Amor Real.

Yo, que me pasé la vida diciendo a quien me quisiera escuchar que cuando corto con alguien, corto. Ahora no puedo.
Aunque me llené la boca diciéndome que era imposible seguir, cada día miraba unas cien veces su foto de perfil y sus estados de WhatsApp. Controlaba su última conexión. Y cuando lo veía en línea, miraba fijo la pantalla y repetía: escribime, escribime, escribime… hasta que se desconectaba, o me escribía.
Y cuando me escribía, me desesperaba por responder. Por preguntarle. Quería saber de él y que las charlas se prolongaran mucho tiempo.
Nunca me llenaba de ese hombre con el que no quería tener nada. Siempre me decía, “no le respondo más”, para siempre enojarme si pasaba un día sin escribirme y desesperarme cuando lo hacía.
A mí, que siempre estaba solucionando problemas de pareja ajenos, me pasó que no podía seguir mis propios consejos. Era muy fuerte el deseo de ser alguien en su vida. De que piense en mí como yo en él.
Sin embargo, mi yo racional no quería saber nada. Me decía que no estaba enamorada. Pero lo necesitaba. No quería que seamos pareja pero sí que esté pendiente de mi. Quería enojarme y que él insistiera para que yo volviera a estar de buen humor.
Me estaba pasando con ese hombre algo que nunca me había pasado con nadie. Hasta ese momento, nunca había estado colgada de alguien. Y eso me aterrorizaba. Me frustraba. Me enojaba. Y no había nada que pudiera hacer para cortarlo.
Lo único que lo hubiera logrado era que él no me escriba más. Porque solo en eso cumplía mis promesas. “No le escribas primero”, me repetía cada día. Pero él volvía a hacerlo, y yo le respondía.
¿Qué es esto? ¿Qué quiero? ¿Por qué no puedo soltarlo?
Y me empecé a observar. Y cada vez que me escribía o me hablaba me saltaba el corazón en el pecho. Y me hacía cosquillas la panza. Y me temblaban las manos.
¿Qué es esto? ¿No fui yo quien no quería nada más? ¿No fui yo quién quiso poner punto final a la relación? ¿Por qué a cada minuto me olvidaba de lo que me hizo cortar con él?
Ay, Dios. ¿Por qué no puedo dejar de pensar en él? ¿Por qué se me hace tan difícil no verlo, no sentirlo, no compartir mi vida con él?
¿Será que después de todo, el amor es más fuerte? ¿Será que estoy enamorada y no me di cuenta? ¿Será que hice un mundo de algunos motivos porque tengo miedo?
¿Será…?
No importa lo que pasó, o no. No importa lo que pasará, o no. Importa lo que siento y quiero ahora. Y lo que quiero es a él al lado mío en este instante. Reírnos. Besarnos. Acariciarnos. Abrazarnos. Descansar sintiendo su respiración después de este día agotador.
Me siento tan tonta de repente. Me cuesta mucho aceptar que me equivoqué. O que tal vez me esté equivocando ahora.
Mierda! Estoy hablando del amor. De que extraño a una persona que quiero y que tal vez amo, y en lo único que pienso es en que no quiero equivocarme.
¡Daryana por favor! ¿Dónde quedó todo eso que les decís a tus clientes sobre seguir a tu corazón?
Ok.
Lo voy a llamar.
No, mejor le escribo.
¿Pero qué le escribo?
¿Con un “te extraño”, estará bien?
¡Ay, Dios! No me gusta sentir esto. No me gusta esta situación. Por qué hago las cosas tan difíciles.

Es lunes. Todo lo que escribí, pasó un jueves, hace un mes, pero no terminó ahí.
Al final, le escribí a Matías. Le puse que lo extrañaba y que tenía ganas de verlo.
Me respondió: “Yo también te extraño y tengo ganas de verte. Pero de una manera diferente a la tuya. Yo te quiero, no estoy muy seguro de que te pase lo mismo. Y no voy a ir a tu casa para que a las cuatro de la mañana quieras que me vaya”.
Volví a tener dudas. Me estaba torturando a mí misma. No sabía qué me estaba pasando. O un poco sí. Quería que alguien me diga con seguridad que todo iba a salir bien. Pero, ¿qué es seguro en la vida? Mucho menos en el amor.
Tampoco quería lastimarlo ni jugar con él. ¿Por qué? Poque lo quería. Porque me importaba mucho. Y porque de verdad quería desayunar con él el viernes, antes de irnos a trabajar, después de una noche durmiendo de a ratos.
Entonces me di cuenta, de que todo eso era amor. Empecé a recordar mis razones para terminar con él y no me importaba nada de eso. Mis ansias de estar con Matías, que charlemos, cocinemos juntos, nuestros rituales y hábitos, eso era más importante en ese momento.
Teníamos mucho para hablar y aclarar. Yo principalmente. Debía plantearle mis dudas y preguntarle si aún con todo este lío en mi cabeza quería estar conmigo.
Le respondí que si venía, quería que desayunemos juntos el viernes. Nada más. El que yo también lo quería se lo iba a decir personalmente.
Me temblaban las piernas mientras lo esperaba. Me dolía la panza y tenía palpitaciones. Yo de verdad me había creído el cuento de que nunca más lo iba a ver. De verdad me creí superpoderosa. Me comí el discurso que les repetía a los demás, y que por primera vez en mi vida, me daba cuenta de que no era posible cumplir cuando uno estaba enamorado.
Por fin sonó el portero. Era él. Y yo estaba más nerviosa que en la primera cita. Dejé la puerta entreabierta, como cada vez que él iba a mi casa, para que pasara sin golpear. La verdad era que no quería enfrentarme a él en ese lugar. Me fui a sentar en la barra que separaba la cocina del comedor. En mi banqueta preferida. Para que me dé seguridad.
Matías entró. Estaba tan lindo. Su pelo negro revuelto como siempre. Con una remera azul y unos jeans casi del mismo color. Llevaba colgada su mochila, donde supe, tenía la ropa para ir a trabajar al día siguiente. Su perfume inundó mi olfato, mi casa y todos mis sentidos.
Dejó la mochila en el sofá, sin dejar de mirarme en ningún momento. Sin decir nada tampoco. Se acercó, tomó con sus manos mis mejillas y me besó.
Nos besamos deseperadamente. Liberando toda la ansiedad, la angustia, el deseo y el amor contenidos. Y mientras me besaba, me dijo: “te extrañé tanto, me estaba volviendo loco sin tus besos”. Por supuesto, todo lo que pasó entre ese beso y el desayuno del viernes, no voy a contar.
Solo voy a decir, que todos mis miedos desaparecieron. Espero que para siempre. No quiero volver a sentir esa sensación horrible. Entendí cuál fue el motivo principal por el que en aquel momento decidí terminar con Matías.
Él es una persona real, con defectos y virtudes, igual que yo. Eso hace que nuestra relación no sea perfecta. Y claro, ninguna lo es. El tema es, que nunca tuve la posibilidad de vivir eso, porque siempre me retiraba antes de que mis noviazgos fueran reales. Pero esta vez, el amor era real. A Matías lo quiero como es. Me enamoré de un hombre de verdad, no del que solo aparece en los tres primeros meses.
Tuve miedo también, de que a Mati no le guste la Daryana completa, con todos los defectos que empezaban a salir a la luz.
Al fin, sé lo que es el verdadero amor. Y yo que creía que me las sabía todas. Qué equivocada estaba. Y qué feliz soy por haberme equivocado.

 

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Foto: Pinterest Tamara Ullmann
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