Amor Libre.

Sábado a la noche. Carla estaba en su casa, esperando una respuesta que le cambiaría la vida. Había mandado un mensaje, después de una semana de silencios. Y aunque no quería recibir ese mensaje, sabía que necesitaba la respuesta en ese momento.

“Se terminó para siempre”, en el fondo de su corazón, sabía cuál iba a ser la respuesta. Por eso no quería recibirla.

No sabía en qué momento pasó, ella siempre creyó que todo estaba bien. Y fue una bofetada que Gonzalo le dijera que no podían seguir de ese modo, que había demasiadas ausencias. ¿Cuáles ausencias? Ella siempre estaba ahí. Vivían juntos. Hacían deportes juntos. Incluso compartían un grupo de amigos.

Entonces, su ahora ex novio, le dijo algo que la sorprendió aún más. “Carli, sos otra desde hace un tiempo, y me parece muy bien. Es raro que no te hayas dado cuenta, yo ya no soy prioridad en tu vida, y es hora de que lo aceptemos”.

Así, Gonza la dejó pensando qué era lo que había cambiado en su vida en el último tiempo que pudo haber puesto fin a la relación. Ella creyó que eso solo era una charla para reconectar, para solucionar aquello que los había puesto en esa situación.. Pero no, eso significaba que de verdad había pasado algo que ella no registraba, y que él se abría.

Carla entró en pánico. No sabía vivir sin Gonzalo. Habían compartido quince años de sus vidas. No sabía cómo seguir sola. No quería pensar en eso diferente que tenía o hacía porque para ella no existía tal cosa.

“Por favor mi amor, dame la oportunidad de reparar el daño que nos hice, no puedo sin vos. Te amo”, le respondió. No quería que el “se terminó para siempre” se hiciera realidad.

No hubo respuesta.

Llamó. Mandó más mensajes. Mails. Y no hubo respuesta.

Estaba desesperada. Después de haberle dicho que quería cortar, Gonzalo no había vuelto a la casa que compartían. Decidió conectar con él por ese lado. Preguntarle qué quería hacer con sus cosas. Sin embargo, no hubo respuesta.

Carla sabía. Lo conocía muy bien. No habría más respuestas. Se había terminado de verdad. Y la culpable era ella.

De repente lo vio todo muy claro. Ella había cambiado. Estaba ausente, sí. Gonzalo tenía razón.

Ocho meses antes, había cambiado de trabajo. Renunció al que tenía, antes de saber siquiera si en la empresa que quería entrar habían leído su currículum. Sin embargo, se enfocó. Lo deseó con todas sus fuerzas y se preparó cada día para una posible entrevista. Lo pidió con la mente, en voz alta y con el cuerpo. Dos semanas después recibió el llamado. Tres días después de la entrevista, firmó el contrato.

Claro que había cambiado. Se había dado cuenta de que las cosas no pasan de largo en la vida. Vio de frente el poder de la mente, el cuerpo y el corazón. Empezó a vivir de una manera diferente. Más relajada. Pero también más enfocada. Descubrió cosas nuevas. Le empezaron a gustar cosas diferentes. Conoció gente nueva. Tenía nuevas aficiones. Se le abrieron nuevos caminos.

¿Y Gonzalo? Gonzalo seguía en el mismo trabajo, con los mismos amigos, con los mismos intereses y rutinas. No estaba mal, él era feliz con eso. Pero también era feliz con la Carla de antes, la que lo acompañaba, la que lo hacía reír, la que le jugaba carreras cuando iban a hacer deportes, la que compartía su vida con él.

Lloró mucho. Tenía sentimientos encontrados. Le gustaba mucho su nueva vida y su nueva versión. Pero le parecía imposible seguir sin Gonzalo a su lado. Él era todo en su vida. Su amor, su amigo, su compañero, su coequiper.

