pero cuando por fin llegué al hotel y revisé mi teléfono, tenía más mensajes en Facebook que en WhatsApp, es decir, los que más me habían saludado eran aquellos con los que no tengo tanta relación. Y llamados, de mis padres, de mis hermanos y de mi reciente ex novio con el que todo está bien. Bueno, mi reducido círculo de amor, seguía siendo el mismo del año anterior, aunque estaba por hacerse más pequeño con la salida de él de Lucas. Lo bueno de eso, es que nos seguíamos queriendo.
Respondí todos los mensajes. Incluidos los de mis padres, desesperados ante mi no respuesta. Y me llamaron en ese momento. Hablé, les conté dónde estaba y qué había hecho durante el día. No se sorprendieron, pero me ordenaron avisar la próxima vez. Yo cumplía treinta pero seguía siendo su nena.
Luego llamé a mi hermana para que me salude. La obligué a prometer que me debía un regalo y una chocotorta por estar gastando yo en la llamada. Cuando corté, llamé a mi hermano. No me atendió y llamó él con el cuento de que antes de deberme dos cosas, gastaba la llamada. Ya les había hecho el chiste en otra oportunidad. Por último llamé a Lucas, le conté dónde estaba, qué había hecho y cuáles eran mis planes, pero no me atreví a pedirle nada.
Estaba cansada. Pero decidí que no era día para dormir temprano. Salí a comer a un lugar muy bonito, que no había visto en mis anteriores visitas, de comida italiana. Me pedí una lasagña de verduras y carne y de postre una copa helada. Estaba todo muy delicioso. Sonreí al pensar cuánto le hubiera gustado a Lucas esa cena. Y le mandé una foto de lo que había comido. Me respondió que era una perversa.
Mientras disfrutaba mi copa helada, entraron los mozos del lugar con un muffin de chocolate con una vela encima y me cantaron el Feliz Cumpleaños. El resto de la gente que estaba en el lugar se sumó al canto. Yo los contemplé sorprendida, recorrí el lugar con la mirada para descubrir a alguien conocido que pudiera haber mandado el muffin. Pero nada.
Pedí los tres deseos. Los mismos de siempre. Amor. Salud. Imaginación. Soplé la velita y di las gracias a todos. Retuve al mozo que atendía mi mesa y le pregunté quién les había dicho que cumplía años. Se sonrojó y me dijo que había escuchado que alguien me había dicho feliz cumpleaños por el teléfono y le dio pena que yo esté sola y que no pida mis tres deseos en ese día. No, no me enojé por que haya escuchado lo que me decían. Le agradecí y le dije que había sido un gesto muy lindo.
A la mañana siguiente, me desperté con una hermosa sensación de bienestar. Decidí desayunar en un lugar donde hacían unas medialunas con dulce de leche exquisitas y vería si me quedaba un día más o regresaba a casa.
Me senté en una mesita que daba al ventanal donde veía el jardín del frente y la calle. Cuando esperaba el desayuno, un desconocido me saludó desde la vereda con la mano. Respondí el saludo, pero automáticamente pensé que capaz no era para mí. Él, cruzó la calle, compró una rosa en la florería del frente, se metió en el café, se acercó a mí y me la entregó.
Yo, por supuesto no entendía nada. Entonces, al ver la confusión en mi cara, me dijo:
-Feliz Cumpleaños. Yo estaba anoche en Il Ristto, cuando te lo cantaron.
No pude hacer otra cosa que sonreír y, nuevamente agradecer. Como no sabía qué más tenía que decir, agregué:
-Ana-y le pasé la mano.
-Guido-me agarró la mano, pero en lugar de apretarla y sacudirla, le dio un beso.
Me causó gracia eso, y me hizo sonrojar. También me puse nerviosa, y como cuando me pongo nerviosa digo tonterías, lo invité a desayunar conmigo…

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Caminando Juntos.

