Escribir.

  Siempre me gustó escribir. Desde muy chiquita. Tanto, que ni me acuerdo cuando fue la primera vez que escribí algo.

  Mis primeros recuerdos con las letras se remontan a mis tres años aproximadamente. Veía que mi papá leía todos los días un libro muy gordo, de hojas finitas y letras muy lindas. Siempre le preguntaba si cuando aprendiera a leer me lo iba a prestar para que yo también pudiera leerlo. Más tarde supe que ese libro gordo era la Biblia, y hasta el día de hoy no he podido leerla entera.

  Cuando aprendí a leer, todo libro que se me cruzaba por delante lo leía. Me encantó siempre leer pero con la escritura se me complicó un poco. A veces venían algunas ideas a mi cabeza y las plasmaba en un papel. Me gustaba mucho escribir obras de teatro porque también me fascinaba la actuación. Entonces, escribía los diálogos, la escenografía, la caracterización de los personajes y cuando estaba todo listo, armaba esas escenografías en casa y empezaba a actuar.

  Poesías, jamás pude escribir. Admiro profundamente a quienes las escriben. Siempre me preguntan si escribo poesías cuando cuento que me gusta escribir. Como mi respuesta es no, la gente se asombra un montón, tanto, que a veces me da vergüenza decir que nunca en mi vida escribí una poesía. Pareciera que es una regla tácita, aquel al que le gusta escribir, empieza por poemas de amor. Sin embargo, heme aquí, la excepción a la regla.

  Después de ese período de escribir “teatro”, llegó un período de no saber qué escribir, lo dejé un poco de lado, solo me dediqué a leer, leer y leer.

  A los quince terminé mi primera novela. Aburridísima para leerla entera, pero tienen unos momentos muy fuertes, de mucha tristeza y la superación que le sigue a estos períodos. Hasta el día de hoy me hacen llorar, no sé si tanto por la forma en que están escritas, pero sí por lo que representan, en base a qué fueron escritas las situaciones y lo que me hicieron vivir en aquel momento.

  Tiene muchas páginas, me pasé mucho tiempo escribiéndola, sin embargo, en ese momento ni siquiera imaginaba cuánto tiene que investigar un escritor para llevar a cabo un proyecto de ese tamaño. Muchas veces estuve a punto de quemarla pero a último momento no pude. Es como mi primer bebé, no salió como esperaba, tiene infinidad de defectos, pero es mío. Yo lo parí. Yo estuve alrededor de un año dedicándole mi tiempo. Los minutos libres antes que entre el profe al aula, mis tardes libres, las noches antes de dormir. Me acostaba pensando en cómo podía seguir, en el protagonista del cual me había enamorado, en todo lo que estaba sufriendo junto a la protagonista y cómo podía hacer para que dejen de sufrir. No puedo tirar esa primera novela que hice con tanta ilusión y con tanto amor.

  No obstante, después de esta desilusión, decidí que escribir no era lo mío. Así que continué leyendo y leyendo. Escribía los textos para el colegio con mucho placer, obtenía muy buenas notas pero las tomaba como lo que era, una prueba más superada en el colegio. A veces, me felicitaban por mis textos y me daba ganas de volver al ruedo pero cometía el mismo error una y otra vez. Me sentaba frente a una página en blanco y me decía: “No sé qué escribir. No tengo ideas. Qué voy a escribir yo?” Me ahogaba en ese mar blanco y me frustraba mucho. Tanto, que guardaba las hojas, las biromes y me convencía que eso de escribir es para gente inteligente, con un don muy especial y yo no entraba en el rubro.

  Pasaron muchos años, me dediqué a estudiar algo totalmente opuesto a la escritura, pero que de lectura tiene un montón. Dejé que la carrera me consuma, dejé de hacer todo lo que me gustaba, sobre todo de escribir. Me negué a hilar dos palabras seguidas porque estaba convencida de que nada de lo que pudiera decir tenía sentido.

  Hasta me di cuenta de que no era feliz. Algo le faltaba a mi vida. Culpé a la carrera, a mis padres, a todo el mundo, sin hacerme cargo de que era yo la culpable de haber dejado que eso sucediera.

  Pero como dice esa famosa frase: “nunca es tarde para empezar”. Me inscribí en la carrera de Letras para hacerla como hobby, me reconcilié con mi carrera y volví a escribir.

  Aprendí que escribir es algo que requiere práctica. Que hay que escribir todos los días, sin presiones, hasta que se convierte en un hábito. Dejando salir todo lo que hay adentro, las ideas fluyen, la hoja en blanco deja de ser un rival para convertirse en una confidente.

