Placeres de la Vida.

Soy lectora desde que aprendí a leer. O de antes podría decir, porque me encantaba tener los libros de mi padre entre las manos, hojearlos imaginando qué decía y esperando ansiosa que llegara el día en que pudiera comprender lo que allí estaba escrito.

El libro que acabo de terminar de leer, es una novela que me regalaron para mi último cumpleaños. Como algunas de las mejores cosas de la vida, llegó a mí sin querer.

La autora es muy conocida, me la habían recomendado varias veces pero nunca antes tuve la oportunidad de leerla. Estaba en mi serie de escritores a conocer, pero como es tan larga la lista de títulos que me esperan en mi biblioteca, a ella no le había llegado el momento.

Sabía de algunos títulos de Florencia, pero de este en particular, no tenía mucha idea. Es su anteúltimo libro. La primera parte de su última trilogía.

Me atrapó la tapa. Enloquecí con su olor, su cuerpo y su tamaño. En ese momento estaba con otros dos títulos, entonces decidí postergar el momento de arrancar nuestro lazo más profundo.

Sin embargo, lo tenía en mi mesa de luz, lo contemplaba al despertarme y era lo último que veía antes de apagar el velador. Hasta que un día, no aguanté más  y empecé.

Acaricié su tapa con delicadeza, sentí el aroma de la primera página, toqué el título para conocerlo un poco más, pasé la mirada despacito por el lugar donde dice la fecha y el lugar de impresión. Pasé suavemente la página, vi la dedicatoria. Luego, pasé al epígrafe y después inicié el primer capítulo.

Leí ese primer capítulo con ansias, rápidamente, sin poder contenerme y cuando lo finalicé, quería más. Seguí leyendo el segundo capítulo, desesperadamente. Con una voracidad irreflenable pasaba párrafo tras párrafo hasta que lo terminé.

Tenía una mezcla de sentimientos importante. El deseo incontrolable de saber más era tan fuerte que no me permitía soltar el libro, pero otra parte de mí decía, más despacio, disfrutálo un poco, leélo más pausado así no se acaba tan rápido.

Eso hice, leía un poco cada día. Me iba enamorando cada día más de los personajes y de la historia y como no me permitía seguir más allá de lo marcado, me quedaba pensando en las escenas, en los diálogos. Armaba en mi mente la escenografía de cada lugar que aparecía.

Esperaba durante el día el momento de llegar a casa, sacarme la ropa de calle, sentarme cómodamente en mi sillón y viajar a 1736, impregnarme de la cultura de los aborígenes en aquella época y conocer las familias y sus integrantes.

Pasada la mitad del libro, el deseo iba aumentando y las páginas que me había propuesto leer por día ya no me alcanzaban. Hasta que llegó un fin de semana en que tenía un poco más de tiempo y leí sin parar. Devoré cada página con desesperación hasta que llegué al final. Fue una explosión de placer.

Fue llegar al clímax. Quedé exhausta por la tensión de leer tan deprisa, por los sentimientos que me había despertado, por la agitación que me había producido.

Cuando volví en mí y los músculos se me relajaron, sonreí extasiada, respiré profundo y noté que el nudo en el estómago se había desatado.

Me quedé contemplando y acariciando a mi tesoro. Sonriendo y todavía con la respiración agitada.

Fue en ese momento en que me di cuenta de que había acabado la primera parte de la trilogía…

El deseo volvió a recorrer mi cuerpo, cada terminación nerviosa empezó a despertar…

Ya estaba lista para la próxima vuelta.

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