En Paz, Amado Nervo.

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

Porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales coseché siempre rosas.

Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas.

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

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Todos Somos Iguales.

Juan trabajaba en una planta distribuidora de carne. Un día, terminando su horario de trabajo, fue a uno de los refrigeradores para inspeccionar algo; en ese momento se cerró la puerta, se bajó el seguro y quedó atrapado dentro.

Aunque golpeó la puerta fuertemente y comenzó a gritar, nadie pudo escucharlo. La mayoría de los trabajadores habían partido a sus casas, y fuera del refrigerador era imposible escuchar lo que ocurría dentro.
Cinco horas después, y al borde de la muerte, alguien abrió la puerta. Era el guardia de seguridad que entró y lo rescato.
Juan preguntó a su salvador como se le ocurrió abrir esa puerta si no era parte de su rutina de trabajo, y él le explicó:
“Llevo trabajando en ésta empresa 35 años; cientos de trabajadores entran a la planta cada día, pero tú eres el único que me saluda en la mañana y se despide de mí en las tardes. El resto de los trabajadores me tratan como si fuera invisible. Hoy, como todos los días, me dijiste tu simple “Hola” a la entrada, pero nunca el “Hasta mañana. Espero por ese “Hola” y ese “Hasta mañana” todos los días. Para ti yo soy alguien, y eso me levanta cada día. Cuando no oí tu despedida, supe que algo te había pasado. Te busqué y te encontré”.

Reflexión: sé humilde y ama a tu prójimo, todos somos importante.

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Aunque sea reciente mi carné, José Heredia Maya

Yo nací hace milenios:

Cuando despacio al paso de la bestia

El horizonte se horadaba.

Cuando la muerte

Era un signo de Dios omnipotente

Y no un signo de Dios exterminando

(Es posible que no existiera Dios

Todavía en la mente de los hombres).

Cuando los niños

Jugaban con la luna

Y todos con la misma se acostaban.

Cuando decir yo, espiga

O Federico era lo mismo.

Cuando el mar y su canto era la miel

De todo oído y paladar bien hechos.

Cuando Ulises y Sancho no existían.

Cuando la Tierra era una estrella

Y no un soporte

De mendigos de muertos

De famélicas madres de animales terribles

Y no un soporte digo

De negros de amarillos y de blancos

Y dentro de los blancos

Moros indios y gitanos entre otros.

Cuando las cosas eran más de Dios

Y más de todos.

Cuando nací hace milenios

Aunque sea reciente mi carné

Todo era mucho más hermoso

Pero aquello duró

Lo que un relámpago

O tal vez menos.

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Christian, el león.

La historia comienza en Londres, en los años sesenta. En la sección de animales exóticos de la famosa tienda Harrods, un cachorro de león dormita en una pequeña jaula. Dos jóvenes australianos que usan pantalones Oxford y el pelo largo a la moda, John Rendall y Anthony Bourke, ven por casualidad al pequeño felino africano y deciden comprarlo.

Le ponen el nombre de Christian y lo crían como mascota en su departamento, en Chelsea. Con el tiempo, su “gato” crece demasiado para seguir habitando en el centro de Londres, así que lo llevan a África. Un año después de separarse de su querida mascota, Rendall y Bourke viajaron al norte de Kenia, donde Christian se había adaptado con éxito a la vida salvaje. Su reencuentro con el león se filmó.

El video dura tres minutos, y muestra a Christian encaramado sobre una roca mientras los dos jóvenes se mantienen expectantes a unos 70 metros de distancia. El felino los mira fijamente, y luego se acerca un poco para verlos mejor. De pronto, sus ojos se iluminan en señal de reconocimiento, y la magia se produce: corre hacia los hombres dando gruñidos de emoción y salta a sus brazos abiertos. Envuelve a sus viejos amigos con sus enormes patas, les lame el rostro con deleite y les frota el cuello con la nariz.