Sin embargo, mirando hacia atrás, vio cómo habían disminuido las risas juntos. Cómo ella prefería sus nuevos amigos a los de siempre. Cómo de repente le empezaron a gustar las reuniones después del trabajo. Cómo se ponía de mal humor cuando “tenía” que ir a hacer deportes con él. Cómo se quedaba despierta hasta tarde, cuando siempre se habían ido a dormir juntos. Cayó en la cuenta de cuánto se había alejado y cuánto lo había descuidado.

Y se sorprendió mucho al descubrir que poniendo en la balanza de un lado a la nueva Carla y del otro a la Carla de antes, ya no se podía imaginar siendo ella.

Cuando fue realmente consciente de cuánto había cambiado en ocho meses, de todo lo que había logrado y aprendido, de cómo había cambiado su vida sin que ella se diera cuenta, supo que también podría vivir sin Gonzalo.

Y con todos esos sentimientos, lo amó todavía más por haberla dejado. Por haber tomado él la decisión que ella no hubiera podido. Por haber entendido que ella había cambiado y tenía otras necesidades y prioridades. Y por abrirle las puertas para que ella pudiera volar en libertad.

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Foto: Pinterest: Itziar Escarcha

Cumpleaños Diferente.

De repente, me di cuenta de que con la única persona con la que quería estar el día en que cumplía treinta años, era conmigo.
Entonces, el día anterior, después de cenar, agarré dos mudas de ropa, elementos de higiene personal, libros, DNI, dinero, celular y un par de cosas más. Busqué las llaves del auto, y me fui. Cuando amaneciera, sería mi cumpleaños y yo estaría sola, para disfrutarlo como quisiera.
Amanecí en Iguazú, no había mejor lugar para pasar mi cumpleaños. Desayuné en el hotel y fui directo a las Cataratas. Recorrería todo el parque nacional en mi día.
Es que quien nunca fue, no se imagina lo que se siente estar ahí, en medio de esa inmensidad. Ver el agua caer, el ruido, el vapor, el agua mojándote las mejillas. Es sublime. La Garganta del Díablo es lo más hermoso que vi en mi vida. La paz que se vive allí, a pesar de que hay mucha gente, no se encuentra, o al menos no tan fácilmente.
Y no, no fue casualidad que yo amaneciera en Iguazú. Es un lugar bellísimo. Donde siempre que voy encuentro paz. Y claro, vivo a tres horas, por lo tanto cuando necesito alejarme, me voy hacia allá. Estaba todo planeado, yo quería pasar mi cumpleaños en paz.
Lejos de los convencionalismos, de celebraciones que no quiero hacer, de visitas que no quiero recibir, de saludos que me incomodan. Soy diferente. No me gustan los festejos que todos hacen. Mi forma de celebrar no es emborracharme ni comer hasta reventar. No me gustan los boliches ni los bares nocturnos. Y en el último tiempo, me sentí fuera de lugar entre las personas que me rodean.
No tengo idea de cuánto tiempo estuve perdida en mis pensamientos, sintiendo el agua en mi cara, pero cuando por fin llegué al hotel y revisé mi teléfono, tenía más mensajes en Facebook que en WhatsApp, es decir, los que más me habían saludado eran aquellos con los que no tengo tanta relación. Y llamados, de mis padres, de mis hermanos y de mi reciente ex novio con el que todo está bien. Bueno, mi reducido círculo de amor, seguía siendo el mismo del año anterior, aunque estaba por hacerse más pequeño con la salida de él de Lucas. Lo bueno de eso, es que nos seguíamos queriendo.
