Amar es lo que Importa.

Esta es la historia de Lucas Vasconcellos, un jóven brasileño de veintitrés años, que decidió contarle a su hermanito de ocho, que es gay. Lo tomé de la página enfemenino.com y allí aparece la foto de la publicación es Facebook de Lucas, contando en primera persona (pero en portugués) lo que aconteció.

“Hoy le conté a mi hermanito que soy gay. Pasaron muchos años desde que descubrí el respeto hacia mi sexualidad, sobre el género que despierta una pasión realmente auténtica en mí, y finalmente llegué a decidir confiar mi realidad a esa personita, que es lo que más me importa en la vida. Dividí mi explicación de manera pedagógica, diciéndole que hay personas a quienes les gusta más el negro, o el blanco, o el azul, o el amarillo, o el rojo; explicándole lo bueno que eso le hacía al mundo. El hecho de que a todos nos puedan gustar colores diferentes, y que además podamos ser felices y respetados al colorear nuestro mundo con ellos.

 

  Él parecía intuir que yo le iba a contar algo. Me miró profundamente, estando quieto y pensativo durante la explicación entera, y entonces, por fin, resolví asumir mi sexualidad. Él me continuó mirando, tan calmado y sonriente, tan natural, que yo lo cuestioné: “¿Tú sabes el nombre que se le da a quien le gustan las personas iguales, John? ¿A los hombres a quienes les gustan otros hombres, o a las mujeres a quienes les gustan otras mujeres? Yo ya estaba preparado para decir la palabra “gay”, ya estaba en la punta de mi lengua, cuando él simplemente me dijo la verdadera respuesta: “¿Amor?” Y, entonces, lloré.

 

  “No llores”, me dijo, abrazándome. Él me miró con aquellos ojos llenos de inocencia, de los mismos tonos que los míos, y sentí que, por primera vez, me percibía como yo realmente era. Un hermano que lo amaba, un amigo que él jamás perdería y, pese a ser una persona con una preferencia diferente para enamorarse, soy una persona igual a cualquier otra. Supe eso por su respuesta. Por la bondad en cada una de sus palabras. Un niño de ocho años de edad supo encarar algo tan natural, con más madurez que la de un adulto.

 

  Más que mis propios padres incluso, que siempre me negaron el derecho de contarle esto a mi hermano. Aprovechad para aprender de la pureza de ellos, que la mayoría olvida al crecer, pues entiendo que las mayores verdades de la vida están en el corazón de los pequeños. Y la vida continúa, como si nada hubiese cambiado. Y, en lo más profundo de mi corazón me siento agradecido por eso”.

Algo más que agregar? Yo creo que no, el amor es lo más importante en cualquiera de sus formas y nadie tiene derecho a juzgar a otro por aquello que siente, por aquella persona o animal a quien ama. Valoremos por sobre todas las cosas el amor verdadero. Es lo más lindo y lo más importante para cambiar el mundo.

Atrevámonos a amar sin que importe nada más.

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Sin Línea de Meta, Marla Runyan.

Muchas veces, cuando vemos el sufrimiento ajeno, nos damos cuenta de la cantidad enorme de veces que “nos quejamos de llenos” en nuestra vida. Y nos sentimos unos tontos, y empezamos a valorar lo que tenemos, las cosas materiales y las espirituales, le agradecemos al Ser Supremo en el que creemos todo lo que nos da y nos vamos a dormir con satisfacción por la vida que nos tocó, pero pensando en eso que vimos y nos movilizó.

Todo lo que agradecimos el día anterior, queda en el olvido ante pequeñas situaciones que nos obstaculizan el día a día. Entonces me preguntó, ¿hace falta que tengamos que ver a alguien que realmente la pasa mal para darnos cuenta de todo lo bueno que tenemos?

A veces parece que sí. Y es ahí, cuando se nos presentan esas personas que tienen alguna dificultad de verdad y no hacen de ello una tragedia. Nos pasan mil cosas por la cabeza, y ya no nos sentimos unos tontos, nos sentimos unos cobardes. Eso es muy bueno, siempre y cuando empecemos a hacer algo con aquello que nos damos cuenta que está mal.

Me crucé con este texto, que les comparto a continuación, en la web y descubrí que Sin Línea de Meta es el título de la autobiografía de Marla Runyan. Espero lo disfruten, tomemos consciencia y podamos convertir aquello que está mal en nuestra vida, en algo positivo.