 

Rendall, hoy de 64 años, y Bourke, de 62, siguen siendo buenos amigos. “Ver nuestras fotos viejas y charlar sobre Christian ha hecho que nos enamoremos de él otra vez”, comenta Rendall, quien ahora es un conservacionista activo que divide su tiempo entre Londres y Sydney, Australia, y trabaja como consultor de relaciones públicas en proyectos de ecoturismo y protección de la fauna silvestre.

Bourke vive en Bundeena, un suburbio de Sydney, y es un eminente curador de arte aborigen y colonial de Australia. Al igual que su amigo, participa en “la urgente lucha por preservar la vida silvestre del mundo”.

No cabe duda de que su experiencia con Christian les dejó una huella imborrable. El cachorro no nació en su hábitat natural, sino en el zoológico de Ilfracombe (ya desaparecido), en Devon, Inglaterra. Nueve semanas después fue vendido a Harrods, y llevado en tren a Londres. En esa época no había leyes que restringieran la venta de animales exóticos. “Se comerciaba con ellos libremente y no se llevaban registros confiables”, refiere Rendall. “Hoy pienso que nunca debieron permitirnos comprar un león. No nos dimos cuenta de que estábamos fomentando el tráfico de animales, práctica que ahora desaprobamos totalmente. Pero eran los años sesenta”. La situación cambió en 1973, cuando el Reino Unido promulgó la Ley de Especies en Peligro de Extinción.

El cachorro cautivó a los dos amigos, quienes se habían criado en el medio rural y tenían mucha afinidad con los animales. Bourke creció y jugó con perros en una finca de Newcastle, Nueva Gales del Sur, y rescató un gato por primera vez cuando tenía 11 años de edad. Rendall se crió en una granja en Bathurst, a 220 kilómetros al oeste de Sydney, y tuvo varios perros pastores.

“Anthony y yo tuvimos una reacción muy fuerte al ver al cachorro, y nos quedamos embelesados varias horas junto a su jaula”, cuenta Rendall. “Nos consternó ver a ese magnífico animal en venta, encerrado en una jaulita, y nos sentimos obligados a actuar. Decidimos que en nuestras manos estaba ofrecerle algo mejor”.

Fue una idea impulsiva y una gran responsabilidad para dos hombres de menos de 25 años que vivían y trabajaban con los dueños de un comercio de muebles antiguos en la elegante calle Kings Road. Tres meses antes, habían dejado Australia con 11 amigos de la universidad y recorrido Europa cada uno por su cuenta para luego reunirse en Londres. Unas semanas después, tras haber analizado bien las cosas y satisfecho las exigencias de Harrods, los dos jóvenes pagaron el equivalente de 7.300 dólares actuales y se llevaron el cachorro a casa. “Aunque sabíamos que sería un compromiso de corta duración, entre seis y nueve meses a lo sumo, tuvimos que relegar todo lo demás”, dice Rendall.

Convirtieron el espacioso sótano del local de muebles —al que empezaron a llamar Sophistocat— en el dormitorio y cuarto de juegos de su mascota; compraron juguetes y alimentos especiales, e hicieron arreglos con el clérigo de una iglesia para que Christian pudiera ejercitarse diariamente corriendo a sus anchas por los jardines cercados del templo.

Kings Road era hogar y centro de reunión de artistas y gente creativa, de modo que un residente felino no desentonaba. Los fines de semana la calle se volvía un desfile de gente extravagante y vistosa, y “los animales exóticos eran parte de ese glamour”, escriben los dos amigos en su libro. Estos no sabían hasta qué punto podrían domesticar al cachorro. Harrods los puso en contacto con una pareja que había comprado un puma el año anterior, pero lo cierto es que no estaban preparados. “Tuvimos que improvisar sobre la marcha —recuerda Bourke, sonriendo—. No había nadie que pudiera asesorarnos. Con todo, Christian era excepcional. Era sumamente inteligente, tranquilo por naturaleza, y tenía un gran sentido del humor. También era muy carismático. La gente se enamoraba de él, y eso nos facilitaba las cosas”.