Respondí todos los mensajes. Incluidos los de mis padres, desesperados ante mi no respuesta. Y me llamaron en ese momento. Hablé, les conté dónde estaba y qué había hecho durante el día. No se sorprendieron, pero me ordenaron avisar la próxima vez. Yo cumplía treinta pero seguía siendo su nena.
Luego llamé a mi hermana para que me salude. La obligué a prometer que me debía un regalo y una chocotorta por estar gastando yo en la llamada. Cuando corté, llamé a mi hermano. No me atendió y llamó él con el cuento de que antes de deberme dos cosas, gastaba la llamada. Ya les había hecho el chiste en otra oportunidad. Por último llamé a Lucas, le conté dónde estaba, qué había hecho y cuáles eran mis planes, pero no me atreví a pedirle nada.
Estaba cansada. Pero decidí que no era día para dormir temprano. Salí a comer a un lugar muy bonito, que no había visto en mis anteriores visitas, de comida italiana. Me pedí una lasagña de verduras y carne y de postre una copa helada. Estaba todo muy delicioso. Sonreí al pensar cuánto le hubiera gustado a Lucas esa cena. Y le mandé una foto de lo que había comido. Me respondió que era una perversa.
Mientras disfrutaba mi copa helada, entraron los mozos del lugar con un muffin de chocolate con una vela encima y me cantaron el Feliz Cumpleaños. El resto de la gente que estaba en el lugar se sumó al canto. Yo los contemplé sorprendida, recorrí el lugar con la mirada para descubrir a alguien conocido que pudiera haber mandado el muffin. Pero nada.
Pedí los tres deseos. Los mismos de siempre. Amor. Salud. Imaginación. Soplé la velita y di las gracias a todos. Retuve al mozo que atendía mi mesa y le pregunté quién les había dicho que cumplía años. Se sonrojó y me dijo que había escuchado que alguien me había dicho feliz cumpleaños por el teléfono y le dio pena que yo esté sola y que no pida mis tres deseos en ese día. No, no me enojé por que haya escuchado lo que me decían. Le agradecí y le dije que había sido un gesto muy lindo.
A la mañana siguiente, me desperté con una hermosa sensación de bienestar. Decidí desayunar en un lugar donde hacían unas medialunas con dulce de leche exquisitas y vería si me quedaba un día más o regresaba a casa.
Me senté en una mesita que daba al ventanal donde veía el jardín del frente y la calle. Cuando esperaba el desayuno, un desconocido me saludó desde la vereda con la mano. Respondí el saludo, pero automáticamente pensé que capaz no era para mí. Él, cruzó la calle, compró una rosa en la florería del frente, se metió en el café, se acercó a mí y me la entregó.
Yo, por supuesto no entendía nada. Entonces, al ver la confusión en mi cara, me dijo:
-Feliz Cumpleaños. Yo estaba anoche en Il Ristto, cuando te lo cantaron.
No pude hacer otra cosa que sonreír y, nuevamente agradecer. Como no sabía qué más tenía que decir, agregué:
-Ana-y le pasé la mano.
-Guido-me agarró la mano, pero en lugar de apretarla y sacudirla, le dio un beso.
Me causó gracia eso, y me hizo sonrojar. También me puse nerviosa, y como cuando me pongo nerviosa digo tonterías, lo invité a desayunar conmigo…

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Caminando Juntos.