“Corro sin ver más que la pista despejada justo delante de mí. Hay otros pies que mantienen una cadencia constante a mi lado. No sé cuántas corredoras tengo delante o detrás. El grupo de competidoras es un ser multicolor, que jadea y da codazos a mi alrededor, abriéndose paso. El ritmo se acelera y nos acercamos a la meta. Solo entonces el grupo se deshace, espaciándose. Siento la suave curva que indica el inicio de los últimos 200 metros hasta la línea de meta, y el sprint final por la última recta. Ahora estoy compitiendo contra personas individuales, pero, ¿quiénes son? ¿Quién es la que acaba de adelantarme? ¿A quién le estoy sacando delantera? No lo veo. ‘¡Pero qué más da!’, me digo a mí misma. ‘Ver sus caras no me va a facilitar ganarles.’

  No veo la línea de meta. La cruzo.

  Me inclino hacia delante, jadeando. Siento que alguien, una de mis rivales, me coge de la mano. Andamos por la pista intentando recuperar la respiración, y esperamos a que anuncien el orden de llegada. Yo no veo el tablero eléctrico con los nombres. De repente, por encima de mi respiración agitada, escucho la ovación de la multitud.

  —¿Quién ha ganado? —preguntó.

  —Tú —responde ella.”

  [Marla Runyan no ve el tablero con los nombres porque es ciega. Como no ha visto la pista ni la línea meta. Pero ha corrido y ha ganado. La ocasión a que aquí se refiere fueron los Juegos Panamericanos en Winnipeg, 1999.]

  “Soy la primera atleta legalmente ciega que ha participado en los Juegos Olímpicos [los Olímpicos propiamente dichos, no los Paralímpicos] aunque no gané la final. No veo ni la “E” grande en el tablero del oculista, pero puedo correr. El problema radica en una cuestión de percepción: la gente confunde ‘discapacitado’ con ‘inepto’. Es cierto que tengo una minusvalía, pero no soy incompetente. Tengo cierto ángulo de visión periférica que, si bien es borrosa, es suficiente para competir en una carrera olímpica. Soy capaz de ver los pies de mis rivales y el color de sus uniformes. Veo como se agitan las banderas, pero no distingo a qué países representan.

  Lo único que no veo en manera alguna es la línea de meta. Cuando participo en una carrera no siempre sé si he ganado o no. No veo los relojes, ni los contadores de vueltas, ni los marcadores. Lo único que sé es que la línea de meta está al final de la recta. Pero se equivoca quien piense que mi falta de vista perjudica mi ritmo, porque soy una mujer de 32 años que hace mucho tiempo que se dedica a esto, y he llegado a comprender que no –repito no– existe una línea de meta.

  En cierto modo mi falta de visión me resulta beneficiosa. Me fuerza a correr por el mero hecho de hacerlo. No corro para obtener medallas, aunque ya tengo unas cuantas en mi haber. Corro porque el propio acto de correr es una experiencia estética y cinética. Para mí, correr supone liberarme de la confusión y de los obstáculos. Significa olvidarme de la tecnología médica que me ha lastrado desde que era niña. Correr es verme libre del sedentarismo, del aislamiento, de la inactividad. Correr, para mí, es vivir.

  Claro que me pasan cosas raras. En una ocasión uno de mis anteriores entrenadores, Mike Manley, se afeitó la barba que solía llevar, y cuando se me puso delante aquella tarde no lo reconocí. A una de mis antiguas compañeras de entrenamiento la reconocía siempre porque llevaba cola de caballo. Pero una tarde se sentó a mi lado en un banco y no supe quién era, porque se había cortado el pelo.

  Yo estaba decidida a no usar jamás mi vista como una excusa. Si no podía hacer algo, nunca decía: ‘Es porque no veo.’ Si la causa de mi fracaso no era mi vista, entonces debía tratarse de un problema relativo a mi grado de esfuerzo o mi capacidad. Me convencía a mí misma para trabajar más duro. No quería usar mi vista como excusa, porque sospechaba que si cedía en el asunto más nimio, me sentiría tentada a ceder en las cosas más importantes, y además durante el resto de mi vida. No quería caer en el hábito de ceder.

  Lo peor fue cuando alguien, cuyo nombre no mencionaré, me dijo que mi ceguera era un castigo de Dios por mis pecados. ‘Si aceptas a Jesús en tu vida y te haces cristiana, te sanarás milagrosamente. Necesitas tomar esa decisión rápidamente, para que se salve tu alma y no vayas al infierno.’ Tenía yo entonces 14 años.

