Susú

Estaba sola, sentada en el sofá, en el living de su casa. Esa casa inmensa, que había quedado vacía.

Susú tenía entre sus manos un portarretratos con una foto de la familia completa.

Estaba Juan, su amor de toda la vida, que había fallecido cuando tenían solo 35 años. Después de quince juntos, de compartir todo, absolutamente todo y de tener cuatro hijos hermosos. Luca de diez, Gonzalo de seis, y Kiara y Ana, las mellizas, de dos.

Susú dedicó su vida entera a que esos niños que ellos tanto amaban sean felices, para que vivan y disfruten la vida que tenían por delante, tratando de recordar solo lo felices que habían sido con su papá. Que no sintieran ese vacío tan profundo que sentía ella.

Al principio, creyó que no iba a poder. Pero se rindió ante esos cuatro pares de manitos. que la acariciaban y abrazaban todo el tiempo.

Y solo tuvo amor. Amor para sus cuatro hijos, para nadie más. Y para Juan que no estaba físicamente con ella, pero sí en sus pensamientos y en su corazón.

Pasaron los años, muchos años. Veinte en total. La vida se le pasó viviendo para su trabajo y sus hijos. A su modo, fue feliz. Sin embargo, nunca pudo seguir adelante, su corazón se quedó estancado en ese fatídico 13 de febrero en que le dijeron que Juan, no volvería nunca más.

Había necesitado tanto a Juan en cada momento importante de la vida de sus hijos. Cumpleaños, actos escolares, egresos, los varones se habían recibido, se habían casado y ya tenía tres nietos. Dos varones y una nena que eran la luz de sus días. Kiara se había recibido y fue a vivir al exterior y Anita se había ido a vivir sola hacía un par de meses. Le había costado tomar la decisión de dejar sola a su mamá, pero Susú la había incentivado para que vaya y viva su propia vida. Lo que menos quería era truncar la vida de alguno de sus hijos a causa de su propia soledad.

 

Ahí estaba. sentada en el mismo sofá de siempre. Mirando el portarretratos de la familia completa. Sus hijos tan chiquitos, tan sonrientes, tan felices. Juan, perdido entre ocho bracitos y ella contemplando el momento, enamorada, llena de luz, viva.

Desvió la mirada y encontró el portarretratos donde estaba con Iam, su primer nieto. Vio ese nene tan sonriente, que la hizo tan feliz siempre y se vio ella, con una sonrisa tan inmensa como inmensa era la tristeza que había en sus ojos.

Se preguntó si sus hijos sabían, si se habían dado cuenta de que el día en que murió su papá, también ella se había muerto.Hizo hasta lo imposible para que ellos sean felices y se desvivió por aparentar que ella también lo era. Y lo fue, porque los hijos te producen una felicidad que atraviesa cualquier barrera, pero esa felicidad no fue completa.

 

Faltaban dos días para que se cumplieran veinte años de la muerte de Juan. Y ella estaba ahí sentada en su casa, con 55 años, perfumada, bien vestida como siempre, portando esos ojos tristes, pidiéndole perdón a quién se había ido hacía mucho tiempo y que seguramente estaría feliz de que ella vuelva a sonreír de verdad.

Susú estaba vestida tan elegante, porque ese día iba a tener su primera cita formal con Pedro, un compañero de yoga con el que se llevaba muy bien y con el que tenía muchas cosas en común.

Después de veinte años y con 55 encima, se iba permitir por primera vez que su corazón lata por alguien más. Se iba a dar una oportunidad de que alguien más la quiera y de querer.

Sentía culpa en el corazón pero era consciente de que le iba a hacer bien a ella y también a sus chicos. Quería volver a ver una foto con su mirada llena de luz. Aunque tenía 55 años quería con todas sus fuerzas volver a verse y volver a sentirse viva, completamente.

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Nunca Es Tarde

Ximena se miró al espejo y vio unos ojos muy tristes. Tan llenos de infelicidad que le dieron ganas de llorar. Entonces, esos ojitos marrones se llenaron de lágrimas que empezaron a rodar por sus mejillas.

Se miró al espejo, y se preguntó cuándo había sido la última vez que se había visto. No los ojos tristes, la profundidad de su alma que se encontraba tan desolada. Tan dolorida de sufrir y sufrir. Tan oscura por haber sido abandonada mucho tiempo antes. Tan presa. Tan encadenada. Tan sedienta de luz y libertad.

Ximena, como algunas veces les pasa a las almas que se encuentran de repente solas, era el orgullo de sus padres, de sus abuelos, de sus tíos, de su pueblo. Había estudiado ingeniería biomédica y se había recibido después de mucho sacrificio. Le costó un poco conseguir trabajo cuando se recibió, pero no se desesperó.

