Dulce Mirada.

Luna caminaba por el sector de yerbas y tés en el supermercado. Estaba eligiendo qué yerba llevar, tomó un paquete y sin querer se le resbaló y se le cayó.

Cuando se agachó a levantarlo, lo agarró al mismo tiempo que otra persona. Lo miró y vio los ojos más dulces que se habían cruzado frente a ella en toda su vida. Estuvieron los dos unos segundos mirándose hasta que ella reaccionó.

—Gracias—le dijo y sonrió.

—No fue nada—le contestó él y siguió trabajando.

 

Luna no pudo olvidar esos ojos. No sabía cómo era aquel chico físicamente, mucho menos como persona. Solo sabía que era repositor externo en el supermercado de su barrio y que tenía los ojos más puros y dulces que había visto. Eran de color marrón, profundos, rodeados de abundantes y largas pestañas negras.

 

Un par de días después volvió al supermercado, con su amiga Lola. Pasaron por la verdulería, buscaron todo lo que necesitaban y Luna se quedó haciendo la cola para que le pesen las frutas y verduras mientras Lola continuaba con el resto de las compras.

Quien pesaba las frutas y verduras era el chico de los ojitos dulces, como lo llamaba desde hacía un par de días. Luna no podía parar de mirarlo. Observaba cada movimiento, lo vio en forma completa por primera vez. El chico era alto, de espalda grande, con unos cuantos kilitos de más, cabello negro, corto y ondulado. A grandes rasgos no era un chico lindo, pero esos ojos… esos ojos de mirada profunda le habían quitado el sueño.

Cuando le llegó el turno a ella, él le dijo:

—Hola, ¿cómo estás?—y le sonrió.

Esa sonrisa derritió a Luna. El corazón le empezó a latir con mucha rapidez, le empezaron a temblar las manos y sintió que sus mejillas se ponían rojas. Pero juntó coraje y le dijo:

—Hola! Todo bien, ¿vos?—y le sonrió de la forma más dulce posible.

—Muy bien—dijo “ojitos dulces” y volvió a sonreír.

Luna no pudo dejar de pensar en esos ojitos dulces sin nombre. Sin embargo, cuando un par de días después volvió al supermercado, no lo vio. ¿Lo habrían cambiado de horario o ese sería su día libre? No lo sabía, esperaba que fuera su día libre, no obstante, la desilusión se apoderó de ella. Y para su sorpresa, la tristeza también.

Volvió un par de días más tarde, y tampoco estaba. Intentó al día siguiente, y al siguiente, pero nada. Pensó que se estaba obsesionando un poco con ojitos dulces. Ya estaba. Era un chico que se había cruzado dos veces en el supermercado, tenía que olvidarse y seguir con otra cosa.

Pero no podía. Pensaba todo el tiempo en él, lo soñaba por las noches y lo buscaba en las calles cuando pasaba alguien a su lado con algún parecido físico a su repositor externo.

Sin embargo, como siempre ocurre cuando el tiempo pasa, Luna se fue olvidando del chico de los ojitos dulces. Cuando había pasado alrededor de un mes desde la última vez que lo había visto, ya pensaba muy poco en él. Aunque, no dejaba de pensar en que nadie tenía en el planeta unos ojos tan bonitos, una mirada tan profunda y una sonrisa tan dulce.

 

Aproximadamente seis meses después, Luna iba caminando muy apurada porque llegaba tarde a la facultad. Empezó a cruzar la calle sin darse cuenta de que venía un auto a toda velocidad.

—CUIDADO!!— le gritó alguien y la empujó a la vereda del otro lado.

Cayeron juntos en el césped. Luna muy asustada, levantó la mirada para agradecerle a la persona que le había salvado la vida. Y ahí estaban, los ojitos dulces en los que tanto había pensado.

—Muchas gracias! Me salvaste la vida—le dijo ella temblando, asustada y feliz. —No sé cómo voy a hacer para recompensarte esto…

—No fue nada—le dijo él con su sonrisa llena de dulzura—la recompensa más grande es—le acarició la mejilla izquierda—haber encontrado estos ojitos dulces que tanto había buscado.

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Sonrisas Quiero.

Durante la semana me encontré con un par de personas que no veo muy seguido. Toda gente grande, que a pesar de que vivir a pocas cuadras de mi casa, el trajín de la vida diaria nos desencuentra.