  Suelo decir: ‘Soy una atleta con una discapacidad, no una atleta discapacitada.’

  Y tengo siempre presente la regla número uno: ‘Recuerda que la persona con la que hablas no sabe que no ves.’

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Inventario de la Normalidad, Paulo Coelho.

Resolví hacer un sondeo entre mis amigos sobre lo que la sociedad considera un comportamiento normal. Escribo a continuación la lista de algunos de estos absurdos con que convivimos a diario, porque la sociedad los considera normales:

1] cualquier cosa que nos haga olvidar nuestra verdadera identidad y nuestros sueños, y nos haga apenas trabajar para producir y reproducir.

2] tener reglas para una guerra (Convención de Ginebra).

3] emplear varios años estudiando en la universidad, y después no conseguir trabajo.

4] trabajar de nueve de la mañana a cinco de la tarde en algo que no da ninguna satisfacción, con la condición de poder jubilarse después de treinta años.

5] Jubilarse, descubrir que ya no se tiene energía para disfrutar de la vida, y morir pocos años después, de aburrimiento.

6] Usar botox.

7] Procurar tener éxito financiero, en lugar de buscar la felicidad.

8] Ridiculizar al que busca la felicidad en lugar del dinero, calificándolo de “persona sin ambición”.

9] Comprar objetos como coches, casas, ropas y definir la vida en función de estas comparaciones, en lugar de intentar averiguar la verdadera razón de estar vivo.

10] No hablar con extraños. Criticar al vecino.

11] Considerar que los padres siempre tienen la razón.

12] Casarse, tener hijos, y continuar juntos aunque el amor haya terminado, alegando que es por el bien de los niños (como si éstos no presenciaran las constantes peleas).

12ª] Criticar a todo aquel que intenta ser diferente.

14] Empezar el día con un despertador histérico al lado de la cama.

15] Creer que es verdadero absolutamente todo lo que está impreso.

16] Llevar un pedazo de tela de colores atado al cuello, sin ninguna utilidad conocida, pero que todos conocen con el pomposo nombre de “corbata”.

17] Nunca ser directo en las preguntas, aunque la otra persona entienda lo que se está queriendo saber.

18] Mantener la sonrisa en los labios cuando se tienen unas ganas locas de echarse a llorar. Y sentir piedad por todos los que demuestran sus sentimientos íntimos.

19] Pensar que el arte vale una fortuna, o que no vale absolutamente nada.

20] Despreciar por sistema lo que se consiguió fácilmente, porque, como no se dio el “sacrificio necesario”, no debe de tener las cualidades requeridas.

21] Seguir la moda, incluso cuando parece ridícula e incómoda.

22] Estar convencido de que todo famoso debe tener guardados montones de dinero.

23] Dedicar mucho esfuerzo a la belleza exterior, y preocuparse poco con la belleza interior.

24] Usar todos los medios posibles para mostrar que, aun siendo una persona normal, uno está infinitamente por encima del resto de los seres humanos.

25] A bordo de un transporte público, nunca mirar directamente a los ojos de la gente, pues tal cosa podría entenderse como un intento de seducción.

26] Al entrar al ascensor, mantenerse orientado hacia la puerta de salida, y comportarse como si no hubiera ningún otro ser humano allí dentro, por muy abarrotado que esté el lugar.

27] Jamás reírse a carcajadas en un restaurante, por muy buena que sea la historia.

28] En el hemisferio norte, elegir la ropa que se lleva de acuerdo a la estación del año: brazos desnudos en primavera (por mucho frío que haga) y jersey de lana en otoño (aunque haga mucho calor).

29] En el hemisferio sur, llenar el árbol de navidad de algodón, aunque el invierno no tenga nada que ver con el nacimiento de Cristo.

30] Cuando alguien llega a mayor, creerse dueño de toda la sabiduría del mundo, aunque muchas veces no se haya vivido lo suficiente para reconocer lo correcto.

31] Ir a una feria de beneficencia y pensar que con eso ya se ha hecho bastante para acabar con las desigualdades sociales del mundo.

32] Comer tres veces al día, aunque no se tenga hambre.

33] Creer que los otros siempre nos superan en todo: son más atractivos, más competentes, más ricos, más inteligentes, etc. Es muy arriesgado aventurarse más allá de las propias limitaciones: lo más conveniente es no hacer nada.

34] Hacer del coche un medio para sentirse poderoso, y capaz de dominar el mundo.

