El paquete de galletas

   Hoy quiero compartir con ustedes una pequeña historia que me leyeron cuando era adolescente en el colegio. Me acuerdo que me hizo pensar mucho aunque es una historia simple. Hace unos días, la encontré por casualidad. Y miren qué casualidad, cuando la leí, iba sentada en el colectivo, agarrando muy fuerte mis cosas, porque al lado mío iba sentado un chico, adolescente, que, lamento decir esto, portaba cara. En Argentina les decimos portadores de cara a aquellos que tienen pinta de ladrones. Lo escribo y me da vergüenza, pero es así. 

Leer esta historia me hizo pensar mucho, nuevamente. Qué culpa tiene este chico de tener la cara que le tocó en suerte. Y tanto peor, qué culpa tiene de que aquellos que se dedican a robar tengan ese atuendo tan característico para vestirse.

Me relajé. Aunque no conocía a ese chico y las probabilidades son 50 y 50, no me gusta estar esperando lo peor de quién tengo al lado. Seguí leyendo tranquila. No pasó nada. Cuando me bajé del colectivo tenía todo conmigo. Tenía más incluso. Mucha reflexión en mi cabeza y mi corazón. Pero saben qué pensé? Que ese chico bien podría estar pensando que la que posible ladrona soy yo. Y lo bien que haría en pensarlo.

  Había una vez una señora que debía viajar en tren.

  Cuando la señora llegó a la estación, le informaron de que su tren se retrasaría aproximadamente una hora. Un poco fastidiada, se compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua. Buscó un banco en el andén central y se sentó, preparada para la espera.

  Mientras ojeaba la revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un diario. De pronto, sin decir una sola palabra, estiró la mano, tomó el paquete de galletas, lo abrió y comenzó a comer. La señora se molestó un poco; no quería ser grosera pero tampoco hacer de cuenta que nada había pasado. Así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete, sacó una galleta y se la comió mirando fijamente al joven.

  Como respuesta, el joven tomó otra galleta y, mirando a la señora a los ojos y sonriendo, se la llevó a la boca. Ya enojada, ella cogió otra galleta y, con ostensibles señales de fastidio, se la comió mirándolo fijamente.

  El diálogo de miradas y sonrisas continuó entre galleta y galleta. La señora estaba cada vez más irritada, y el muchacho cada vez más sonriente. Finalmente, ella se dio cuenta de que sólo quedaba una galleta, y pensó: “No podrá ser tan caradura” mientras miraba alternativamente al joven y al paquete. Con mucha calma el joven alargó la mano, tomó la galleta y la partió en dos. Con un gesto amable, le ofreció la mitad a su compañera de banco.

  -¡Gracias! -dijo ella tomando con rudeza el trozo de galleta.

  -De nada -contestó el joven sonriendo, mientras comía su mitad.

  Entonces el tren anunció su partida. La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón. Desde la ventanilla, vio al muchacho todavía sentado en el andén y pensó: “¡Qué insolente y mal educado! ¡Qué será de nuestro mundo!” De pronto sintió la boca reseca por el disgusto. Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó estupefacta cuando encontró allí su paquete de galletas intacto.

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