  Con el correr de los días, comprendí que no importa la hora ni la posición. Puedo escribir a cualquier hora, en cualquier posición, que si estoy inspirada, la mano corre y corre hilando las palabras, pero que el no estarlo no es un obstáculo para no hacerlo.

  Con el tiempo, escribir se convirtió en una necesidad. Si no escribo un poquito aunque sea cada día, me falta algo, me siento incompleta. Y aún no puedo comprender cómo permití que en un momento de mi vida la hoja en blanco me diera miedo, cuando en realidad es mi gran compañera.

miki-escribiendo

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9 de julio: Día de la Independencia.

  Hace ya casi un mes que estamos viviendo el Mundial de Fútbol. Millones de personas siguiendo los partidos de su Selección. Y los más fanáticos, como yo, seguimos la mayor cantidad de partidos que nos sea posible. 

  Cada cuatro años el mundo se detiene para estar pendiente de, para mí, uno de los deportes más lindos. Todo lo demás queda opacado. En este mes se vivieron momentos importantes en varios deportes, pero no todos los argentinos vieron a Manu Ginóbili ganar su cuarto anillo en la NBA, ni todos los serbios festejaron el triunfo de Djokovic en Wimbledon, y muy pocas personas saben que Holanda ganó el mundial de Hockey femenino.

  No critico, me parece sumamente maravilloso ver a las personas de un mismo país unidas en un mismo sentimiento, dejando de lado las divisiones políticas, religiosas y hasta futbolísticas de todo el año, para gritar, saltar y alentar todos juntos.

  Me genera mucha alegría entrar a twitter y leer a la mayoría de las personas que sigo, que son de muchos países diferentes y hasta hablan en otro idioma algunos, comentando lo mismo que yo estoy viendo en la tele, y poder interactuar con gente que no conozco acerca de una pasión compartida.

  La mayoría de las personas se vuelven fanáticas del fútbol durante un mes cada cuatro años. Hablando desde mi lugar, Argentina, es tanta la pasión, la euforia, el entusiasmo con que se vive el fútbol en general, que estos sentimientos se multiplican en cada mundial.

  Pero, aunque vivo todos esos sentimientos, hay algo que siempre me hizo ruido, que no comparto con la mayoría,. Es que mucha gente confunde el patriotismo con alentar a enloquecidamente a la selección, ponerse contentos cuando pierden los rivales, pero no los futbolísticos, que en último caso sería algo lógico, sino con aquellos con quienes alguna vez hubo alguna rivalidad de otro tipo, como por ejemplo, política.

  Quiero decir, que a pesar de que me encanta el fútbol, de que Argentina juega en un par de horas contra Holanda para pelear por un puesto en la final, esto no es ser patriotas, señores. Esto es un deporte, que despierta una pasión inigualable, orgullo, alegría, y un sinfín de emociones, pero alentar a Argentina en el mundial, no nos hace más o menos argentinos.

  Ser patriota es pagar tus impuestos. Tirar los papeles en un tacho y no en el piso. Votar a nuestros representantes a consciencia y pensando en el bien de todos y no solamente en el propio. Gobernar con honestidad por el pueblo entero. Trabajar con dignidad. Respetarnos unos a otros. Entre otras muchas cosas más.

  Hoy, se juntan dos momentos especiales en mi país, el partido de semifinales, que hace 24 años no sucedía, algo fuerte para un país donde el fútbol es tan importante, y también es el día de la independencia.

  Estamos en un momento difícil en Argentina, y duele que se utilice el mundial para tapar infinidad de cuestiones que no están bien. El tema es que nosotros, cada ciudadano, empecemos a utilizar esa misma pasión que tenemos para el fútbol, para sacar adelante a nuestro país.

  Que no quede todo en un asado juntos en la previa de un partido y reflexionemos sobre cómo nosotros mismos dejamos que el país que tanto amamos se quede, retroceda, se caiga. Es hora de que el día de la independencia sea mucho más que un acto público donde las autoridades se llenan la boca con palabras lindas que nunca se cumplen y empecemos todos juntos a actuar. A llenarnos la cabeza de ideas y las manos de acciones para progresar.

  Que todas estas acciones, esta euforia, no sea algo solo del 9 de julio, que empecemos cualquier día y hagamos de la construcción de un país mejor, un hábito.

  Seamos patriotas de verdad, todos los días.

 

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