35] Soltar improperios en el tráfico.

36] Pensar que todo lo malo que hace el hijo de uno es por culpa de las malas compañías.

37] Casarse con la primera persona que dispone de cierto estatus social. El amor puede esperar.

38] Repetir continuamente “Yo al menos lo intenté”, aunque en realidad no se haya intentado absolutamente nada.

39] Postergar las experiencias más interesantes de la vida para cuando ya no quedan fuerzas para llevarlas a cabo.

40] Huir de la depresión con fuertes dosis diarias de televisión.

41] Pensar que todo lo conquistado se puede dar por seguro para siempre.

42] Creer que a las mujeres no les gusta el fútbol, y que a los hombres no les gusta la decoración.

43] Echarle al gobierno la culpa de todo.

44] Estar convencido de que ser una persona buena, decente, educada, conlleva que los demás la consideren débil, vulnerable y fácilmente manipulable.

45] Estar igualmente convencido de que la agresividad y la descortesía en el trato con los otros equivale a tener una personalidad poderosa.

46] Tener miedo de la fibroscopia (los hombres) y del parto (las mujeres).

47] Por último, creer que la religión de uno, además de la única dueña de la verdad absoluta, es la más importante, la mejor, y que todos los seres humanos de este inmenso planeta que crean en cualquier otra manifestación de Dios están condenados al fuego del infierno.

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El Amor es Ciego y la Locura lo Acompaña, Mariano Osorio.

Durante todo el día estuve pensando que hoy es miércoles de reflexión. Cuando era chica leía un montón de fábulas, leyendas y cuentos que me dejaban una enseñanza. Es por eso que trato de traer siempre alguno que me haya marcado. No recuerdo cuántos años tenía cuando leí este, pero créanme, me marcó a fondo. Esa mezcla de magia y un poco de realidad, me enseñó que el amor está por encima de todas las cosas. Y cada vez que pienso cómo tal persona puede hacer eso por tal otra, o cómo ese padre puede soportar tantas cosas, y un sinfín de situaciones más, la frase que siempre viene a mi mente, es la del final de este cuento.

Espero que lo disfruten!

  Cuentan que una vez, se reunieron todos los sentimientos y cualidades del hombre.

  Cuando el aburrimiento había bostezado por tercera vez, la locura les propuso  jugar a las escondidas.

  La intriga levantó la ceja y la curiosidad, sin poder contenerse preguntó: “¿escondidas?”. El entusiasmo danzó, seguido de la euforia, la alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la duda y a la apatía, que nunca se interesaban por nada.

  1,2,3.. comenzó a contar la locura. La primera en esconderse, fue la pereza, que como siempre cayó detrás de la primera piedra del camino; la fe subió al cielo y la envidia se escondió detrás de la sombra del triunfo, que por propio esfuerzo había conseguido llegar a la copa más alta del árbol.

  La generosidad casi no logra esconderse, porque cada lugar que encontraba le parecía bueno para alguno de sus amigos.Si era un lago cristalino, ideal para la belleza; si era la copa del árbol perfecta para la timidez; si era una ráfaga de viento, magnífica para la libertad.

  Así es que terminó escondiéndose en un rayo de sol; el egoísmo encontró un lugar bueno desde el principio, ventilado, cómodo, pero solo para él; la mentira se escondió detrás del arco iris y la pasión y el deseo en el centro de los volcanes.

  Cuando la locura terminaba de contar, el amor todavía no había encontrado lugar para esconderse, todos estaban ya ocupados, hasta que encontró un rosal y cariñosamente decidió esconderse entre sus flores.

  Concluyó la locura y comenzó la búsqueda. La primera en aparecer fue la pereza apenas a tres pasos de una piedra.

  Sintió vibrar a la pasión y al deseo en los volcanes; en un descuido encontró a la envidia y claro pudo deducir donde estaba el triunfo; al egoísmo no tuvo que buscarlo, él solo salió disparado de su escondite que era en verdad  un nido de avispas. De tanto caminar la locura sintió sed y al aproximarse a un lago descubrió a la belleza.

  La duda fue más fácil de encontrar, estaba sentada sobre un cerro sin decidir dónde esconderse. Y así iba encontrándolos a todos, al talento entre la hierba fresca, a la angustia en una cueva oscura, pero el amor no aparecía por ningún lugar, la locura lo buscó detrás de cada árbol, debajo de cada roca del planeta y encima de las montañas.

