El Amor, Alcanza?

Gloria se despertó sin saber muy bien dónde estaba, ni qué día era. Se sentó en la cama, agarró el teléfono y recordó. Era domingo. Se había dormido llorando.

Unas semanas antes, Gloria había ido a comprar el regalo de cumpleaños de su papá a un local de bebidas que conocía. Se convenció a sí misma que iba a ese lugar porque era el mejor que conocía para comprar un buen vino. No porque Lucio trabajaba allí.

Entró al lugar y fue directo a la góndola donde sabía que encontraría lo que buscaba. Como Lucio le había enseñado muy bien todo lo referido a los vinos y sabía lo que le gustaba a su papá, decidió que serían solo cinco minutos dentro del local.

Sin embargo, su idea de “entro y salgo” no pudo llevarse a cabo porque Lucio la vio apenas entró y sin que ella se diera cuenta se acercó y le dijo al oído:

—¿Te puedo ayudar en algo?

Un escalofrío recorrió la espalda de Gloria. Se le erizó la piel, el corazón le empezó a latir tan fuerte que casi no lo podía soportar y se le hizo un nudo en la garganta. Tratando de recuperar la compostura, alcanzó a decir:

—No, gracias. Puedo sola.

De cualquier manera, ella conocía bien a Lucio y sabía que no se iba a dar por vencido. Y él no lo hizo. Le empezó a hacer preguntas, intentó acariciarla y tomarle la mano. Ella intentaba impedírselo a cada momento, pero estaba tan tensa y se sentía tan débil a la vez que Lucio lograba lo que se proponía.

Al día siguiente, Gloria se despertó cuando sonó su alarma. Apenas apagó el despertador, sintió olor a café y tostadas recién hechas. Se levantó y en el comedor se encontró a Lucio, en bóxer para que ella pueda ver ese cuerpo que la volvía loca en todo su esplendor, terminando de preparar la mesa para desayunar juntos.

—Buen día, mi amor—la saludó él con su infaltable buen humor por las mañanas.

Mientras se higienizaba, Gloria recordó cómo la tarde anterior había dicho “sí”, sin pensarlo dos veces, a la invitación a cenar que le había hecho Lucio. Después de la cena, habían terminado durmiendo juntos, otra vez.

Hacían varios meses que no eran novios. Habían terminado su relación, luego de tres años juntos, porque ella había empezado a trabajar en una empresa y el nuevo puesto que tenía, la obligaba a viajar bastante seguido. Lucio, se ponía muy celoso y demandante cada vez que ella se iba, y cuando regresaba, vivían discutiendo y peleando por todo.

Gloria, por fin había conseguido trabajo en la empresa que siempre había querido y no lo iba a dejar por el comportamiento infantil de su, entonces, novio.

Durante los meses separados, se habían visto un par de veces y no resistieron el deseo de besarse, abrazarse, tocarse y siempre terminaban haciendo el amor. No obstante, aunque se querían y tenían mucha piel, ambos sabían que mientras ella tuviera ese trabajo, las cosas no iban a funcionar.

Esta vez, no pudieron separarse después de una noche de sexo y un desayuno al día siguiente. Y como después de tanto tiempo separados no podían despegarse, Lucio salía del trabajo e iba directamente a la casa de Gloria.

Todo estaba funcionando muy bien, como antes. Compartían cada momento libre, se amaban, se reían, se extrañaban, se escribían cuando estaban separados… todo era amor y felicidad.

Hasta que Gloria tuvo que volver a viajar. Se fue tres días y cuando volvió estaba desesperada por ver a Lucio. Preparó una rica cena y lo esperó. Él llegó después del trabajo, pero la cena se desarrolló en un ambiente tenso. Antes de que Gloria sirviera el postre, la discusión se había desatado y concluyó con Lucio dando un portazo y Gloria llorando en su cama hasta quedarse dormida.

Se quedó un rato con la vista fija en el teléfono, pensando. Intentando encontrar una solución. Amaba a Lucio. Le gustaba mucho él entero, excepto esa faceta de furia irracional que se despertaba en él cada vez que ella tenía que viajar. Ni él sabía bien por qué.

Su cabeza no paraba, su corazón latía muy fuerte, las lágrimas volvían a caer y se preguntaba una y otra vez por qué no podía tener a los dos. A Lucio y al trabajo que tan feliz la hacía.

En ese instante sonó el timbre. Era Lucio. Lo hizo pasar, lo miró con los ojos llenos de lágrimas y esperó que él hable.

