Amar es lo que Importa.

Esta es la historia de Lucas Vasconcellos, un jóven brasileño de veintitrés años, que decidió contarle a su hermanito de ocho, que es gay. Lo tomé de la página enfemenino.com y allí aparece la foto de la publicación es Facebook de Lucas, contando en primera persona (pero en portugués) lo que aconteció.

“Hoy le conté a mi hermanito que soy gay. Pasaron muchos años desde que descubrí el respeto hacia mi sexualidad, sobre el género que despierta una pasión realmente auténtica en mí, y finalmente llegué a decidir confiar mi realidad a esa personita, que es lo que más me importa en la vida. Dividí mi explicación de manera pedagógica, diciéndole que hay personas a quienes les gusta más el negro, o el blanco, o el azul, o el amarillo, o el rojo; explicándole lo bueno que eso le hacía al mundo. El hecho de que a todos nos puedan gustar colores diferentes, y que además podamos ser felices y respetados al colorear nuestro mundo con ellos.

 

  Él parecía intuir que yo le iba a contar algo. Me miró profundamente, estando quieto y pensativo durante la explicación entera, y entonces, por fin, resolví asumir mi sexualidad. Él me continuó mirando, tan calmado y sonriente, tan natural, que yo lo cuestioné: “¿Tú sabes el nombre que se le da a quien le gustan las personas iguales, John? ¿A los hombres a quienes les gustan otros hombres, o a las mujeres a quienes les gustan otras mujeres? Yo ya estaba preparado para decir la palabra “gay”, ya estaba en la punta de mi lengua, cuando él simplemente me dijo la verdadera respuesta: “¿Amor?” Y, entonces, lloré.

 

  “No llores”, me dijo, abrazándome. Él me miró con aquellos ojos llenos de inocencia, de los mismos tonos que los míos, y sentí que, por primera vez, me percibía como yo realmente era. Un hermano que lo amaba, un amigo que él jamás perdería y, pese a ser una persona con una preferencia diferente para enamorarse, soy una persona igual a cualquier otra. Supe eso por su respuesta. Por la bondad en cada una de sus palabras. Un niño de ocho años de edad supo encarar algo tan natural, con más madurez que la de un adulto.

 

  Más que mis propios padres incluso, que siempre me negaron el derecho de contarle esto a mi hermano. Aprovechad para aprender de la pureza de ellos, que la mayoría olvida al crecer, pues entiendo que las mayores verdades de la vida están en el corazón de los pequeños. Y la vida continúa, como si nada hubiese cambiado. Y, en lo más profundo de mi corazón me siento agradecido por eso”.

Algo más que agregar? Yo creo que no, el amor es lo más importante en cualquiera de sus formas y nadie tiene derecho a juzgar a otro por aquello que siente, por aquella persona o animal a quien ama. Valoremos por sobre todas las cosas el amor verdadero. Es lo más lindo y lo más importante para cambiar el mundo.

Atrevámonos a amar sin que importe nada más.

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Sin Línea de Meta, Marla Runyan.

Muchas veces, cuando vemos el sufrimiento ajeno, nos damos cuenta de la cantidad enorme de veces que “nos quejamos de llenos” en nuestra vida. Y nos sentimos unos tontos, y empezamos a valorar lo que tenemos, las cosas materiales y las espirituales, le agradecemos al Ser Supremo en el que creemos todo lo que nos da y nos vamos a dormir con satisfacción por la vida que nos tocó, pero pensando en eso que vimos y nos movilizó.

Todo lo que agradecimos el día anterior, queda en el olvido ante pequeñas situaciones que nos obstaculizan el día a día. Entonces me preguntó, ¿hace falta que tengamos que ver a alguien que realmente la pasa mal para darnos cuenta de todo lo bueno que tenemos?