  Cuando estaba a punto de darse por vencida, encontró un rosal y comenzó a mover sus ramas con energía, entonces escuchó un grito doloroso, había herido al amor en los ojos con las espinas del rosal. La locura no sabía que hacer para disculparse, lloró, rezó, imploró, pidió perdón y prometió ser su guía para siempre. Es por eso que desde entonces el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña.

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Te deseo lo suficiente, de Bob Perks

Recientemente, escuché a una madre y su hija en sus últimos momentos juntas en el aeropuerto mientras la salida de la hija se había anunciado. De pie cerca de la puerta de seguridad, se abrazaron y la madre dijo:

“Te amo y te deseo lo suficiente”.

La hija respondió: “Mamá, nuestra vida juntas ha sido más que suficiente. Tu amor es todo lo que he necesitado. Te deseo lo suficiente, también, mamá.” Se besaron y la hija se fue.

La madre se acercó a la ventana donde yo estaba sentado. Allí de pie, pude ver que quería y necesitaba llorar.
Traté de no entrometerme en su privacidad, pero ella me permitió involucrarme preguntándome: – “¿Alguna vez has dicho adiós a alguien sabiendo que era para siempre?” – “Sí”, le contesté. – “Perdóneme por preguntar, pero ¿por qué es este un adiós para siempre?”

“Soy vieja y ella vive muy lejos. Tengo desafíos por delante y la realidad es que el próximo viaje de vuelta será para mi funeral”, dijo.

  Cuando usted estaba diciendo adiós, le oí decir: “Te deseo lo suficiente”. ¿Puedo preguntar qué significa eso? “

Ella comenzó a sonreír. “Ese es un deseo que se ha transmitido de generación en generación. Mis padres solían decirlo a todo el mundo”. Se detuvo un momento y miró hacia arriba como si tratara de recordarlo en detalle y sonrió aún más.

  “Cuando dijimos ‘Te deseo suficiente’, estábamos deseando que la otra persona tenga una vida llena sólo de las cosas suficientemente buenas para sostenerlas”. Luego, volviéndose hacia mí, ella compartió lo siguiente, recitándolo de memoria,

“Te deseo suficiente sol para mantener tu actitud brillante.

Te deseo suficiente lluvia para apreciar más el sol.

Te deseo suficiente felicidad para mantener tu espíritu vivo.

Te deseo suficiente dolor para que las pequeñas alegrías de la vida parezcan mucho más grandes.

Te deseo la suficiente ganancia para satisfacer tus deseos.

Te deseo la suficiente pérdida para apreciar todo lo que posees.

Te deseo los suficientes holas para ayudarte a superar el último adiós. ”

Ella comenzó a llorar y se alejó.

Dicen que toma un minuto encontrar a una persona especial. Una hora para apreciarlos. Un día para amarlos. Y una vida entera para olvidarlos.

DESPEDIDA MADRE E HIJA

Todos Somos Iguales.

Juan trabajaba en una planta distribuidora de carne. Un día, terminando su horario de trabajo, fue a uno de los refrigeradores para inspeccionar algo; en ese momento se cerró la puerta, se bajó el seguro y quedó atrapado dentro.

Aunque golpeó la puerta fuertemente y comenzó a gritar, nadie pudo escucharlo. La mayoría de los trabajadores habían partido a sus casas, y fuera del refrigerador era imposible escuchar lo que ocurría dentro.
Cinco horas después, y al borde de la muerte, alguien abrió la puerta. Era el guardia de seguridad que entró y lo rescato.
Juan preguntó a su salvador como se le ocurrió abrir esa puerta si no era parte de su rutina de trabajo, y él le explicó:
“Llevo trabajando en ésta empresa 35 años; cientos de trabajadores entran a la planta cada día, pero tú eres el único que me saluda en la mañana y se despide de mí en las tardes. El resto de los trabajadores me tratan como si fuera invisible. Hoy, como todos los días, me dijiste tu simple “Hola” a la entrada, pero nunca el “Hasta mañana. Espero por ese “Hola” y ese “Hasta mañana” todos los días. Para ti yo soy alguien, y eso me levanta cada día. Cuando no oí tu despedida, supe que algo te había pasado. Te busqué y te encontré”.

Reflexión: sé humilde y ama a tu prójimo, todos somos importante.

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Christian, el león.

La historia comienza en Londres, en los años sesenta. En la sección de animales exóticos de la famosa tienda Harrods, un cachorro de león dormita en una pequeña jaula. Dos jóvenes australianos que usan pantalones Oxford y el pelo largo a la moda, John Rendall y Anthony Bourke, ven por casualidad al pequeño felino africano y deciden comprarlo.

