Sonrisas Quiero.

Durante la semana me encontré con un par de personas que no veo muy seguido. Toda gente grande, que a pesar de que vivir a pocas cuadras de mi casa, el trajín de la vida diaria nos desencuentra.

Ellos preguntaron, ¿rendiste?, ¿cuántas materias?, ¿qué te sacaste?, ¿conseguiste trabajo?, ¿dónde?, y un par de preguntas más sobre estas cuestiones.

Yo pregunté, ¿cómo está usted?, ¿y la familia?, ¿cómo están los chicos que hace mucho no los veo?, ¿y su esposa? Y cuando llegan las respuestas, no deja de asombrarme que me digan, bien porque mi mujer se fue a Alemania a dar una conferencia; mi hijo se fue a hacer un doctorado a Francia y mi hija es la nueva jefa de la gran empresa donde trabaja, la querían en la casa central de Estado Unidos, pero decidió quedarse acá unos meses para adquirir experiencia en el cargo y después irse a ocupar ese puesto allá.

Crecí en una familia en la cual lo más importante era ser el mejor en el colegio. Llenarnos de dieces y medallas a fin de año. Ser abanderado o escolta en primario y secundario. Y por supuesto, seguir una carrera universitaria. También en eso, ser los mejores. Siempre los mejores, aunque con el paso del tiempo y los hijos los padres se van poniendo cada vez más dóciles.

Cuando salí de casa de mis padres a los 18 años, y empecé a “conocer mundo”, pensaba de ese modo. A mis hijos les voy a exigir 10 en el colegio, porque eso es muy importante. Hoy en día para que alguien pueda vivir bien necesita tener una buena profesión, y un buen lugar donde ejercerla. Eso se consigue cuando uno tiene las mejores notas.

Me da alergia de solo escribirlo y de acordarme que alguna vez pensé y dije eso.

Con el tiempo y después de experimentar distintos tipos de relaciones de amistad, con gente de todas partes y con diferentes pensamientos, estilos y filosofías de vida, aprendí mucho.

Aprendí que hay personas a las que hay que dejar ir, otras que hay que dejarlas a tu lado, hoy, conozco la diferencia entre ellas, y no me siento culpable de dejar ir a aquellas que ya cumplieron su ciclo. Aprendí a reconocer qué es lo que más me importa en la vida y qué lo que más valoro en los demás. Que los mandatos familiares pueden ser muy buenos, pero tal vez nosotros no los queremos en nuestras vidas, y que eso no está mal. Que uno puede ser amigo de alguien, pero tal vez ese alguien no es nuestro amigo, y que eso tampoco está mal.

Aprendí, que cuando me encuentro con alguien y pregunto cómo está esa persona y su familia, me encantaría que alguien alguna vez me responda: mi esposa está feliz porque por fin floreció el rosal del patio de casa que tanto le gusta; mi hijo descubrió cuánto le gusta la pintura y empezó a ir a un taller para aprender más sobre eso, está muy contento; mi hija, que nunca pisó una cocina, en sus ratos libres empezó a hacer cosas dulces y para mi cumpleaños me hizo una torta riquísima y muy linda; y yo, descubrí un autor que no conocía, gracias a un libro que me regalaron, así que me voy a la librería a ver si consigo otro libro porque estoy fascinado con sus novelas.

Todo este aprendizaje me ayudó a crecer. Y cuando menos me di cuenta, todo lo que hoy pienso, es muy opuesto a todo lo que había pensado antes. Mirando para atrás, no puedo creer la cantidad de aspectos que han cambiado en mí. Pero lo más importante, es que hoy sé, que lo único que quiero para mis hijos, es que sean FELICES. No me importa qué nota saquen en el colegio, qué carrera estudien, ni qué puesto de trabajo tengan.

Quiero que mis hijos, si algún día los tengo, sonrían, sean mables, canten, bailen. Quiero que sean libres para decidir qué quieren o no hacer y que se dediquen a aquello que los haga sentir plenos.

Quiero que a mis hijos se los conozca por su alegría, y no por el puesto de trabajo que tienen.

Pienso que el mundo está cambiando. Espero que para bien, aunque no creo que sea de ese modo si lo único que tenemos para contar es la cantidad de títulos que tienen nuestros seres queridos.

Ojalá todos tengamos el deseo de ver a nuestros hijos dichosos y con una gran sonrisa en el rostro. Tal vez el mundo no brille por el oro, pero sí brillarán los ojos de todas las personas y tal vez, podamos reconocernos por el tamaño de nuestras sonrisas.

 

Imagen

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s