Ojitos de Miel

Heidi había terminado hacía un tiempo su carrera y el día de recibir el tan ansiado título se acercaba. Sus padres, sus dos abuelas y su hermana la acompañarían en su gran día.

Como sabía que tenía que elegir a uno de los tantos docentes que se cruzaron en su vida universitaria para que le entregue el título, se dio cuenta en aquel momento que no recordaba haber tenido una relación muy estrecha con sus profesores. Ni siquiera con su directora de tesis. No se habían llevado muy bien en el proceso, pero era la única que estaba disponible.

Entonces pensó en Ariel, su jefe de trabajos prácticos de una materia de segundo año, hacía mucho tiempo de eso, pero recordó cómo la había ayudado en aquella asignatura que detestaba al punto de lograr que le guste, también había sido el único, en su larga carrera que se había tomado el tiempo de inyectarles, a ella y sus compañeros, pequeñas dosis semanales de energía, entusiasmo y confianza a lo largo de todo un año. Además, a pesar de ser bastante mayor que ella, le parecía hermoso.

No sabía nada de él, ni siquiera si seguía siendo profesor. Tampoco recordaba su apellido, pero con averiguar si podía entregarle el título, no perdía nada. Preguntó en la cátedra donde había cursado con Ariel y todavía se dedicaba a la docencia. Cuando fue a firmar el título y le pidieron el nombre del profesor que quería que le entregue el diploma, dijo: Ariel Ludueña.

Estaba nerviosa aquel 15 de julio. Era hasta ese momento, el día más importante de su vida. Se levantó temprano, su hermana la peinó y la maquilló. Se puso la ropa que había elegido para ese evento tan especial y sintió cómo le dolía el estómago por la mezcla de sensaciones. También se dio cuenta de que todo eso, tenía un componente extra. Vería después de siete años a Ariel. Su amor platónico cuando era una jovencita bastante nueva en la Universidad.

 

El acto comenzó a la hora prevista. Heidi, desde su asiento, recorrió con la vista lo poco que podía del gran salón, dado que estaba sentada en la tercera fila.

Cuando le llegó el turno, escuchó que la maestra de ceremonias dijo: “adelante, Canavaro, Heidi Elisa. Hace entrega del diploma, el profesor doctor Ariel Ludueña”. Se le aflojaron las piernas, le temblaba todo el cuerpo, sin embargo, recorrió el camino al estrado como si no tuviera una procesión por dentro.

Al pisar el último escalón levantó la vista. Y ahí estaba él, por primera vez lo veía tan elegante, con un traje azul marino que resaltaba el turquesa de sus ojos y una corbata de Superman, algo tan típico en él, poner su toque de humor en todo lo que hacía. Habían pasado siete años desde el último encuentro que habían tenido. La sonrisa amplia,que dejaba ver todos sus dientes blancos y parejos, seguía ahí; los ojos tan profundos, le sonreían también, siguiendo cada uno de sus pasos. El cabello siempre corto y ondulado ya había dejado de ser negro, para dar paso al gris oscuro que tenía en ese momento.

Le pareció eterna la caminata hasta la mitad del estrado donde él la esperaba con el título en sus manos. Al fin estuvo frente a Ariel, él la abrazó y le dijo al oído:

-Felicitaciones Ojitos de Miel! Qué alegría volver a verte.

Heidi inspiró ese perfume delicioso que le traía tantos recuerdos hermosos, intensificó el abrazo, y al escuchar esa voz gruesa y dulce a la vez en su oído, que la llamó como en la época que eran alumna y profesor, deseó que ese instante dure mil años.

 

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