Le ponen el nombre de Christian y lo crían como mascota en su departamento, en Chelsea. Con el tiempo, su “gato” crece demasiado para seguir habitando en el centro de Londres, así que lo llevan a África. Un año después de separarse de su querida mascota, Rendall y Bourke viajaron al norte de Kenia, donde Christian se había adaptado con éxito a la vida salvaje. Su reencuentro con el león se filmó.

El video dura tres minutos, y muestra a Christian encaramado sobre una roca mientras los dos jóvenes se mantienen expectantes a unos 70 metros de distancia. El felino los mira fijamente, y luego se acerca un poco para verlos mejor. De pronto, sus ojos se iluminan en señal de reconocimiento, y la magia se produce: corre hacia los hombres dando gruñidos de emoción y salta a sus brazos abiertos. Envuelve a sus viejos amigos con sus enormes patas, les lame el rostro con deleite y les frota el cuello con la nariz.

 

Rendall, hoy de 64 años, y Bourke, de 62, siguen siendo buenos amigos. “Ver nuestras fotos viejas y charlar sobre Christian ha hecho que nos enamoremos de él otra vez”, comenta Rendall, quien ahora es un conservacionista activo que divide su tiempo entre Londres y Sydney, Australia, y trabaja como consultor de relaciones públicas en proyectos de ecoturismo y protección de la fauna silvestre.

Bourke vive en Bundeena, un suburbio de Sydney, y es un eminente curador de arte aborigen y colonial de Australia. Al igual que su amigo, participa en “la urgente lucha por preservar la vida silvestre del mundo”.

No cabe duda de que su experiencia con Christian les dejó una huella imborrable. El cachorro no nació en su hábitat natural, sino en el zoológico de Ilfracombe (ya desaparecido), en Devon, Inglaterra. Nueve semanas después fue vendido a Harrods, y llevado en tren a Londres. En esa época no había leyes que restringieran la venta de animales exóticos. “Se comerciaba con ellos libremente y no se llevaban registros confiables”, refiere Rendall. “Hoy pienso que nunca debieron permitirnos comprar un león. No nos dimos cuenta de que estábamos fomentando el tráfico de animales, práctica que ahora desaprobamos totalmente. Pero eran los años sesenta”. La situación cambió en 1973, cuando el Reino Unido promulgó la Ley de Especies en Peligro de Extinción.

El cachorro cautivó a los dos amigos, quienes se habían criado en el medio rural y tenían mucha afinidad con los animales. Bourke creció y jugó con perros en una finca de Newcastle, Nueva Gales del Sur, y rescató un gato por primera vez cuando tenía 11 años de edad. Rendall se crió en una granja en Bathurst, a 220 kilómetros al oeste de Sydney, y tuvo varios perros pastores.

“Anthony y yo tuvimos una reacción muy fuerte al ver al cachorro, y nos quedamos embelesados varias horas junto a su jaula”, cuenta Rendall. “Nos consternó ver a ese magnífico animal en venta, encerrado en una jaulita, y nos sentimos obligados a actuar. Decidimos que en nuestras manos estaba ofrecerle algo mejor”.

Fue una idea impulsiva y una gran responsabilidad para dos hombres de menos de 25 años que vivían y trabajaban con los dueños de un comercio de muebles antiguos en la elegante calle Kings Road. Tres meses antes, habían dejado Australia con 11 amigos de la universidad y recorrido Europa cada uno por su cuenta para luego reunirse en Londres. Unas semanas después, tras haber analizado bien las cosas y satisfecho las exigencias de Harrods, los dos jóvenes pagaron el equivalente de 7.300 dólares actuales y se llevaron el cachorro a casa. “Aunque sabíamos que sería un compromiso de corta duración, entre seis y nueve meses a lo sumo, tuvimos que relegar todo lo demás”, dice Rendall.

Convirtieron el espacioso sótano del local de muebles —al que empezaron a llamar Sophistocat— en el dormitorio y cuarto de juegos de su mascota; compraron juguetes y alimentos especiales, e hicieron arreglos con el clérigo de una iglesia para que Christian pudiera ejercitarse diariamente corriendo a sus anchas por los jardines cercados del templo.