Amalia estaba sentada con una taza de té a su lado, tapada con una manta, hojeando su libro con una sonrisa inmensa.
Le había costado tanto escribir ese libro. Y que alguien le diga, “lo publicaremos”, fue la parte más difícil. Sin embargo, ahí estaba. Colorido, reluciente, con su nombre en la tapa. Tan lindo, tan ansiado, tan suyo.
De pronto, volvió en sí cuando Ramiro le dio un beso en el cuello y le preguntó:
-¿Qué tenés ganas de desayunar? Hoy soy tu esclavo, podés hacer conmigo lo que quieras-y le mordió suavemente el lóbulo de la oreja derecha.
Ella soltó una carcajada al tiempo que se daba vuelta para darle el beso de los buenos días.
La tarde anterior, había presentado su primera novela. Le había costado mucho que una editorial le prestara atención, pero como hacía muchos años tenía presencia en las redes sociales con sus cuentos de amor, lectoras, tenía muchas.
El día en que les dijo a “sus fans” que había escrito una novela, recibió miles de mensajes por todos lados. Cuando tuvo fecha de lanzamiento y la comunicó, la gente pidió a montones que hiciera una presentación con firma de libros. Y la editorial se lo concedió.
Armaron un stand muy bonito, cálido y femenino en una librería. Con la maqueta del libro en tamaño XL, flores, música de Passenger, (la canción que inspiraba cada día a Amalia cuando escribía era Let It Go), muchas sillas y un servicio de catering exquisito para sus chicas.
No alcanzó. Mucha gente quedó afuera. Pero ella tuvo la delicadeza de firmar todo lo que le presentaron, libros, cuadernos, remeras, gorras. Sabía que le debía a toda esa gente el poder estar ahí y el amor inmenso que recibía cada día.
Ramiro estuvo todo el tiempo a su lado. Durante el tiempo que le llevó escribir la novela; los dolores de cabeza y cada negativa de las editoriales; fue el primero que se enteró cuando le dijeron que sí y lloró con ella de felicidad. Cuando se preparó para enfrentarse a toda esa gente cara a cara, sin el escudo de la pantalla del celular o la computadora, la alentó, la contuvo, la ayudó a prepararse, a respirar y tranquilizarse.
Y cuando llegó el gran día, se sentó en la primera fila, la miró fijamente cuando ella salió a escena y le hizo saber que él estaba ahi. Cuando estuvo más distendida, y la presentación empezó a fluir, cada tanto lo miraba, y siempre lo encontraba con su amplia sonrisa, contemplándola como cuando miraba algo que le gustaba mucho y le inclinaba levemente la cabeza para decirle que todo iba muy bien. Por último, se quedó parado a su lado, como si fuera su guardaespaldas, durante las casi seis horas que duró la firma.
Después, la había llevó a cenar a un lugar donde estaban las dos familias esperándolos, para celebrar el día más importante en la vida de Amalia. Los dos, estaban muy felices y cansados, pero se quedaron horas escuchando las historias que sus seres queridos rescataron desde el lugar de los fans, donde se habían infiltrado.
Amalia nunca mostraba la cara de Ramiro, ni de sus padres, suegros o hermanos en las redes porque a ellos no les gustaba mucho el tema de aparecer ante tanta gente. Sin embargo, esa noche, si bien sabía que había mucha gente que la apoyó durante todo el proceso, el principal pilar de su vida, había sido Ramiro. Y por primera vez, sintió la necesidad de mostrarlo, de contarle al mundo que ella había encontrado a su príncipe azul. Que no sabía si le duraría toda la vida, pero había estado en el momento de más estrés, sufrimiento y felicidad de su vida, y eso no lo iba a borrar nadie, nunca de sus recuerdos.
Le dijo:
-Si sos mi esclavo, te ordeno que te saques una foto conmigo, así como estamos, recién levantados, y que me dejes publicarla en mis redes- y lo observó con una ceja levantada, esperando su reacción.
-¡Dios!-exclamó Ramiro mirando el techo-, qué iluso que soy, pensaba que me ibas a pedir que vaya a comprarte medialunas con dulce de leche con el frío que hace afuera.
-¡Por favor!-le suplicó ella con las manos entrelazadas.
-Está bien, pero solo una foto sacamos. Si salgo mal yo, se repite. Si salís mal vos, la publicás así…
Amalia rió a carcajadas y aceptó el trato. Salieron hermosos los dos, los ojos les brillaban de felicidad, la sonrisa les iluminaba la cara y ella completó el retrato con la descripción: “Mi principal sostén día a día. Quién me aguantó todos lo estados emocionales que se puedan imaginar desde que empecé el primer renglón de la novela. Él, las conoce a todas ustedes porque me escucha horas enteras leyéndole sus mensajes. No me va a alcanzar la vida para agradecerle tanto amor, pero sí espero que mi amor sea tan grande como el suyo y lo haga tan feliz como él me hace a mí”.