Amalia estaba sentada con una taza de té a su lado, tapada con una manta, hojeando su libro con una sonrisa inmensa.
Le había costado tanto escribir ese libro. Y que alguien le diga, “lo publicaremos”, fue la parte más difícil. Sin embargo, ahí estaba. Colorido, reluciente, con su nombre en la tapa. Tan lindo, tan ansiado, tan suyo.
De pronto, volvió en sí cuando Ramiro le dio un beso en el cuello y le preguntó:
-¿Qué tenés ganas de desayunar? Hoy soy tu esclavo, podés hacer conmigo lo que quieras-y le mordió suavemente el lóbulo de la oreja derecha.
Ella soltó una carcajada al tiempo que se daba vuelta para darle el beso de los buenos días.
La tarde anterior, había presentado su primera novela. Le había costado mucho que una editorial le prestara atención, pero como hacía muchos años tenía presencia en las redes sociales con sus cuentos de amor, lectoras, tenía muchas.
El día en que les dijo a “sus fans” que había escrito una novela, recibió miles de mensajes por todos lados. Cuando tuvo fecha de lanzamiento y la comunicó, la gente pidió a montones que hiciera una presentación con firma de libros. Y la editorial se lo concedió.
Armaron un stand muy bonito, cálido y femenino en una librería. Con la maqueta del libro en tamaño XL, flores, música de Passenger, (la canción que inspiraba cada día a Amalia cuando escribía era Let It Go), muchas sillas y un servicio de catering exquisito para sus chicas.
No alcanzó. Mucha gente quedó afuera. Pero ella tuvo la delicadeza de firmar todo lo que le presentaron, libros, cuadernos, remeras, gorras. Sabía que le debía a toda esa gente el poder estar ahí y el amor inmenso que recibía cada día.
Ramiro estuvo todo el tiempo a su lado. Durante el tiempo que le llevó escribir la novela; los dolores de cabeza y cada negativa de las editoriales; fue el primero que se enteró cuando le dijeron que sí y lloró con ella de felicidad. Cuando se preparó para enfrentarse a toda esa gente cara a cara, sin el escudo de la pantalla del celular o la computadora, la alentó, la contuvo, la ayudó a prepararse, a respirar y tranquilizarse.
Y cuando llegó el gran día, se sentó en la primera fila, la miró fijamente cuando ella salió a escena y le hizo saber que él estaba ahi. Cuando estuvo más distendida, y la presentación empezó a fluir, cada tanto lo miraba, y siempre lo encontraba con su amplia sonrisa, contemplándola como cuando miraba algo que le gustaba mucho y le inclinaba levemente la cabeza para decirle que todo iba muy bien. Por último, se quedó parado a su lado, como si fuera su guardaespaldas, durante las casi seis horas que duró la firma.
Después, la había llevó a cenar a un lugar donde estaban las dos familias esperándolos, para celebrar el día más importante en la vida de Amalia. Los dos, estaban muy felices y cansados, pero se quedaron horas escuchando las historias que sus seres queridos rescataron desde el lugar de los fans, donde se habían infiltrado.
Amalia nunca mostraba la cara de Ramiro, ni de sus padres, suegros o hermanos en las redes porque a ellos no les gustaba mucho el tema de aparecer ante tanta gente. Sin embargo, esa noche, si bien sabía que había mucha gente que la apoyó durante todo el proceso, el principal pilar de su vida, había sido Ramiro. Y por primera vez, sintió la necesidad de mostrarlo, de contarle al mundo que ella había encontrado a su príncipe azul. Que no sabía si le duraría toda la vida, pero había estado en el momento de más estrés, sufrimiento y felicidad de su vida, y eso no lo iba a borrar nadie, nunca de sus recuerdos.
Le dijo:
-Si sos mi esclavo, te ordeno que te saques una foto conmigo, así como estamos, recién levantados, y que me dejes publicarla en mis redes- y lo observó con una ceja levantada, esperando su reacción.
-¡Dios!-exclamó Ramiro mirando el techo-, qué iluso que soy, pensaba que me ibas a pedir que vaya a comprarte medialunas con dulce de leche con el frío que hace afuera.
-¡Por favor!-le suplicó ella con las manos entrelazadas.
-Está bien, pero solo una foto sacamos. Si salgo mal yo, se repite. Si salís mal vos, la publicás así…
Amalia rió a carcajadas y aceptó el trato. Salieron hermosos los dos, los ojos les brillaban de felicidad, la sonrisa les iluminaba la cara y ella completó el retrato con la descripción: “Mi principal sostén día a día. Quién me aguantó todos lo estados emocionales que se puedan imaginar desde que empecé el primer renglón de la novela. Él, las conoce a todas ustedes porque me escucha horas enteras leyéndole sus mensajes. No me va a alcanzar la vida para agradecerle tanto amor, pero sí espero que mi amor sea tan grande como el suyo y lo haga tan feliz como él me hace a mí”.

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Foto: Pinterest María José.