A veces parece que sí. Y es ahí, cuando se nos presentan esas personas que tienen alguna dificultad de verdad y no hacen de ello una tragedia. Nos pasan mil cosas por la cabeza, y ya no nos sentimos unos tontos, nos sentimos unos cobardes. Eso es muy bueno, siempre y cuando empecemos a hacer algo con aquello que nos damos cuenta que está mal.

Me crucé con este texto, que les comparto a continuación, en la web y descubrí que Sin Línea de Meta es el título de la autobiografía de Marla Runyan. Espero lo disfruten, tomemos consciencia y podamos convertir aquello que está mal en nuestra vida, en algo positivo.

“Corro sin ver más que la pista despejada justo delante de mí. Hay otros pies que mantienen una cadencia constante a mi lado. No sé cuántas corredoras tengo delante o detrás. El grupo de competidoras es un ser multicolor, que jadea y da codazos a mi alrededor, abriéndose paso. El ritmo se acelera y nos acercamos a la meta. Solo entonces el grupo se deshace, espaciándose. Siento la suave curva que indica el inicio de los últimos 200 metros hasta la línea de meta, y el sprint final por la última recta. Ahora estoy compitiendo contra personas individuales, pero, ¿quiénes son? ¿Quién es la que acaba de adelantarme? ¿A quién le estoy sacando delantera? No lo veo. ‘¡Pero qué más da!’, me digo a mí misma. ‘Ver sus caras no me va a facilitar ganarles.’

  No veo la línea de meta. La cruzo.

  Me inclino hacia delante, jadeando. Siento que alguien, una de mis rivales, me coge de la mano. Andamos por la pista intentando recuperar la respiración, y esperamos a que anuncien el orden de llegada. Yo no veo el tablero eléctrico con los nombres. De repente, por encima de mi respiración agitada, escucho la ovación de la multitud.

  —¿Quién ha ganado? —preguntó.

  —Tú —responde ella.”

  [Marla Runyan no ve el tablero con los nombres porque es ciega. Como no ha visto la pista ni la línea meta. Pero ha corrido y ha ganado. La ocasión a que aquí se refiere fueron los Juegos Panamericanos en Winnipeg, 1999.]

  “Soy la primera atleta legalmente ciega que ha participado en los Juegos Olímpicos [los Olímpicos propiamente dichos, no los Paralímpicos] aunque no gané la final. No veo ni la “E” grande en el tablero del oculista, pero puedo correr. El problema radica en una cuestión de percepción: la gente confunde ‘discapacitado’ con ‘inepto’. Es cierto que tengo una minusvalía, pero no soy incompetente. Tengo cierto ángulo de visión periférica que, si bien es borrosa, es suficiente para competir en una carrera olímpica. Soy capaz de ver los pies de mis rivales y el color de sus uniformes. Veo como se agitan las banderas, pero no distingo a qué países representan.

  Lo único que no veo en manera alguna es la línea de meta. Cuando participo en una carrera no siempre sé si he ganado o no. No veo los relojes, ni los contadores de vueltas, ni los marcadores. Lo único que sé es que la línea de meta está al final de la recta. Pero se equivoca quien piense que mi falta de vista perjudica mi ritmo, porque soy una mujer de 32 años que hace mucho tiempo que se dedica a esto, y he llegado a comprender que no –repito no– existe una línea de meta.

  En cierto modo mi falta de visión me resulta beneficiosa. Me fuerza a correr por el mero hecho de hacerlo. No corro para obtener medallas, aunque ya tengo unas cuantas en mi haber. Corro porque el propio acto de correr es una experiencia estética y cinética. Para mí, correr supone liberarme de la confusión y de los obstáculos. Significa olvidarme de la tecnología médica que me ha lastrado desde que era niña. Correr es verme libre del sedentarismo, del aislamiento, de la inactividad. Correr, para mí, es vivir.