Kings Road era hogar y centro de reunión de artistas y gente creativa, de modo que un residente felino no desentonaba. Los fines de semana la calle se volvía un desfile de gente extravagante y vistosa, y “los animales exóticos eran parte de ese glamour”, escriben los dos amigos en su libro. Estos no sabían hasta qué punto podrían domesticar al cachorro. Harrods los puso en contacto con una pareja que había comprado un puma el año anterior, pero lo cierto es que no estaban preparados. “Tuvimos que improvisar sobre la marcha —recuerda Bourke, sonriendo—. No había nadie que pudiera asesorarnos. Con todo, Christian era excepcional. Era sumamente inteligente, tranquilo por naturaleza, y tenía un gran sentido del humor. También era muy carismático. La gente se enamoraba de él, y eso nos facilitaba las cosas”.

  El cachorro pronto se adaptó a una rutina. Además de dormir en su aposento del sótano, hacía cuatro comidas bien balanceadas al día; la primera y la última eran alimentos para bebé mezclados con vitaminas, y las otras dos eran de carne. A veces se zampaba con gusto unos trozos de carne regalados por un chef francés del barrio que lo quería mucho.

Sophistocat, dice Bourke, “era una “jungla de muebles” y a Christian le encantaba jugar allí con sus dueños. “Era incansable. Al anochecer inventaba juegos: se colocaba detrás de algún mueble, esperaba a que nosotros nos ‘escondiéramos’ también y luego nos buscaba por todo el negocio”.

A diferencia de otros felinos, los leones son criaturas sociales que viven en manadas formadas por varias familias y unidas por lazos de afecto e intimidad. “Nosotros éramos la manada de Christian”, señala Rendall. “Nos incluyó automáticamente en su círculo, y nos aceptó y nos dio cariño como si fuéramos su familia”.

El pequeño león pronto se hizo muy popular en el barrio. Todos los días la tienda se llenaba de admiradores que jugaban con él y lo abrazaban, o tan sólo lo observaban por la vidriera mientras él, que crecía día tras día, se arrellanaba sobre una mesa antigua. “Por la tarde, a Christian le encantaba acostarse junto al ventanal y observar lo que pasaba en la calle. Era la mayor atracción de la zona, y los residentes se mostraban muy orgullosos de él”, cuentan los amigos.

Con todo, sus dueños rara vez lo sacaban del comercio o de los terrenos de la iglesia. “Le gustaban los paseos, pero no eran frecuentes”, prosigue Bourke. “Debíamos protegerlo y considerar también la seguridad de la gente, así que éramos cautelosos”. Rendall agrega: “Siempre teníamos que ser previsores. Antes de llevarlo a algún lugar, preguntábamos: ‘¿Hay ventanas? ¿Puertas abiertas? ¿Habrá niños o perros?’”. Por suerte, jamás ocurrió nada que lamentar.

  “Christian creció mucho y en poco tiempo, pero no se lo hicimos saber”, dice Bourke. “Ante cualquier demostración de su enorme fuerza, fingíamos no darnos cuenta. Si en algún momento lo hubiéramos hecho enojar hasta el punto de que nos atacara, no habríamos podido controlarlo. Menos mal que eso nunca pasó”.

  Desde el principio, los dos amigos estaban conscientes de que tener al león en el sótano del comercio era una solución temporal. Cuando Christian alcanzó 85 kilos de peso, se sintieron muy preocupados por el futuro de su mascota. Luego, por pura casualidad, los dos protagonistas de La leona de dos mundos —una exitosa película de 1966 sobre la vida salvaje—, Bill Travers y Virginia McKenna, fueron allí a comprar muebles. “Christian los cautivó de inmediato, y nos ofrecieron ayuda”, dice Bourke. “Unos días después, se pusieron en contacto con su gran amigo George Adamson, uno de los mayores expertos en leones del mundo, quien aceptó el desafío de introducir a Christian a la vida salvaje en África”.

Junto con la estrella animal de ese filme, una leona criada en cautiverio, Christian formaría el núcleo de una nueva manada creada por el hombre. Travers y McKenna producían documentales sobre la conservación de la fauna y, para cubrir sus gastos, propusieron filmar The Lion at World’s End (“El león en el fin del mundo”), a fin de seguir el viaje de Christian a África y su adaptación allí.

