Procesos.

Cuando tenía seis años, soñaba con ser maestra jardinera. Estaba enamorada de mi seño Sol y quería ser como ella.
A los ocho, soñaba con ser maestra de grado. Me parecía alucinante enseñarle a un montón de nenes a leer, escribir, sumar, restar y muchas cosas más.
A los diez, soñaba con ser actriz, bailarina y cantante. Me pasaba horas representando mis hits favoritos en los escenarios que me armaba en casa.
A los doce, lo único que hacía era organizar mi fiesta de quince.
A los trece, lo único en que pensaba era en tener mi primer beso de verdad a los catorce. Y mi primer novio oficial a los quince.
A los quince no había dado mi primer beso de verdad ni tenía novio. Tampoco tuve fiesta porque decidí que quería ir a Disney con mi mejor amiga, Lourdes. Y soñaba con terminar el cole, irme a Bariloche de viaje de egresados y empezar la facultad.
A los diecisiete, me fui a Bariloche, terminé el colegio, pero no sabía qué estudiar. Después de un test vocacional, me inscribí en administración de empresas. Con lo único que soñaba era con vivir sola en otra ciudad.
A los dieciocho, empecé la facultad y con ella a vivir sola en otra ciudad. Me costó al principio porque extrañaba mucho a mis papás y a mis hermanos. Y a mi perro. También tuve mi tardío primer beso de verdad. Asignatura pendiente desde los catorce.
A los veinte, empecé una nueva década, con mi reciente primer novio, y nuevos sueños por cumplir en los diez años que se avecinaban.
Quería recibirme a los veintitrés. Trabajar en una multinacional a los veinticinco. Tener mi propia empresa a los veintisiete. Casarme a los veintinueve. Y estar embarazada de mi primer hijo cuando estuviera soplando la velita número treinta.
Me recibí a los veinticinco. Conseguí trabajo en una buena empresa a los veintisiete, tenía un buen puesto y ganaba bien. No era lo que había soñado pero estaba bien. A los veintinueve me puse de novia. Y no quería casarme ni tener hijos.
Cuando cumplí treinta, todo estaba encaminado. Pero, estaba harta de ver números todos los días de mi vida.
Mis sueños para los siguientes diez años eran, hacer algo con mi vida que no incluyeran los números. Y viajar por todo el mundo con Lucas, mi novio.
Mi feliz vida amorosa se derrumbó a mis treinta y uno cuando mi novio me dejó porque se enamoró de otra persona. Mi vida laboral que me daba muchas satisfacciones económicas, aunque no personales, se desmoronó a mis treinta y dos, cuando la empresa decidió un recorte de personal que me incluyó a mí.
Algo se encendió dentro mío y supe que era hora de hacer algo que me hiciera feliz. No sabía qué. Lo que más me gustaba en la vida era viajar. ¿Pero qué podía hacer con eso?
Empezó un largo proceso de aprendizaje, hacer contactos, elegir destinos y publicidad. Entre miles de cosas más. Así surgió mi pequeña empresa de viajes. Pero no era una agencia de viajes común lo que había ideado. El destino principal era Londres, después, algunos sitios cercanos. Yo viajaba con la gente, cual coordinadora de viaje de egresados, sin bailecitos incluidos. Contactaba hoteles, lugares para comer, los sitios más turísticos y actividades interesantes para hacer en cada ciudad.
Mis primeras clientas fueron amigas. Les gustó tanto que empezó el boca a boca. Luego conocí a una chica especializada en Francia. Armamos un viaje con la misma metodología para Francia. Luego otros destinos. Y así, a mis treinta y siete, tenía mi propia empresa de viajes.
A los treinta y ocho me enamoré de uno de mis clientes. Y él se enamoró de mí.
A los treinta y nueve, Joaquín me propuso casamiento.
Jamás hubiera imaginado que cuando cumplí cuarenta iba a estar organizando una fiesta de casamiento para mí. Me gustaban las fiestas, pero no ser la protagonista. Tampoco eso estaba entre mis sueños. Sin embargo, ahí estaba, manejando mi propia empresa, mientras me probaba el vestido más hermoso que vi en mi vida.
Cuando cumplí cuarenta era inmensamente feliz. No recordaba haberme sentido tan plena en toda mi vida. Rodeada de amor. De Joaquín, mis padres, los suyos, mis hermanos, la hermana de él, y todos nuestros sobrinos. Mis amigos de siempre, los nuevos, los amigos de Joaquín y los que tenemos en común. Estaba rodeada de alegría, buena energía y de felicidad.
Y mi gran sueño para los diez años que tenía por delante, era uno solo, esa vez de verdad quería solo uno. Un hijo. Desde los veinticinco años no pensaba en hijos, y cuando conocí a Joaquín volví a desearlo. Tenía mucho miedo e intenté sacarme de la cabeza y del corazón ese deseo porque sabía perfectamente la edad que tenía y lo difícil que sería lograrlo. Pero no podía. Así que fue ese mi deseo a los cuarenta años.
Hoy tengo cuarenta y cuatro. Mi empresa sigue creciendo. Sumamos destinos, servicios, y coordinadores entre otras cosas. Somos una gran familia. Y eso me hace muy feliz. Sigo enamorada de Joaquín. Y él de mí. Nuestras familias siguen a nuestro lado dándonos todo el amor que nos dieron siempre. Y ahora, también tenemos a Pedro, nuestro bebito de cinco meses. Un bodoquito lleno de vida, que se despierta todas las mañanas de buen humor y que nos hace explotar el corazón de felicidad.
Tengo cuarenta y cuatro y este fue mi proceso. Largo. Un tanto tardío a lo mejor, pero mío. Hoy doy gracias por no haberme casado a los veintinueve. Porque mi novio de esa época me dejó. Y porque me echaron del trabajo que me hacía infeliz. No sé qué habría pasado, pero sin dudas no tendría lo que hoy tengo. La Romina de aquella época no hubiera dejado la seguridad económica de un trabajo que la hacía infeliz. Tampoco hubiera querido tener hijos. Ni hubiera conocido tanta gente linda.
Pienso y sé que de no haber conocido a Joaquín, hoy no tendría a mi Pedro, que es lo más hermoso que me pasó en la vida. También creo que todo estaba destinado y que de una forma u otra hubiera tenido mi familia de tres. Sin embargo, todo mi proceso hizo que Pedro tenga una mamá realizada, que trabaja en lo que le gusta, que cambió el camino varias veces, que aprendió a amar de verdad y a dejarse amar, y que sabe por fin, que lo más importante en la vida es lo que a uno le hace feliz.
El mundo necesita personas felices, esa es la mayor enseñanza que le puedo dejar a mi hijo. Y qué mejor, que enseñárselo con el ejemplo.

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Foto: Pinterest Lorena Lopez
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