  El cachorro pronto se adaptó a una rutina. Además de dormir en su aposento del sótano, hacía cuatro comidas bien balanceadas al día; la primera y la última eran alimentos para bebé mezclados con vitaminas, y las otras dos eran de carne. A veces se zampaba con gusto unos trozos de carne regalados por un chef francés del barrio que lo quería mucho.

Sophistocat, dice Bourke, “era una “jungla de muebles” y a Christian le encantaba jugar allí con sus dueños. “Era incansable. Al anochecer inventaba juegos: se colocaba detrás de algún mueble, esperaba a que nosotros nos ‘escondiéramos’ también y luego nos buscaba por todo el negocio”.

A diferencia de otros felinos, los leones son criaturas sociales que viven en manadas formadas por varias familias y unidas por lazos de afecto e intimidad. “Nosotros éramos la manada de Christian”, señala Rendall. “Nos incluyó automáticamente en su círculo, y nos aceptó y nos dio cariño como si fuéramos su familia”.

El pequeño león pronto se hizo muy popular en el barrio. Todos los días la tienda se llenaba de admiradores que jugaban con él y lo abrazaban, o tan sólo lo observaban por la vidriera mientras él, que crecía día tras día, se arrellanaba sobre una mesa antigua. “Por la tarde, a Christian le encantaba acostarse junto al ventanal y observar lo que pasaba en la calle. Era la mayor atracción de la zona, y los residentes se mostraban muy orgullosos de él”, cuentan los amigos.

Con todo, sus dueños rara vez lo sacaban del comercio o de los terrenos de la iglesia. “Le gustaban los paseos, pero no eran frecuentes”, prosigue Bourke. “Debíamos protegerlo y considerar también la seguridad de la gente, así que éramos cautelosos”. Rendall agrega: “Siempre teníamos que ser previsores. Antes de llevarlo a algún lugar, preguntábamos: ‘¿Hay ventanas? ¿Puertas abiertas? ¿Habrá niños o perros?’”. Por suerte, jamás ocurrió nada que lamentar.

  “Christian creció mucho y en poco tiempo, pero no se lo hicimos saber”, dice Bourke. “Ante cualquier demostración de su enorme fuerza, fingíamos no darnos cuenta. Si en algún momento lo hubiéramos hecho enojar hasta el punto de que nos atacara, no habríamos podido controlarlo. Menos mal que eso nunca pasó”.

  Desde el principio, los dos amigos estaban conscientes de que tener al león en el sótano del comercio era una solución temporal. Cuando Christian alcanzó 85 kilos de peso, se sintieron muy preocupados por el futuro de su mascota. Luego, por pura casualidad, los dos protagonistas de La leona de dos mundos —una exitosa película de 1966 sobre la vida salvaje—, Bill Travers y Virginia McKenna, fueron allí a comprar muebles. “Christian los cautivó de inmediato, y nos ofrecieron ayuda”, dice Bourke. “Unos días después, se pusieron en contacto con su gran amigo George Adamson, uno de los mayores expertos en leones del mundo, quien aceptó el desafío de introducir a Christian a la vida salvaje en África”.

Junto con la estrella animal de ese filme, una leona criada en cautiverio, Christian formaría el núcleo de una nueva manada creada por el hombre. Travers y McKenna producían documentales sobre la conservación de la fauna y, para cubrir sus gastos, propusieron filmar The Lion at World’s End (“El león en el fin del mundo”), a fin de seguir el viaje de Christian a África y su adaptación allí.

“Fue la solución perfecta. Sentimos mucha emoción y alivio”, dice Bourke. “George nos advirtió que a Christian le costaría trabajo adaptarse, pero aun así aceptamos con gusto la oportunidad”. En 1970, tras una larga negociación con el gobierno de Kenia, los dos australianos volaron a Nairobi con su león, el cual tenía ya un año de edad. Desde un escondite, Rendall y Bourke vieron cómo Christian daba su primera caminata en suelo africano y con valentía intentaba cazar su primera presa, si bien al final tuvo que sacarse las espinas que se le habían clavado en las sensibles garras. Sorprendentemente, de todos los leones que estaban al cuidado de Adamson, Christian fue el que se adaptó con mayor rapidez. “Aparte de soportar los rigores del proceso inicial de adaptación, no necesitó adiestramiento”, escribió el finado Adamson en la edición de 1971 de Un león llamado Christian.