  Claro que me pasan cosas raras. En una ocasión uno de mis anteriores entrenadores, Mike Manley, se afeitó la barba que solía llevar, y cuando se me puso delante aquella tarde no lo reconocí. A una de mis antiguas compañeras de entrenamiento la reconocía siempre porque llevaba cola de caballo. Pero una tarde se sentó a mi lado en un banco y no supe quién era, porque se había cortado el pelo.

  Yo estaba decidida a no usar jamás mi vista como una excusa. Si no podía hacer algo, nunca decía: ‘Es porque no veo.’ Si la causa de mi fracaso no era mi vista, entonces debía tratarse de un problema relativo a mi grado de esfuerzo o mi capacidad. Me convencía a mí misma para trabajar más duro. No quería usar mi vista como excusa, porque sospechaba que si cedía en el asunto más nimio, me sentiría tentada a ceder en las cosas más importantes, y además durante el resto de mi vida. No quería caer en el hábito de ceder.

  Lo peor fue cuando alguien, cuyo nombre no mencionaré, me dijo que mi ceguera era un castigo de Dios por mis pecados. ‘Si aceptas a Jesús en tu vida y te haces cristiana, te sanarás milagrosamente. Necesitas tomar esa decisión rápidamente, para que se salve tu alma y no vayas al infierno.’ Tenía yo entonces 14 años.

  Suelo decir: ‘Soy una atleta con una discapacidad, no una atleta discapacitada.’

  Y tengo siempre presente la regla número uno: ‘Recuerda que la persona con la que hablas no sabe que no ves.’

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Inventario de la Normalidad, Paulo Coelho.

Resolví hacer un sondeo entre mis amigos sobre lo que la sociedad considera un comportamiento normal. Escribo a continuación la lista de algunos de estos absurdos con que convivimos a diario, porque la sociedad los considera normales:

1] cualquier cosa que nos haga olvidar nuestra verdadera identidad y nuestros sueños, y nos haga apenas trabajar para producir y reproducir.

2] tener reglas para una guerra (Convención de Ginebra).

3] emplear varios años estudiando en la universidad, y después no conseguir trabajo.

4] trabajar de nueve de la mañana a cinco de la tarde en algo que no da ninguna satisfacción, con la condición de poder jubilarse después de treinta años.

5] Jubilarse, descubrir que ya no se tiene energía para disfrutar de la vida, y morir pocos años después, de aburrimiento.

6] Usar botox.

7] Procurar tener éxito financiero, en lugar de buscar la felicidad.

8] Ridiculizar al que busca la felicidad en lugar del dinero, calificándolo de “persona sin ambición”.

9] Comprar objetos como coches, casas, ropas y definir la vida en función de estas comparaciones, en lugar de intentar averiguar la verdadera razón de estar vivo.

10] No hablar con extraños. Criticar al vecino.

11] Considerar que los padres siempre tienen la razón.

12] Casarse, tener hijos, y continuar juntos aunque el amor haya terminado, alegando que es por el bien de los niños (como si éstos no presenciaran las constantes peleas).

12ª] Criticar a todo aquel que intenta ser diferente.

14] Empezar el día con un despertador histérico al lado de la cama.

15] Creer que es verdadero absolutamente todo lo que está impreso.

16] Llevar un pedazo de tela de colores atado al cuello, sin ninguna utilidad conocida, pero que todos conocen con el pomposo nombre de “corbata”.

17] Nunca ser directo en las preguntas, aunque la otra persona entienda lo que se está queriendo saber.

18] Mantener la sonrisa en los labios cuando se tienen unas ganas locas de echarse a llorar. Y sentir piedad por todos los que demuestran sus sentimientos íntimos.

19] Pensar que el arte vale una fortuna, o que no vale absolutamente nada.

20] Despreciar por sistema lo que se consiguió fácilmente, porque, como no se dio el “sacrificio necesario”, no debe de tener las cualidades requeridas.

21] Seguir la moda, incluso cuando parece ridícula e incómoda.

22] Estar convencido de que todo famoso debe tener guardados montones de dinero.

