Soltar.

Celina vio a Freddy.

Estaba todo iluminado. Todo era blanco. Lo veía tan feliz. Sonreía. No tenía ningún golpe. Llevaba puesta su camiseta del Barcelona autografiada en la espalda por Messi. Caminaba hacia ella. Y ella, como cada vez, sintió caer las lágrimas que le salían sin pedir permiso. También sonrió. Esos encuentros le producían mucha alegría, pero también una profunda tristeza. Ansiaba tanto que él le dé un abrazo, sentir su perfume, besarlo. Pero no se podía, ella lo entendía y agradecía poder verlo.

—¡Hola bonita!—Celina se estremeció, era la primera vez que lo escuchaba, había pasado tanto tiempo.—Quiero que seas feliz. Ya ves, yo estoy muy bien. Pero quiero que vos también estés bien. Es hora de que me dejes ir. Tenés que seguir con tu vida. Quiero que me sueltes la mano. Yo te voy a amar siempre y te voy a cuidar, pero tenés que dejarme ir. Te amo princesa.

De repente, Freddy se empezó a alejar, todo a su alrededor se volvió más y más luminoso. Él le hizo adiós con la mano, siempre con su sonrisa dulce.

 

Celina se despertó. Estaba bañada en lágrimas. Sentía una opresión muy fuerte en el pecho. Se quedó llorando en la cama mucho tiempo. Tenía mucho miedo de que esa sea la última vez que veía a Freddy.

Cuando ya no tenía más lágrimas, decidió ir a bañarse. Colocó sales en la bañera, encendió velas aromáticas, puso música suave. Y se dio un largo y relajante baño.

Pensó en todo lo que había pasado. Hacían dos años de que Freddy se había ido. Un accidente de auto. Un día se fue a la mañana a trabajar y a las dos horas recibió el llamado de que su marido se había muerto.

Muerto. Le costó tanto asumir que Freddy estaba muerto. Y cuando lo asumió, no quiso dejarlo ir. Escuchaba la música que a él le gustaba, miraba las series y películas que habían mirado juntos, dormía abrazada a su almohada, se ponía la ropa de él cuando estaba sola en su casa. La habían obligado a dar todo, pero ella escondió la ropa que más le gustaba, porque creía que de ese modo prolongaría la presencia de Freddy a su lado.

También se dio cuenta de cómo se había ido apagando ella. No fue más al cine, no festejó su cumpleaños, no se tomó vacaciones, casi no iba a las fiestas que la invitaban, no recibía a nadie en su casa, tan llena de gente siempre, cuando Freddy vivía.

A eso se refería Freddy. No solo había truncado su vida, tampoco lo había dejado irse en paz. Era hora de volver a levantarse. Él, por muy doloroso que fuera, ya no estaba. Pero ella sí, tenía el regalo de la vida en sus manos y no lo estaba aprovechando. Por algo o para algo ella se había quedado. Y era hora de averiguarlo.

Primero, limpió toda la casa. Sacó todas las cosas de Freddy para darlas. Cambió las cortinas. Imprimió fotos de frases inspiradoras y las puso en cuadritos, luego las colocó en todas las paredes. Fue al jardín, juntó todas las flores que pudo y llenó los floreros de colores y de exquisitos aromas. Puso fotos alegres en todos los portarretratos. En uno, puso una de Freddy solo.

Como segundo paso, esa misma noche cocinó para toda su familia y amigos. ¿Era hora de volver? Sí, y volvería con todo.

Cuando volvió a quedarse sola y se acercó la hora de dormir, pasó por el living y tomó la foto de Freddy. Lo miró. Le devolvió la sonrisa. Le dijo que ella tampoco iba a dejar de quererlo nunca. Se dio cuenta de que ya no lo miraba con dolor desgarrador, ni con tristeza. Entonces entendió, que ese día, su duelo había finalizado.

 

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