“Nadie conocía los leones mejor que George”, afirma Bourke. “Los comprendía extraordinariamente bien y los amaba. Así que, aunque nos dolió mucho despedirnos de Christian, el resultado final fue el que todos deseábamos. Todavía no podemos creer que todo haya salido a la perfección”.

A lo largo del año siguiente, los australianos se mantuvieron al tanto de los progresos de Christian, y en 1971 volvieron a la reserva. Adamson les había dicho que era posible que el león los recordara, pero incluso él se sorprendió al ver la extrema ternura del saludo de Christian.

Rendall comenta: “Lo que todo el mundo nos pregunta después de ver el video es: ‘¿No estaban nerviosos? ¿No tenían miedo? ¿No pensaban que los iba a atacar?’ La verdad es que no sentíamos ningún temor, y ni por un instante dudamos que le daría gusto vernos y que sería un reencuentro maravilloso. Reconocimos su lenguaje corporal, su expresión de amor, su intensa emoción. Estaba más grande, pero era el mismo gato juguetón al que habíamos criado durante un año, así que todo fue muy sencillo.

”Cuando uno ve el video, se nota una expresión en sus ojos, como si estuviera pensando ¿Son ellos? No pudimos esperar ni un minuto más, así que lo llamamos. Y entonces sigue ese momento inolvidable en que nos reconoce, y baja corriendo”

  Rendall apenas logra contener las lágrimas cuando recuerda la emoción de ese día: ver a Christian tan saludable, al frente de su nueva manada y mostrando el afecto de siempre. “Ese momento fue la culminación de nuestra amistad, de nuestro amor mutuo, de todo el tiempo que pasamos juntos y del cariño que nos dimos”.

En 1972, Rendall y Bourke tuvieron un último encuentro con el león, que ya estaba completamente integrado al medio natural. Para entonces, Christian pesaba unos 230 kilos y era uno de los leones más grandes que Adamson había visto en su vida.

Una carta que Bourke les escribió a sus padres decía: “Todas las mañananas y todas las tardes caminamos con Christian. Está mucho más tranquilo y seguro de sí mismo que el año pasado, y es un deleite pasear con él. Está enorme. Se me tiró encima sólo una vez, como antes, parado sobre las patas traseras, y lo hizo con mucha delicadeza. Me lamió la cara mientras se alzaba sobre mis hombros. ¡Casi aplastó a John cuando trató de sentarse en sus piernas!”

Los dos amigos pasaron nueve días con su ex mascota de Kings Road, y conocieron su harén de leonas antes de que Christian desapareciera con ellas en la espesura. Fue la última vez que lo vieron.

Hoy día Christian tiene una página en Facebook, figura en Wikipedia y forma parte de un legado perdurable: el de la ardua labor que realiza el Fideicomiso George Adamson para la Preservación de la Fauna Silvestre. Rendall y Bourke se maravillan ante lo que podría lograrse si todas las personas impactadas por la historia de Christian sumaran esfuerzos a fin de resolver algunos de los problemas sociales y ambientales más urgentes que aquejan al mundo.

Según Rendall, la educación es uno de los pilares más importantes del Fideicomiso George Adamson. “La tragedia de África en este momento es que muchas personas instruidas están emigrando”, señala. “Y el cólera está matando a muchos de los que se quedan. Si uno se está muriendo, no se va a preocupar por la fauna silvestre, y si se está muriendo de hambre, los animales se convierten en alimentos indispensables para sobrevivir. Así que ¿quiénes somos nosotros para decirle a la gente lo que puede o no puede hacer para sobrevivir?”.