—Perdonáme—le dijo él acariciándole la mejilla izquierda—yo te amo más que a mi vida Glo, no puedo vivir sin vos.

Ella lo miró a los ojos, vio el amor que él decía que le tenía, entonces le tomó la mano y manteniendo la mirada en esos inmensos ojos verdes, le dijo:

—Yo también te amo Lucio, más de lo que te puedas imaginar. Pero, ¿solo el amor alcanza?

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Te Estoy Llamando, Idea Vilariño.

Amor
desde la sombra
desde el dolor
amor
te estoy llamando
desde el pozo asfixiante del recuerdo
sin nada que me sirva ni te espere.

Te estoy llamando
amor
como al destino
como al sueño
a la paz
te estoy llamando
con la voz
con el cuerpo
con la vida
con todo lo que tengo
y que no tengo
con desesperación
con sed
con llanto
como si fueras aire
y yo me ahogara
como si fueras luz
y me muriera.

Desde una noche ciega
desde olvido
desde horas cerradas
en lo solo
sin lágrimas ni amor
te estoy llamando
como a la muerte
amor
como a la muerte.

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Ser Papá.

Jesse abrazó a su papá. O Jerónimo abrazó a Jesse. No importa. Acababa de llegar al mundo Lautaro, hijo de Jesse, y su papá estaba ahí, como siempre. En este caso compartiendo el día más feliz de su vida.

Jerónimo, mientras esperaban el nacimiento, estaba sentado junto a su esposa, con sus manos entrelazadas. Recordó el día en que vio por primera vez a su hijo.

Era un soleado día de otoño. Jesse caminaba de la mano de su mamá, con su guardapolvo azul y rojo. Stephanie, hermosa como siempre, caminaba a la par de su hijo con una gran sonrisa y su pequeña hija Valery, de un año, en brazos.

Stephanie, una mujer afroamericana de 24 años, estudiaba psicología y trabajaba en un colegio. Nació en Estados Unidos y vivió allí hasta sus dieciséis años, momento en el cual sus padres decidieron mudarse al sur del continente. Así lo hicieron ellos dos junto a Stephanie y Jackson, sus dos hijos.

A Jerónimo le gustaba mucho esa mujer de piel tan oscura como el chocolate puro, ojos grandes color café y cabello rizado, que conoció en su nuevo trabajo. Hacía tiempo que quería invitarla a cenar pero no sabía nada de su vida privada. Ese día, cuando la vio con dos niñitos, se desilusionó un poco. Supo desde el primer momento que eran sus hijos. Sin embargo, juntó coraje, y se acercó a saludar. Se presentó a Jesse y le acarició la manito a Valery, fue el primer contacto de un amor que duraría para toda la vida.

Stephanie, había sido mamá de Jesse a los veinte años. Javier, su novio de ese momento y que había estado con ella durante tres años, desapareció la misma noche en que ella le contó que estaba embarazada.Ella vivió esos nueve meses acompañada por su familia y amigos, pero a Javier nunca más lo volvió a ver.

Cuando el pequeño Jesse tenía dos años, Stephie se enamoró del hermano de su mejor amiga. Y Carlos de ella y su pequeño hijo. Se casaron y tiempo después supieron que esperaban un bebé, lo que les faltaba para coronar su amor. Todo era felicidad en esa época para Stephanie, sin embargo, la vida no le dio tregua y se llevó a Carlos prematuramente. Un mes antes de que nazca la pequeña Valery.

Stephanie quedó destruida. Vivió como un robot el primer tiempo, pero por sus hijos, sacó fuerzas de donde no había y siguió adelante. No obstante, cuando apareció Jerónimo en su vida, lejos estaba de querer volver a amar a un hombre otra vez.

Lo que ella no sabía, era que Jero era un hombre muy paciente y enamorado. Tiempo después, Stephie se descubrió amando a Jerónimo y se casaron. El resto, es historia.

Decidieron que no tendrían más hijos que Jesse y Valery. Jerónimo los sentía suyos a ellos y no necesitaba más. Fue su guía, su maestro, su enfermero, su chofer privado y su payaso. Los educó, los mimó, los acompañó, los apoyó y amó cada momento de sus vidas.

Jesse, emocionado por la llegada de su pequeño Lautaro, en medio de un abrazo contenedor con su papá, le dijo:

—Gracias por elegirme como hijo, yo te elijo como papá todos los días de mi vida, pero a partir de hoy, además de elegirte como papá, te elijo como abuelo de mi hijo. Es el mejor regalo que le puedo dar.