23] Dedicar mucho esfuerzo a la belleza exterior, y preocuparse poco con la belleza interior.

24] Usar todos los medios posibles para mostrar que, aun siendo una persona normal, uno está infinitamente por encima del resto de los seres humanos.

25] A bordo de un transporte público, nunca mirar directamente a los ojos de la gente, pues tal cosa podría entenderse como un intento de seducción.

26] Al entrar al ascensor, mantenerse orientado hacia la puerta de salida, y comportarse como si no hubiera ningún otro ser humano allí dentro, por muy abarrotado que esté el lugar.

27] Jamás reírse a carcajadas en un restaurante, por muy buena que sea la historia.

28] En el hemisferio norte, elegir la ropa que se lleva de acuerdo a la estación del año: brazos desnudos en primavera (por mucho frío que haga) y jersey de lana en otoño (aunque haga mucho calor).

29] En el hemisferio sur, llenar el árbol de navidad de algodón, aunque el invierno no tenga nada que ver con el nacimiento de Cristo.

30] Cuando alguien llega a mayor, creerse dueño de toda la sabiduría del mundo, aunque muchas veces no se haya vivido lo suficiente para reconocer lo correcto.

31] Ir a una feria de beneficencia y pensar que con eso ya se ha hecho bastante para acabar con las desigualdades sociales del mundo.

32] Comer tres veces al día, aunque no se tenga hambre.

33] Creer que los otros siempre nos superan en todo: son más atractivos, más competentes, más ricos, más inteligentes, etc. Es muy arriesgado aventurarse más allá de las propias limitaciones: lo más conveniente es no hacer nada.

34] Hacer del coche un medio para sentirse poderoso, y capaz de dominar el mundo.

35] Soltar improperios en el tráfico.

36] Pensar que todo lo malo que hace el hijo de uno es por culpa de las malas compañías.

37] Casarse con la primera persona que dispone de cierto estatus social. El amor puede esperar.

38] Repetir continuamente “Yo al menos lo intenté”, aunque en realidad no se haya intentado absolutamente nada.

39] Postergar las experiencias más interesantes de la vida para cuando ya no quedan fuerzas para llevarlas a cabo.

40] Huir de la depresión con fuertes dosis diarias de televisión.

41] Pensar que todo lo conquistado se puede dar por seguro para siempre.

42] Creer que a las mujeres no les gusta el fútbol, y que a los hombres no les gusta la decoración.

43] Echarle al gobierno la culpa de todo.

44] Estar convencido de que ser una persona buena, decente, educada, conlleva que los demás la consideren débil, vulnerable y fácilmente manipulable.

45] Estar igualmente convencido de que la agresividad y la descortesía en el trato con los otros equivale a tener una personalidad poderosa.

46] Tener miedo de la fibroscopia (los hombres) y del parto (las mujeres).

47] Por último, creer que la religión de uno, además de la única dueña de la verdad absoluta, es la más importante, la mejor, y que todos los seres humanos de este inmenso planeta que crean en cualquier otra manifestación de Dios están condenados al fuego del infierno.

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La Copa de Helado.

  “En la época en que el precio de una copa de helado de nuez y almíbar costaba poco, un chico de diez años entró a la cafetería de un hotel y se sentó ante una mesa.

  Una mesera se acercó a la mesa para levantar el pedido del nene.

  —¿Qué cuesta un helado de nuez y almíbar?—preguntó el chico.

  —Cincuenta centavos—respondió la camarera.

  El muchacho sacó las manos de su bolsillo y contó la cantidad de dinero en monedas que traía.

  —¿Qué cuesta una copa sencilla de helado?—volvió a preguntar.

  Algunos clientes esperaban por una mesa, entonces la camarera empezó a impacientarse. Entonces, de mala manera, le dijo al chico:

—Treinta centavos.

  De nuevo el nene contó las monedas.

  —Tomaré la copa sencilla—dijo.