Según Bourke, el renovado interés por la historia de Christian ha puesto de relieve lo dependientes que se vuelven las personas de sus mascotas en tiempos difíciles: “Formamos relaciones muy estrechas con ellas. Creo que esa es una de las principales lecciones que nos ha dejado todo esto”.

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 Fuente: Revista Selecciones.

Crecimiento Personal

A principios de este año, ya con 27 en mi haber, me nació la necesidad de conocerme más. Siempre leyendo, escuchando, mirando, navegando en busca de más y más conocimientos, me olvidé de “navegar” hacia mi interior.

Pero, tenía un problema, ¿cómo hago para conocerme más? Pensé en las posibles situaciones.

Dios. Yo soy Católica. Leo la Biblia la mayor parte de los días. Hago mis oraciones a diario. El sacerdote de la Iglesia de mi barrio deja mensajes muy lindos los domingos en misa, a la cual no asisto siempre, pero sí algunos domingos al mes. Sin embargo, la respuesta no estaba ahí. Dios me llena el alma de un modo muy importante, pero yo no estaba encontrando en Su Palabra la respuesta que necesitaba.

Terapia. Empecé un nuevo tratamiento en diciembre del 2013. Fue la tercera psicóloga que visité y me parece que esta vez sí, la tercera es la vencida. No obstante, a pesar de estar encantada con ella, y de que me está ayudando a crecer en muchos aspectos, especialmente aquellos que me llevaron a consultarla, y aunque eso también forme parte de mi crecimiento personal, tampoco allí estaba la respuesta que yo buscaba.

Meditar. Todo el mundo habla de lo bien que hace meditar y de cómo te ayuda a conocerte a ti mismo. Pero cada vez que yo lo intentaba, sentía… cri, cri, cri. Estaba segurísima de que lo hacía mal y aún hoy a veces siento que mi método no es del todo correcto. La diferencia entre el hacía y el hago, es que hace tiempo, después de dos días de no encontrar LA respuesta, abandonaba.  Grave error. Hasta que un día no hace mucho, retomé. Y no, no encontré LA respuesta, pero descubrí el método más simple y placentero para relajar mi cuerpo y mi mente, aprendí lo importante que es respirar bien y me genera tanta paz, que ya no puedo dejarla.

Tres caminos hasta acá. Todos me ayudan a crecer. A su manera cada uno, pero ninguno dio en el punto que generaba tantas revoluciones en mi interior. Entonces, seguí buscando, no quería que esa llamita se apague. Imagino que es un mar de dudas y una respuesta que todos buscamos en algún momento de nuestras vidas. A unos nos llega antes, a otros más tarde. Cada quien tendrá su disparador, pero el fin es el mismo. Algunos encontrarán esa respuesta en Dios, terapia o la meditación, otros, en infinidad de lugares diferentes.

En un momento pensé que en la escritura estaba el camino, pero no. En este espacio vuelco mis sentimientos, las historias que van apareciendo en mi cabeza, las anécdotas y personas que me parece que merecen ser contadas. Y si bien me genera placer y llegué a descubrir escribiendo algunos sentimientos o pensamientos que no sabía o no me había dado cuenta que estaban en mi interior, la respuesta, seguía sin aparecer.

Me encontré un día leyendo el horóscopo. Sí, siempre lo leí como muchas personas lo hacen, como un juego. Pero esta vez fue diferente. Estaba tan deseosa y ansiosa por encontrar ese algo, que llegó un momento en que le empecé a creer al astrólogo al que leía en ese entonces. Tanto, que esperaba el día en que él colgaba el horóscopo semanal, como un niño esperando los regalos en su cumpleaños.

Un día dije, “Taína pará, bajáte de la moto, es un horóscopo.” Bajé un cambio con eso porque me estaba obsesionando. Entonces leí en twitter a alguien que decía algo así como, “no le creo más a, el astrólogo en cuestión, porque siempre me dice que se viene todo mal y nunca se me cumple. Aguante Mia Astral.”