Todos sabemos, ser padre no es colocar la semillita. Ser padre es estar, es amar, es poner límites, es proteger, es acariciar, es abrazar, es enseñar y es compartir.

Me gusta mucho una frase que leí una vez que dice: “ser padre es salir a comprar cigarrillos y volver”, tiene un tinte gracioso pero es cierto. He conocido padres que dijeron que se iban a comprar cigarrillos y no volvieron. Pero sobre todo me gusta, porque siempre recuerdo cuando mi papá decía: “Ahí vengo, voy a la estación de servicio a comprar cigarrillos”, sacaba su bicicleta y al rato volvía. Jamás pensé en que nos pudiera abandonar, pero leer esa frase, me lleva a ese momento tan ínfimo de mi infancia, pero que a la vez significa tanto. Recuerdo mi sonrisa al verlo llegar y la suya al verme, aunque solo había salido de casa unos diez minutos.

A mí sí me gustan las fechas especiales, porque no la utilizo para hacer grandes regalos materiales. Las aprovecho para decirle a la gente que quiero todos mis sentimientos de verdad, porque me cuesta un poco hacerlo en cualquier momento. No es lo mejor, pero a mí me sirve.

Es por eso que en este día especial quiero desearles un Feliz Día del Padre ASÍ de grande a todos aquellos hombres que merecen ser llamados papá. A los que están a nuestro lado, a los que están lejos y a los que están en el cielo. Si hoy lo único que queremos hacer es abrazarlos y decirles cuánto los queremos, su rol más importante en la vida, está cumplido.

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Cuando me Amé de Verdad, Charles Chaplin.

Cuando me amé de verdad, comprendí que en cualquier circunstancia, yo estaba en el lugar correcto y en el momento preciso. Y entonces, pude relajarme. Hoy sé que eso tiene nombre… autoestima.

Cuando me amé de verdad, pude percibir que mi angustia y mi sufrimiento emocional, no son sino señales de que voy contra mis propias verdades. Hoy sé que eso es… autenticidad.

Cuando me amé de verdad, dejé de desear que mi vida fuera diferente, y comencé a ver que todo lo que acontece contribuye a mi crecimiento. Hoy sé que eso se llama… madurez.

Cuando me amé de verdad, comencé a comprender por qué es ofensivo tratar de forzar una situación o a una persona, solo para alcanzar aquello que deseo, aún sabiendo que no es el momento o que la persona (tal vez yo mismo) no está preparada. Hoy sé que el nombre de eso es… respeto.

Cuando me amé de verdad, comencé a librarme de todo lo que no fuese saludable: personas y situaciones, todo y cualquier cosa que me empujara hacia abajo. Al principio, mi razón llamó egoísmo a esa actitud. Hoy sé que se llama… amor hacia uno mismo.

Cuando me amé de verdad, dejé de preocuparme por no tener tiempo libre y desistí de hacer grandes planes, abandoné los mega-proyectos de futuro. Hoy hago lo que encuentro correcto, lo que me gusta, cuando quiero y a mi propio ritmo. Hoy sé, que eso es… simplicidad.

Cuando me amé de verdad, desistí de querer tener siempre la razón y, con eso, erré muchas menos veces. Así descubrí la… humildad.

Cuando me amé de verdad, desistí de quedar reviviendo el pasado y de preocuparme por el futuro. Ahora, me mantengo en el presente, que es donde la vida acontece. Hoy vivo un día a la vez. Y eso se llama… plenitud.

Cuando me amé de verdad, comprendí que mi mente puede atormentarme y decepcionarme. Pero cuando yo la coloco al servicio de mi corazón, es una valiosa aliada. Y esto es… saber vivir!

No debemos tener miedo de cuestionarnos… Hasta los planetas chocan y del caos nacen las estrellas.

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La Fibra Despierta.

Hay momentos, situaciones, imágenes, una canción, una frase que nos tocan una fibra escondida y la movilizan. Cualquier cosa, porque cuando se trata de despertar esa fibra que está dormida no se necesita algo muy grande.

Sin embargo, cuando eso pasa, qué desestabilización se produce dentro de una persona, no? Empezás a replantearte la vida. Dudás de todo lo que hiciste hasta este momento y mucho más de lo que estás haciendo.

Es hermoso cuando esa fibra dormida se despierta y te dice: “estuve soñando esto y quiero que lo hagamos.” El miedo que da cuando es algo que a nuestros ojos es imposible o cuando para poder llevarlo a cabo debemos dejar todo lo que estamos haciendo (TODO), nos paraliza un poco.