La camarera llevó la copa de helado, colocó la cuenta sobre la mesa y se retiró. El chico terminó el helado, pagó al cajero y se salió. Cuando la camarera regresó, levantó el plato y grande fue su sorpresa ante lo que vio.

Ahí, dispuestos correctamente a un lado de la copa, se encontraban tres monedas de cinco centavos y cinco de un centavo.

  Era su propina.”

En este pequeñísimo cuento se juntan la belleza de los niños y los prejuicios de los adultos. Qué lindo sería que conservemos un poco de la inocencia, la calidez y la nobleza de corazón que tienen los chicos. El mundo sería un poco menos estresante, iríamos menos enojados a nuestros trabajos, nos fijaríamos un poco más en el otro.

Anoche, iba caminando con una amiga y un señor, en su camioneta de marca muy conocida, enorme, hermosa, blanca, frenó y les preguntó a cuatro nenes que rondarían los diez años, si querían que los lleve. Los chiquitos estaban esperando el colectivo y le dijeron que vivían lejos. El hombre les preguntó si sabían por donde para indicarle el camino, los nenes le dijeron que sí y empezaron a explicarle.

Automáticamente el hombre abrió las puertas de su camioneta, los nenes subieron y arrancó.

Yo pensé y le dije a mi amiga, “qué ternura, ojalá quedaran más personas así”; mi amiga, sorprendida me miró y me dijo:”a mi me dio miedo, mirá si el tipo ese les hace algo”.

Las dos caras de una moneda. ¿Yo soy muy crédula? ¿Mi amiga ve nubes negras por todos lados? Tal vez un poco y un poco. Lo que sí es cierto, es que el mundo en el que vivimos no está bien. Es de otro mundo ver a una persona  realizando una buena acción, y si la realiza, es sospechoso. ¿A qué hemos llegado? ¿No debería eso ser algo normal?

Creo que somos los adultos los que tenemos mucho por aprender y de los niños, no de nuestros pares.

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El Veneno Está en la Mente.

  Hace mucho tiempo, una joven china llamada Li se casó y fue a vivir con el marido y la suegra. Después de algunos días, no se entendía con ella. Sus personalidades eran muy diferentes y Li fue irritándose con los hábitos de la suegra, que frecuentemente la criticaba.
  Los meses pasaron y Li y su suegra cada vez discutían más y peleaban. De acuerdo con una antigua tradición china, la nuera tiene que cuidar a la suegra y obedecerla en todo. Li, no soportando mas vivir con la suegra, decidió tomar una decisión y visitar a un amigo de su padre.
  Después de oírla, él tomó un paquete de hierbas y le dijo: “No deberás usarlas de una sola vez para liberarte de tu suegra, porque ello causaría sospechas. Deberás darle varias hierbas que irán lentamente envenenando a tu suegra. Cada dos días pondrás un poco de estas hierbas en su comida. Ahora, para tener certeza de que cuando ella muera nadie sospechará de ti, deberás tener mucho cuidado y actuar de manera muy amigable. No discutas, ayúdala a resolver sus problemas. Recuerda, tienes que escucharme y seguir todas mis instrucciones”. Li respondió: “Sí, Sr. Huang, haré todo lo que el señor me pida”. Li quedo muy contenta, agradeció al Sr. Huang, y volvió muy apurada para comenzar el proyecto de asesinar a su suegra.
  Pasaron las semanas y cada dos días, Li servía una comida especialmente tratada a su suegra. Siempre recordaba lo que el Sr. Huang le había recomendado sobre evitar sospechas, y así controló su temperamento, obedecía a la suegra y la trataba como si fuese su propia madre.
  Después de seis meses, la casa entera estaba completamente cambiada. Li había controlado su temperamento y casi nunca la aborrecía. En esos meses, no había tenido ni una discusión con su suegra, que ahora parecía mucho más amable y más fácil de lidiar con ella. Las actitudes de la suegra también cambiaron y ambas pasaron a tratarse como madre e hija.
Un día Li fue nuevamente en procura del Sr. Huang, para pedirle ayuda y le dijo: “Querido Sr. Huang, por favor ayúdeme a evitar que el veneno mate a mi suegra. Ella se ha transformado en una mujer agradable y la amo como si fuese mi madre. No quiero que ella muera por causa del veneno que le dí”.
  El Sr. Huang sonrió y señaló con la cabeza: “Sra. Li, no tiene por qué preocuparse. Su suegra no ha cambiado, la que cambió fue usted. Las hierbas que le dí, eran vitaminas para mejorar su salud. El veneno estaba en su mente, en su actitud, pero fue echado fuera y sustituido por el amor que pasaste a darle a ella”.