“Fue la solución perfecta. Sentimos mucha emoción y alivio”, dice Bourke. “George nos advirtió que a Christian le costaría trabajo adaptarse, pero aun así aceptamos con gusto la oportunidad”. En 1970, tras una larga negociación con el gobierno de Kenia, los dos australianos volaron a Nairobi con su león, el cual tenía ya un año de edad. Desde un escondite, Rendall y Bourke vieron cómo Christian daba su primera caminata en suelo africano y con valentía intentaba cazar su primera presa, si bien al final tuvo que sacarse las espinas que se le habían clavado en las sensibles garras. Sorprendentemente, de todos los leones que estaban al cuidado de Adamson, Christian fue el que se adaptó con mayor rapidez. “Aparte de soportar los rigores del proceso inicial de adaptación, no necesitó adiestramiento”, escribió el finado Adamson en la edición de 1971 de Un león llamado Christian.

“Nadie conocía los leones mejor que George”, afirma Bourke. “Los comprendía extraordinariamente bien y los amaba. Así que, aunque nos dolió mucho despedirnos de Christian, el resultado final fue el que todos deseábamos. Todavía no podemos creer que todo haya salido a la perfección”.

A lo largo del año siguiente, los australianos se mantuvieron al tanto de los progresos de Christian, y en 1971 volvieron a la reserva. Adamson les había dicho que era posible que el león los recordara, pero incluso él se sorprendió al ver la extrema ternura del saludo de Christian.

Rendall comenta: “Lo que todo el mundo nos pregunta después de ver el video es: ‘¿No estaban nerviosos? ¿No tenían miedo? ¿No pensaban que los iba a atacar?’ La verdad es que no sentíamos ningún temor, y ni por un instante dudamos que le daría gusto vernos y que sería un reencuentro maravilloso. Reconocimos su lenguaje corporal, su expresión de amor, su intensa emoción. Estaba más grande, pero era el mismo gato juguetón al que habíamos criado durante un año, así que todo fue muy sencillo.

”Cuando uno ve el video, se nota una expresión en sus ojos, como si estuviera pensando ¿Son ellos? No pudimos esperar ni un minuto más, así que lo llamamos. Y entonces sigue ese momento inolvidable en que nos reconoce, y baja corriendo”

  Rendall apenas logra contener las lágrimas cuando recuerda la emoción de ese día: ver a Christian tan saludable, al frente de su nueva manada y mostrando el afecto de siempre. “Ese momento fue la culminación de nuestra amistad, de nuestro amor mutuo, de todo el tiempo que pasamos juntos y del cariño que nos dimos”.

En 1972, Rendall y Bourke tuvieron un último encuentro con el león, que ya estaba completamente integrado al medio natural. Para entonces, Christian pesaba unos 230 kilos y era uno de los leones más grandes que Adamson había visto en su vida.

Una carta que Bourke les escribió a sus padres decía: “Todas las mañananas y todas las tardes caminamos con Christian. Está mucho más tranquilo y seguro de sí mismo que el año pasado, y es un deleite pasear con él. Está enorme. Se me tiró encima sólo una vez, como antes, parado sobre las patas traseras, y lo hizo con mucha delicadeza. Me lamió la cara mientras se alzaba sobre mis hombros. ¡Casi aplastó a John cuando trató de sentarse en sus piernas!”

Los dos amigos pasaron nueve días con su ex mascota de Kings Road, y conocieron su harén de leonas antes de que Christian desapareciera con ellas en la espesura. Fue la última vez que lo vieron.

Hoy día Christian tiene una página en Facebook, figura en Wikipedia y forma parte de un legado perdurable: el de la ardua labor que realiza el Fideicomiso George Adamson para la Preservación de la Fauna Silvestre. Rendall y Bourke se maravillan ante lo que podría lograrse si todas las personas impactadas por la historia de Christian sumaran esfuerzos a fin de resolver algunos de los problemas sociales y ambientales más urgentes que aquejan al mundo.

Según Rendall, la educación es uno de los pilares más importantes del Fideicomiso George Adamson. “La tragedia de África en este momento es que muchas personas instruidas están emigrando”, señala. “Y el cólera está matando a muchos de los que se quedan. Si uno se está muriendo, no se va a preocupar por la fauna silvestre, y si se está muriendo de hambre, los animales se convierten en alimentos indispensables para sobrevivir. Así que ¿quiénes somos nosotros para decirle a la gente lo que puede o no puede hacer para sobrevivir?”.

Según Bourke, el renovado interés por la historia de Christian ha puesto de relieve lo dependientes que se vuelven las personas de sus mascotas en tiempos difíciles: “Formamos relaciones muy estrechas con ellas. Creo que esa es una de las principales lecciones que nos ha dejado todo esto”.

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 Fuente: Revista Selecciones.