Lo que casi todos hacemos en un primer momento es querer callar a la fibra y volver a dormirla, con cuentitos que le explican de forma muy convincente lo descabellado que es realizar aquello que soñó. Lo imposible que es entrar en el mundo que ella propone. Que no sabemos nada de eso. Que no tenemos experiencia en aquello.

Y así, despacito, la fibra se vuelve a dormir.

Pasa un tiempo y hay otra situación que la despierta. La volvemos a dormir, esta vez, porque estamos enfocados en otra cosa.

A la tercera ya se despierta con más facilidad. Los estímulos que la movilizan son cada vez más simples porque también ella, se duerme cada vez más superficialmente.

Hay quienes no necesitan tantos despertares. Creen ciegamente en su fibra y si ella lo dice, por algo ha de ser.

Otros son un poco indecisos, si bien la hacen dormir unas cuantas veces, se quedan calladitos, velando el sueño de su fibra, pensando detenidamente lo que les propuso.

Están los que siempre tienen a mano un cuento para hacer dormir a su fibra.

Y están aquellos que sienten miedo porque la fibra les propuso dejar todo pero no hacia dónde ir, y la verdad que tirarse de un avión sin paracaídas, conduce directo al desastre. O no. Pero esta última opción no la consideramos.

Mi fibra está despierta.

A veces soy de las que tiene el cuento en la mano. Me pide algo muy grande, no quiero decir imposible aunque la mayoría de las veces lo pienso de ese modo, porque ningún sueño es imposible. Si está, es porque algo se puede hacer.

No obstante, lo que hice esta vez, diferente a otros despertares, fue registrar todo lo que me pasa mientras tengo la fibra despierta.

Me descubrí sintiendo los latidos de mi corazón. Sonriendo al mirarme al espejo. Sintiendo la necesidad de saber, aprender, descubrir. Alimentándome mejor porque cuando el alma está bien, el cuerpo no necesita llenarse de azúcar y grasas. Con necesidad de entrenar para liberar un poco la adrenalina acumulada en mi interior.

Me descubrí sintiéndome viva con algo grande que tal vez no alcanzaré. Con los ojos llenos de lágrimas, de emoción, de esas lágrimas que se disfrutan.

Me descubrí sintiéndome plena solo porque una fibra de mi cuerpo se despertó y me mostró, otra vez, un sueño que me hace inmensamente feliz por el solo hecho de serlo.

Me descubrí feliz soñando.

Todo esto hizo que mi discurso cambie. Ya no tengo un cuento en la mano para mi fibra, hago algo cada día para mantenerla despierta.

Ya no existe la palabra imposible en mi cabeza, porque si es un sueño, se va a cumplir.

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¿Cómo Va a Ser tu Día Hoy?, Mario Benedetti

Esta mañana desperté emocionado
con todas las cosas que tengo que hacer
antes que el reloj sonara.

Tengo responsabilidades que cumplir hoy. Soy importante.
Mi trabajo es escoger qué clase de día voy a tener.

Hoy puedo quejarme porque el día esta lluvioso
o puedo dar gracias porque las plantas están siendo regadas.

Hoy me puedo sentir triste porque no tengo más dinero
o puedo estar contento que mis finanzas me empujan
a planear mis compras con inteligencia.

Hoy puedo quejarme de mi salud
o puedo regocijarme de que estoy vivo.

Hoy puedo lamentarme de todo
lo que mis padres no me dieron mientras estaba creciendo
o puedo sentirme agradecido de que me permitieran haber nacido.

Hoy puedo llorar porque las rosas tienen espinas
o puedo celebrar que las espinas tienen rosas.

Hoy puedo autocompadecerme por no tener muchos amigos
o puedo emocionarme y embarcarme en la aventura de descubrir nuevas relaciones.

Hoy puedo quejarme porque tengo que ir a trabajar
o puedo gritar de alegría porque tengo un trabajo.

Hoy puedo quejarme porque tengo que ir a la escuela
o puedo abrir mi mente enérgicamente
y llenarla con nuevos y ricos conocimientos.

Hoy puedo murmurar amargamente porque tengo que hacer las labores del hogar
o puedo sentirme honrado porque tengo un techo para mi mente y cuerpo .

Hoy el día se presenta ante mi esperando a que yo le de forma y aquí estoy, soy el escultor.

Lo que suceda hoy depende de mi, yo debo escoger qué tipo de día voy a tener.

Que tengas un gran día… a menos que tengas otros planes.

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