Este pequeño cuento, me recordó a mí misma muchas veces. Cuando vivía con mis hermanos, estaba todo el tiempo pidiéndoles que cambiaran un montón de actitudes y cuestiones culinarias de la convivencia. Peleábamos un montón, hasta que un día, después de hablarlo mucho con diferentes personas, me di cuenta de que sí, había situaciones propias de ellos, pero que formaban parte de su persona, no lo hacían para hacerme fastidiar a mí; por otro lado, yo vivía pidiendo cambios, sin mirarme a mí misma y pensar cuáles me correspondía hacer a mí.

Muchas veces, miramos todo lo malo de los demás, y recordamos solo eso. Las cosas buenas que hacen los otros las pasamos por alto, cuando ese es el primer error a modificar. Tendríamos que prestarles la misma atención. Porque errar es humano, y quién no tenga alguna manía, que tire la primera piedra.

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El Alpinista.

Un Joven alpinista iba acompañado por dos fuertes y experimentados guías, en su primer intento por escalar los Alpes Suizos, y se sentía seguro de tener un guía en la delantera y otro detrás de él.

  Escalaron varias horas. Sin aliento y exhaustos, lograron por fin llegar a las rocas que entre la nieve sobresalían justo antes de llegar a la cima. Al faltar solo unos metros para llegar a la cima, el guía que iba al frente se echó a un lado para que el joven alpinista pudiera ver el paisaje por primera vez, una maravillosa vista panorámica de picos cubiertos de nieve y un brillante y despejado día en el cual no se veía una sola nube.

  Aferrándose a las rocas mientras escalaba, el joven dio un último salto hasta la cima.

  El guía rápidamente lo asió y tiró de él hasta bajarlo. El joven no sabía que a menudo fuertes vientos soplaban sobre las rocas de la cima, cuya velocidad podía hacerlo caer.

  Al instante, el guía le informó de tal peligro diciéndole: ¡Tiene que arrodillarse señor! ¡Nunca estará mas seguro acá arriba que de rodillas!

  Este joven descubrió que aunque pensó estar bien preparado para escalar, aún había mucho más por aprender. La vida está saturada de errores y el peligro mayor radica en no aprender de ellos.

Esta pequeña historia me deja dos enseñanzas, la primera, como bien dice al final, que debemos aprender de nuestros errores. Y la otra, que resonó en mi mente apenas leí, “nunca estará más seguro aquí arriba que de rodillas”, y es en la que me quiero explayar, es que no nos olvidemos de ponernos de rodillas cuando sea necesario.

Pasa muchas veces que deseamos mucho llegar a la cima en lo que sea, nuestro trabajo, la facultad, con algún objetivo que nos hemos propuesto. Luchamos, nos esforzamos, trabajamos un montón, y cuando al fin llegamos, creemos que está todo echo. Lo único que se ve de nosotros es una frente bien alta y el pecho saliendo. Qué equivocación más grande. Llegar no quiere decir que somos los amos de aquellos que hemos obtenido. Llegar quiere decir, que cumplimos el primer objetivo, pero tendremos que arrodillarnos en el transcurso de ese nuevo camino para aprender, para hacer frente a los errores que podemos llegar a cometer, para escuchar a nuestros superiores o a nuestros pares o incluso a quienes están en escalones más abajo cuando tengan algo que indicarnos, enseñarnos o corregirnos.