Ahá. Ruido. Ruido. Ruido. Hacé click ahí. Hacé click ahí. Hacé click ahí. Hice click ahí. Sí.

Llegué a la página de Mía. Leí mi horóscopo. Era bastante largo y decía cosa muy acertadas con lo que yo estaba sintiendo en ese momento. Me llamó la atención esa diferencia con todos los horóscopos que había leído en mi vida. Hablaba mucho de sentimientos y energía entre otras cuestiones.

Me interesó. Googleé a Mía y descubrí que es una astróloga coach. Es decir, se dedica al coaching desde el punto de vista de la astrología. La verdad de astrología yo no entiendo casi nada, así que más que esta redundancia no puedo explicarles. A quien le interese, la puede encontrar en todas las redes sociales y en su página web.

El punto es, que por ese lado empecé a encontrar la respuesta. Aprendí mucho de los audios de Mía porque lo que ella enseña es a estar más receptiva y atenta en determinado tema, de acuerdo a la posición de los planetas. Aprendí a escucharme, a sentirme profundamente, a darle toda la importancia a esos sentimientos que tenía ocultos, a darme cuenta qué es lo que me genera cada situación, y después viene lo de soltar o tomar cada cosa que me lleve hacia esa Taína que quiero ser y que no sabía que quería ser, no la veía, no la encontraba y por eso me costaba tanto hallar LA respuesta. En realidad buscaba EL camino, porque no hay una respuesta, hay una infinidad. Lo que importa es cómo vamos llegando a ellas, recibirlas, aceptarlas y trabajarlas de acuerdo a lo que producen en nosotros.

Si alguien lee esto y se da cuenta de que esa vocecita, esa inquietud, esa revolución ha empezado, no dejen que se apague. Busquen, busquen y sigan buscando. Mírenme a mí, leyendo un horóscopo semanal empecé a encontrar el camino que me está guiando en mi verdadero crecimiento personal.

No puedo decir dónde cada uno encontrará su camino, pero sí contarles que una vez que ocurre, ya nada vuelve a ser igual. Empezar a conocernos, encontrar respuestas a preguntas que no sabíamos que teníamos, que nos gusten y nos lleven a hacer cosas o interesarnos por cuestiones inimaginables. Que nos produzcan tristeza, frustración o dolor y darnos cuenta que eso es lo que tenemos que dejar ir, aun cuando era algo que pensábamos que nos encantaba o que era para siempre.

Cuando empecé este camino, no solo comencé a cambiar yo, todo a mí alrededor cambió al darme cuenta de cuánto tengo para dar, cuánto me estaba perdiendo de recibir de los demás y del mundo. Y finalizo con una frase de Mía, que me llegó en un horóscopo, en el momento justo y que es la que guía mi proceso de crecimiento: “Eliminar para iluminar, aunque cueste un mundo la transformación.”

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¿Dónde está la perfección de Dios?, Wayne Dyer

Sucedió en Brooklyn, Nueva York.

Chush, es una escuela que ayuda a niños discapacitados. Algunos niños permanecen en Chush durante toda su carrera escolar, mientras que otros, pueden irse a escuelas convencionales.

En un evento de recaudación de fondos de Chush, en una cena, el padre de un niño Chush pronunció un discurso que nunca será olvidado por aquellos que asistieron.

Después de elogiar a la escuela y a sus dedicadas personas, gritó: “¿Dónde está la perfección en mi hijo Shaya? Todo lo que Dios hace, se hace a la perfección, pero mi hijo no puede entender cosas como los demás niños, no puede recordar hechos y formas como otros niños. ¿Dónde está la perfección aquí?”

 

El público estaba emocionado con la pregunta y adolorido con la angustia del padre e impávidos ante la cuestión. “Creo, contestó el padre, que cuando Dios trae al mundo a un niño como Shaya, la perfección que Él busca es la manera en que la gente reacciona frente a este niño.”

Luego contó la siguiente historia de su hijo Shaya.