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Foto: Pinterest María José.

Un Beso al Cielo.

Melina se sentía triste y no sabía por qué. Como era sábado y no trabajaba, se quedó hasta tarde en la cama. Con la ventana y las cortinas cerradas. Inmóvil. Tapada hasta el cuello. Sintiendo su corazón, que por algo que no sabía qué era, latía tristemente.

Sintió deseos de llorar. Pero las lágrimas no cayeron. Sonó su celular, pero no le dio importancia. El frío del mes de julio atravesaba las paredes, acomodó bien las mantas y se puso en posición fetal.

Tiempo después, decidió agarrar el teléfono para ver la hora. Pero no la vio. Vio la fecha. 7 de julio. Hacían exactamente dos años, había muerto Federico. Su novio. Sí, ella aún se refería a él como su novio. Y pensó en voz alta, “no solo tenías que morirte, lo tenías que hacer el día de tu cumpleaños”.

“Aunque capaz sea mejor, así sufro de este modo una vez al año”, pensó después. Seguía triste, aunque cada día introducía más vida a su vida. Lo seguía extrañando, aunque cada vez necesitara más ayuda de audios para recordar nítidamente su voz. Seguía enojada. Con Dios,por habérselo llevado, y con Federico, por matarse en un accidente.

Y empezó a llorar cuando recordó el regalo sin abrir. A todos sus amigos y familiares esperando al cumpleañero que nunca llegó. Y se le volvió a cortar la respiración cuando recordó el llamado de Pedro, compañero de Fede, quebrado en llanto. Y se le volvió a destrozar el corazón al recordar todo lo que ocurrió después.

Y sintió la necesidad de desearle Feliz Cumpleaños al amor de su vida, pero se sintió una tonta. Ella era la primera que decía, “para qué le dicen Feliz Cumple a un muerto si ya no cumple más?”.

Era inmensa la necesidad de conectarse con Federico. Deseaba con todo su corazón abrazarlo, besarlo y decirle que lo que más quería en el mundo era que fuera feliz. Y pensó en la gran fiesta que hubieran organizado para celebrar los 40 años de Fede.

Quería hacer algo. Pero no sabía qué. Al cementerio solo fue el día del entierro. Fede no estaba ahí para ella. Estaba enojada con Dios y no pensaba pisar la iglesia. Se dio cuenta de que encerrada llorando, tampoco iba a encontrarlo.

El día estaba muy frío, pero había sol. Entonces supo, que a Fede siempre lo iba a encontrar en el cielo. Él era piloto de avión. Murió haciendo lo que más le gustaba en la vida. Su alma estaba ahí.

Llamó a Lucas, el mejor amigo de Fede, y le preguntó si podía hacer una reserva de última hora. Cuando estuvo todo organizado, llamó a Rosana y Enrique, “sus suegros”, y les preguntó si querían ir con ella a darle un beso a Fede.

Horas más tarde, estaban  los cuatro, sobrevolando los campos de su provincia. Allá donde estaba Fede. Tiraron un beso al cielo para desearle un Feliz Cumpleaños, a ese Fede que nunca más cumpliría años. Al Fede que tendría 38 años por siempre. Fueron lo más cerquita que pudieron a darle un beso a lo más hermoso que tenía ese hombre que los había dejado dos años antes, su alma.

