Cumpleaños Diferente.

De repente, me di cuenta de que con la única persona con la que quería estar el día en que cumplía treinta años, era conmigo.
Entonces, el día anterior, después de cenar, agarré dos mudas de ropa, elementos de higiene personal, libros, DNI, dinero, celular y un par de cosas más. Busqué las llaves del auto, y me fui. Cuando amaneciera, sería mi cumpleaños y yo estaría sola, para disfrutarlo como quisiera.
Amanecí en Iguazú, no había mejor lugar para pasar mi cumpleaños. Desayuné en el hotel y fui directo a las Cataratas. Recorrería todo el parque nacional en mi día.
Es que quien nunca fue, no se imagina lo que se siente estar ahí, en medio de esa inmensidad. Ver el agua caer, el ruido, el vapor, el agua mojándote las mejillas. Es sublime. La Garganta del Díablo es lo más hermoso que vi en mi vida. La paz que se vive allí, a pesar de que hay mucha gente, no se encuentra, o al menos no tan fácilmente.
Y no, no fue casualidad que yo amaneciera en Iguazú. Es un lugar bellísimo. Donde siempre que voy encuentro paz. Y claro, vivo a tres horas, por lo tanto cuando necesito alejarme, me voy hacia allá. Estaba todo planeado, yo quería pasar mi cumpleaños en paz.
Lejos de los convencionalismos, de celebraciones que no quiero hacer, de visitas que no quiero recibir, de saludos que me incomodan. Soy diferente. No me gustan los festejos que todos hacen. Mi forma de celebrar no es emborracharme ni comer hasta reventar. No me gustan los boliches ni los bares nocturnos. Y en el último tiempo, me sentí fuera de lugar entre las personas que me rodean.
No tengo idea de cuánto tiempo estuve perdida en mis pensamientos, sintiendo el agua en mi cara, pero cuando por fin llegué al hotel y revisé mi teléfono, tenía más mensajes en Facebook que en WhatsApp, es decir, los que más me habían saludado eran aquellos con los que no tengo tanta relación. Y llamados, de mis padres, de mis hermanos y de mi reciente ex novio con el que todo está bien. Bueno, mi reducido círculo de amor, seguía siendo el mismo del año anterior, aunque estaba por hacerse más pequeño con la salida de él de Lucas. Lo bueno de eso, es que nos seguíamos queriendo.
Respondí todos los mensajes. Incluidos los de mis padres, desesperados ante mi no respuesta. Y me llamaron en ese momento. Hablé, les conté dónde estaba y qué había hecho durante el día. No se sorprendieron, pero me ordenaron avisar la próxima vez. Yo cumplía treinta pero seguía siendo su nena.
Luego llamé a mi hermana para que me salude. La obligué a prometer que me debía un regalo y una chocotorta por estar gastando yo en la llamada. Cuando corté, llamé a mi hermano. No me atendió y llamó él con el cuento de que antes de deberme dos cosas, gastaba la llamada. Ya les había hecho el chiste en otra oportunidad. Por último llamé a Lucas, le conté dónde estaba, qué había hecho y cuáles eran mis planes, pero no me atreví a pedirle nada.
Estaba cansada. Pero decidí que no era día para dormir temprano. Salí a comer a un lugar muy bonito, que no había visto en mis anteriores visitas, de comida italiana. Me pedí una lasagña de verduras y carne y de postre una copa helada. Estaba todo muy delicioso. Sonreí al pensar cuánto le hubiera gustado a Lucas esa cena. Y le mandé una foto de lo que había comido. Me respondió que era una perversa.
Mientras disfrutaba mi copa helada, entraron los mozos del lugar con un muffin de chocolate con una vela encima y me cantaron el Feliz Cumpleaños. El resto de la gente que estaba en el lugar se sumó al canto. Yo los contemplé sorprendida, recorrí el lugar con la mirada para descubrir a alguien conocido que pudiera haber mandado el muffin. Pero nada.
Pedí los tres deseos. Los mismos de siempre. Amor. Salud. Imaginación. Soplé la velita y di las gracias a todos. Retuve al mozo que atendía mi mesa y le pregunté quién les había dicho que cumplía años. Se sonrojó y me dijo que había escuchado que alguien me había dicho feliz cumpleaños por el teléfono y le dio pena que yo esté sola y que no pida mis tres deseos en ese día. No, no me enojé por que haya escuchado lo que me decían. Le agradecí y le dije que había sido un gesto muy lindo.
A la mañana siguiente, me desperté con una hermosa sensación de bienestar. Decidí desayunar en un lugar donde hacían unas medialunas con dulce de leche exquisitas y vería si me quedaba un día más o regresaba a casa.
Me senté en una mesita que daba al ventanal donde veía el jardín del frente y la calle. Cuando esperaba el desayuno, un desconocido me saludó desde la vereda con la mano. Respondí el saludo, pero automáticamente pensé que capaz no era para mí. Él, cruzó la calle, compró una rosa en la florería del frente, se metió en el café, se acercó a mí y me la entregó.
Yo, por supuesto no entendía nada. Entonces, al ver la confusión en mi cara, me dijo:
-Feliz Cumpleaños. Yo estaba anoche en Il Ristto, cuando te lo cantaron.
No pude hacer otra cosa que sonreír y, nuevamente agradecer. Como no sabía qué más tenía que decir, agregué:
-Ana-y le pasé la mano.
-Guido-me agarró la mano, pero en lugar de apretarla y sacudirla, le dio un beso.
Me causó gracia eso, y me hizo sonrojar. También me puse nerviosa, y como cuando me pongo nerviosa digo tonterías, lo invité a desayunar conmigo…

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