Trabajó seis años en un hospital muy renombrado de su provincia, escaló puestos hasta convertirse en jefa en poco tiempo. Cada Navidad, cuando volvía a su pueblo, era la sensación, todos querían saludarla, sus padres la llevaban orgullosos a cuanto evento pudieran asistir y siempre encontraban a alguien a quien le podían contar lo bien que le iba a su hija.

Sin embargo, hacía bastante que todas esas muestras de cariño la incomodaban. Se avergonzaba de ser el orgullo de sus padres. Se sentía humillada cada vez que ellos contaban sus enormes logros académicos y laborales. Quería huir cuando alguien la trataba como si fuera una mente superior.

Un día, tomó real consciencia de cuánto le costaba ir a trabajar cada día. De que en sus rezos pedía que nada se rompa para no tener que arreglarlo, entraba en pánico de solo pensar que no podría resolver alguna situación que requería ser solucionada con urgencia. Del alivio que sentía cuando llegaba la hora de irse a casa.

Lo mismo le había pasado en la facultad. Al principio todo parecía normal, pero después, cada materia le empezaba a costar un montón. No quería pisar la facultad. Miraba el reloj a cada rato para saber cuánto faltaba para salir de ese lugar. Era un martirio tener que asistir a las clases prácticas. Y a medida que se acercaba a la meta, que era recibirse, más le costaba sacarse las materias de encima.

Recordó aquellos años de estudiante que lo mejor que habían tenido era los asados con los amigos, y se dio cuenta de que nunca había sido exitosa en su carrera. De ninguna manera. Ni sacando buenas notas, que era el significado de éxito para ella en aquel momento, ni disfrutando todo el trabajo que le daba la carrera que había elegido, que era su medida de éxito en la edad adulta.

Se dio cuenta de que se había comido el cuento de que cuanto más sufrimiento, más vale el logro. Su lema era “persevera y triunfarás”, que estaba muy bien, pero no perdiendo su alma en el intento.

Cerró esos ojos tan tristes que no podía mirar de tanta pena y remordimiento que le daban, e intentó ver qué había ahí adentro. Lo primero que apareció fue una palabra, en mayúsculas y de color verde: LIBERTAD. Vio muchos árboles, pájaros, flores, tierra. Entendió que la naturaleza, su lugar favorito en el mundo, la estaba llamando. Se dibujó una sonrisa en su rostro cuando el significado que le dio su corazón a esas imágenes era, liberáte, salí de las cuatro paredes de un hospital y respirá aire puro.

Y sintió mucho miedo, porque para hacer eso, debía dejar todo lo que había hecho hasta ese momento y empezar de cero. Sus padres se enojarían muchísimo. Hasta tenía miedo de que enfermen. Entonces volvió aguardar esas imágenes bonitas en donde estaban, se lavó la cara y continuó con su vida de todos los días. Rezando para que el tomógrafo no se rompiera, para que pase rápido el tiempo.

Sin embargo, Ximena había abierto una puerta. Se hizo realmente consciente de algo que sabía desde hacía demasiado tiempo pero que no se atrevía ni a pensar. Y cuando uno se hace consciente de algo, ya no se puede volver atrás.

Cuando se dio cuenta de todo el tiempo que había perdido y de que en realidad no sabía a ciencia cierta qué era lo que quería hacer, le dio vergüenza, y se encontró muy sola. Todos esos años además de vivir la vida que otros querían, se había encargado de construir un caparazón a su alrededor para que nadie se diera cuenta de lo que pasaba en su interior, porque para ella, todas esas dudas y esos errores eran un fracaso irremediable.

No obstante, llegó el día en que se cansó de pensar en todo lo malo que estaba viviendo y quiso cambiar. “Está bien”, se dijo, “no voy a dejar el hospital por ahora, pero voy a empezar a delinear mi futuro para hacer lo que realmente me guste y que salga como tenga que salir”.

Fue así que empezó por mirar para adentro más seguido y descubrió que aquello que se repetía era lo de la naturaleza. Entonces hacia allá fue, empezó tomando clases de yoga al aire libre. Ahí conoció a Mariela, que vivía alejada de la ciudad y en su casa con un patio enorme, tenía cientos de plantines que cuidaba y vendía. Se hicieron amigas y Ximena empezó a visitarla seguido. Vio cuánto le gustaba estar entre las flores, ver cómo se armaban los plantines, y aprendía acerca de ellas en cada visita. En su casa investigaba de las que más le habían gustado y se vio trabajando de eso.

De repente se encontró siendo socia de Mariela, abrieron un local, donde solo venderían flores y Xime dejó el hospital. Ganaba muchísimo menos en la florería, pero se levantaba cada mañana ansiosa por ir a trabajar. El tiempo se le pasaba volando y cuando llegaba a su casa algunas veces, navegaba en inernet buscando novedades.

Ximena empezó a vivir su vida a los treinta y cinco años. Tarde? No, nunca es tarde para volver a empezar y ser aquello que realmente querés ser.

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