Y estando ahí, en el aire, contemplando el mundo desde otra perspectiva, sintiendo la inmensidad de todo lo que la rodeaba y su pequeñez, su corazón latió con fuerzas porque supo que allí, siempre iba a encontrar a Fede. Y comprendió al fin, su pasión por vivir en las alturas.

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Ojitos de Miel

Heidi había terminado hacía un tiempo su carrera y el día de recibir el tan ansiado título se acercaba. Sus padres, sus dos abuelas y su hermana la acompañarían en su gran día.

Como sabía que tenía que elegir a uno de los tantos docentes que se cruzaron en su vida universitaria para que le entregue el título, se dio cuenta en aquel momento que no recordaba haber tenido una relación muy estrecha con sus profesores. Ni siquiera con su directora de tesis. No se habían llevado muy bien en el proceso, pero era la única que estaba disponible.

Entonces pensó en Ariel, su jefe de trabajos prácticos de una materia de segundo año, hacía mucho tiempo de eso, pero recordó cómo la había ayudado en aquella asignatura que detestaba al punto de lograr que le guste, también había sido el único, en su larga carrera que se había tomado el tiempo de inyectarles, a ella y sus compañeros, pequeñas dosis semanales de energía, entusiasmo y confianza a lo largo de todo un año. Además, a pesar de ser bastante mayor que ella, le parecía hermoso.

No sabía nada de él, ni siquiera si seguía siendo profesor. Tampoco recordaba su apellido, pero con averiguar si podía entregarle el título, no perdía nada. Preguntó en la cátedra donde había cursado con Ariel y todavía se dedicaba a la docencia. Cuando fue a firmar el título y le pidieron el nombre del profesor que quería que le entregue el diploma, dijo: Ariel Ludueña.

Estaba nerviosa aquel 15 de julio. Era hasta ese momento, el día más importante de su vida. Se levantó temprano, su hermana la peinó y la maquilló. Se puso la ropa que había elegido para ese evento tan especial y sintió cómo le dolía el estómago por la mezcla de sensaciones. También se dio cuenta de que todo eso, tenía un componente extra. Vería después de siete años a Ariel. Su amor platónico cuando era una jovencita bastante nueva en la Universidad.

 

El acto comenzó a la hora prevista. Heidi, desde su asiento, recorrió con la vista lo poco que podía del gran salón, dado que estaba sentada en la tercera fila.

Cuando le llegó el turno, escuchó que la maestra de ceremonias dijo: “adelante, Canavaro, Heidi Elisa. Hace entrega del diploma, el profesor doctor Ariel Ludueña”. Se le aflojaron las piernas, le temblaba todo el cuerpo, sin embargo, recorrió el camino al estrado como si no tuviera una procesión por dentro.

Al pisar el último escalón levantó la vista. Y ahí estaba él, por primera vez lo veía tan elegante, con un traje azul marino que resaltaba el turquesa de sus ojos y una corbata de Superman, algo tan típico en él, poner su toque de humor en todo lo que hacía. Habían pasado siete años desde el último encuentro que habían tenido. La sonrisa amplia,que dejaba ver todos sus dientes blancos y parejos, seguía ahí; los ojos tan profundos, le sonreían también, siguiendo cada uno de sus pasos. El cabello siempre corto y ondulado ya había dejado de ser negro, para dar paso al gris oscuro que tenía en ese momento.

Le pareció eterna la caminata hasta la mitad del estrado donde él la esperaba con el título en sus manos. Al fin estuvo frente a Ariel, él la abrazó y le dijo al oído:

-Felicitaciones Ojitos de Miel! Qué alegría volver a verte.

Heidi inspiró ese perfume delicioso que le traía tantos recuerdos hermosos, intensificó el abrazo, y al escuchar esa voz gruesa y dulce a la vez en su oído, que la llamó como en la época que eran alumna y profesor, deseó que ese instante dure mil años.

 

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