Una tarde, Shaya y su papá paseaban por el parque junto a unos niños que Shaya conocía. Jugaban béisbol. Shaya le preguntó a su papá:” ¿Crees que me dejen jugar?”. El papá de Shaya sabía que su hijo no era atlético y que la mayoría de los niños no lo querrían en su equipo, pero entendió que si escogían a su hijo para jugar, le darían un sentido de pertenencia.

El padre de Shaya se acercó a uno de los niños en el campo, y le preguntó si Shaya podía jugar. El niño miró a su alrededor buscando apoyo de sus compañeros y al no obtenerlo tomó la decisión que estaba en sus manos y dijo: “Bueno, estamos perdiendo por 6 carreras y van 8 entradas. Creo que puede estar en nuestro equipo. Trataremos de meterlo en la novena de bateador.”

El padre de Shaya se quedó estático mientras su hijo no dejaba de sonreír. Le pidieron a Shaya que se pusiera un guante y lo metieron al campo a jugar. Al final de la octava entrada, el equipo de Shaya había logrado algunas carreras pero seguían perdiendo por tres. Al final de la novena, el equipo de Shaya volvió a anotar y ahora, con 2 outs y las bases saturadas, llegó el turno de Shaya. La carrera de la victoria estaba en juego. ¿El equipo dejaría que Shaya bateara a estas alturas del partido y dejar escapar la oportunidad de ganar?

Sorpresivamente le dieron el bate a Shaya. Todo el mundo sabía que era casi imposible porque Shaya ni siquiera sabía sostener el bate. Lo dejaron batear así. De cualquier manera Shaya se paró en la base, el lanzador dio unos pasos para lanzar la pelota suavemente para que Shaya al menos pudiera tocar la pelota. Llegó el primer lanzamiento, Shaya bateó torpemente y falló.

Luego uno de los compañeros de su equipo se acercó, y juntos, él y Shaya, sostuvieron el bate y enfrentaron al lanzador, esperando la siguiente bola. Otra vez, el lanzador se acercó unos pasos a Shaya para  lanzar la pelota aún más suavemente.

Mientras se acercaba la bola, Shaya y su compañero, juntos, batearon y golpearon la pelota que tocó el piso lentamente hacia el lanzador. El lanzador tomó la pelota y fácilmente la pudo haber lanzado a la primera base. Shaya hubiera tenido que irse y hubiera sido el fin del juego. Pero el lanzador tomó la pelota y la lanzó muy alto al campo, lejos del alcance de la primera base.

Todos comenzaron a gritar: ¡Shaya, Shaya! ¡Corre a la primera, a la primera! Nunca en su vida había corrido a la primera base. Corrió a la línea de fondo con los ojos bien abiertos. Cuando llegó a la primera base, el jardinero de la derecha ya tenía la bola y pudo haber eliminado a Shaya que seguía corriendo. Pero ese jardinero, entendió las intenciones del lanzador. Así que lanzó la bola alto y lejos, hasta la tercera base. Todos gritaron: ¡Corre a la segunda, Shaya! ¡Corre a la segunda!

Shaya corrió a la segunda base mientras los que estaban delante de él rodearon como locos la base. Cuando Shaya llegó a la segunda, el oponente corrió hacia él, lo volteó hacia la tercera base y gritó: ¡Corre a la tercera, Shaya! ¡Corre a la tercera!

Cuando Shaya corrió a la tercera, los niños de los dos equipos corrieron tras él gritando: ¡Shaya, Shaya! ¡Corre, corre, haz un cuadrangular!

Shaya logró el cuadrangular, se paró en la base y los 18 niños lo levantaron en sus hombros y lo convirtieron en héroe. Como si hubiera ganado un Gran Slam y hubiera hecho ganar a su equipo.

“Ese día, dijo su padre con lágrimas rodando por sus mejillas, esos 18 niños alcanzaron el nivel de perfección de Dios.”

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Hoy, comparto con todos ustedes, la historia de Shaya. La extraje de la conferencia de Wayne Dyer, “El Poder de la Intención”. Espero les haya gustado. Abrazos.