Vivimos en un mundo acostumbrado a comparar arrodillarse con humillarse. Eso nos convierte en seres soberbios, egoístas y competitivos. Arrodillarse no es sinónimo de humillarse, pero, si así lo fuera, quiénes somos nosotros, pequeños seres que forman parte del universo, para estar exentos de la humillación alguna vez?

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El Amor es Ciego y la Locura lo Acompaña, Mariano Osorio.

Durante todo el día estuve pensando que hoy es miércoles de reflexión. Cuando era chica leía un montón de fábulas, leyendas y cuentos que me dejaban una enseñanza. Es por eso que trato de traer siempre alguno que me haya marcado. No recuerdo cuántos años tenía cuando leí este, pero créanme, me marcó a fondo. Esa mezcla de magia y un poco de realidad, me enseñó que el amor está por encima de todas las cosas. Y cada vez que pienso cómo tal persona puede hacer eso por tal otra, o cómo ese padre puede soportar tantas cosas, y un sinfín de situaciones más, la frase que siempre viene a mi mente, es la del final de este cuento.

Espero que lo disfruten!

  Cuentan que una vez, se reunieron todos los sentimientos y cualidades del hombre.

  Cuando el aburrimiento había bostezado por tercera vez, la locura les propuso  jugar a las escondidas.

  La intriga levantó la ceja y la curiosidad, sin poder contenerse preguntó: “¿escondidas?”. El entusiasmo danzó, seguido de la euforia, la alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la duda y a la apatía, que nunca se interesaban por nada.

  1,2,3.. comenzó a contar la locura. La primera en esconderse, fue la pereza, que como siempre cayó detrás de la primera piedra del camino; la fe subió al cielo y la envidia se escondió detrás de la sombra del triunfo, que por propio esfuerzo había conseguido llegar a la copa más alta del árbol.

  La generosidad casi no logra esconderse, porque cada lugar que encontraba le parecía bueno para alguno de sus amigos.Si era un lago cristalino, ideal para la belleza; si era la copa del árbol perfecta para la timidez; si era una ráfaga de viento, magnífica para la libertad.

  Así es que terminó escondiéndose en un rayo de sol; el egoísmo encontró un lugar bueno desde el principio, ventilado, cómodo, pero solo para él; la mentira se escondió detrás del arco iris y la pasión y el deseo en el centro de los volcanes.

  Cuando la locura terminaba de contar, el amor todavía no había encontrado lugar para esconderse, todos estaban ya ocupados, hasta que encontró un rosal y cariñosamente decidió esconderse entre sus flores.

  Concluyó la locura y comenzó la búsqueda. La primera en aparecer fue la pereza apenas a tres pasos de una piedra.

  Sintió vibrar a la pasión y al deseo en los volcanes; en un descuido encontró a la envidia y claro pudo deducir donde estaba el triunfo; al egoísmo no tuvo que buscarlo, él solo salió disparado de su escondite que era en verdad  un nido de avispas. De tanto caminar la locura sintió sed y al aproximarse a un lago descubrió a la belleza.

  La duda fue más fácil de encontrar, estaba sentada sobre un cerro sin decidir dónde esconderse. Y así iba encontrándolos a todos, al talento entre la hierba fresca, a la angustia en una cueva oscura, pero el amor no aparecía por ningún lugar, la locura lo buscó detrás de cada árbol, debajo de cada roca del planeta y encima de las montañas.

  Cuando estaba a punto de darse por vencida, encontró un rosal y comenzó a mover sus ramas con energía, entonces escuchó un grito doloroso, había herido al amor en los ojos con las espinas del rosal. La locura no sabía que hacer para disculparse, lloró, rezó, imploró, pidió perdón y prometió ser su guía para siempre. Es por eso que desde entonces el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña.

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