Ellos preguntaron, ¿rendiste?, ¿cuántas materias?, ¿qué te sacaste?, ¿conseguiste trabajo?, ¿dónde?, y un par de preguntas más sobre estas cuestiones.

Yo pregunté, ¿cómo está usted?, ¿y la familia?, ¿cómo están los chicos que hace mucho no los veo?, ¿y su esposa? Y cuando llegan las respuestas, no deja de asombrarme que me digan, bien porque mi mujer se fue a Alemania a dar una conferencia; mi hijo se fue a hacer un doctorado a Francia y mi hija es la nueva jefa de la gran empresa donde trabaja, la querían en la casa central de Estado Unidos, pero decidió quedarse acá unos meses para adquirir experiencia en el cargo y después irse a ocupar ese puesto allá.

Crecí en una familia en la cual lo más importante era ser el mejor en el colegio. Llenarnos de dieces y medallas a fin de año. Ser abanderado o escolta en primario y secundario. Y por supuesto, seguir una carrera universitaria. También en eso, ser los mejores. Siempre los mejores, aunque con el paso del tiempo y los hijos los padres se van poniendo cada vez más dóciles.

Cuando salí de casa de mis padres a los 18 años, y empecé a “conocer mundo”, pensaba de ese modo. A mis hijos les voy a exigir 10 en el colegio, porque eso es muy importante. Hoy en día para que alguien pueda vivir bien necesita tener una buena profesión, y un buen lugar donde ejercerla. Eso se consigue cuando uno tiene las mejores notas.

Me da alergia de solo escribirlo y de acordarme que alguna vez pensé y dije eso.

Con el tiempo y después de experimentar distintos tipos de relaciones de amistad, con gente de todas partes y con diferentes pensamientos, estilos y filosofías de vida, aprendí mucho.

Aprendí que hay personas a las que hay que dejar ir, otras que hay que dejarlas a tu lado, hoy, conozco la diferencia entre ellas, y no me siento culpable de dejar ir a aquellas que ya cumplieron su ciclo. Aprendí a reconocer qué es lo que más me importa en la vida y qué lo que más valoro en los demás. Que los mandatos familiares pueden ser muy buenos, pero tal vez nosotros no los queremos en nuestras vidas, y que eso no está mal. Que uno puede ser amigo de alguien, pero tal vez ese alguien no es nuestro amigo, y que eso tampoco está mal.

Aprendí, que cuando me encuentro con alguien y pregunto cómo está esa persona y su familia, me encantaría que alguien alguna vez me responda: mi esposa está feliz porque por fin floreció el rosal del patio de casa que tanto le gusta; mi hijo descubrió cuánto le gusta la pintura y empezó a ir a un taller para aprender más sobre eso, está muy contento; mi hija, que nunca pisó una cocina, en sus ratos libres empezó a hacer cosas dulces y para mi cumpleaños me hizo una torta riquísima y muy linda; y yo, descubrí un autor que no conocía, gracias a un libro que me regalaron, así que me voy a la librería a ver si consigo otro libro porque estoy fascinado con sus novelas.

Todo este aprendizaje me ayudó a crecer. Y cuando menos me di cuenta, todo lo que hoy pienso, es muy opuesto a todo lo que había pensado antes. Mirando para atrás, no puedo creer la cantidad de aspectos que han cambiado en mí. Pero lo más importante, es que hoy sé, que lo único que quiero para mis hijos, es que sean FELICES. No me importa qué nota saquen en el colegio, qué carrera estudien, ni qué puesto de trabajo tengan.

Quiero que mis hijos, si algún día los tengo, sonrían, sean mables, canten, bailen. Quiero que sean libres para decidir qué quieren o no hacer y que se dediquen a aquello que los haga sentir plenos.

Quiero que a mis hijos se los conozca por su alegría, y no por el puesto de trabajo que tienen.

Pienso que el mundo está cambiando. Espero que para bien, aunque no creo que sea de ese modo si lo único que tenemos para contar es la cantidad de títulos que tienen nuestros seres queridos.

Ojalá todos tengamos el deseo de ver a nuestros hijos dichosos y con una gran sonrisa en el rostro. Tal vez el mundo no brille por el oro, pero sí brillarán los ojos de todas las personas y tal vez, podamos reconocernos por el tamaño de nuestras sonrisas.

 

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Soltar.

Celina vio a Freddy.

Estaba todo iluminado. Todo era blanco. Lo veía tan feliz. Sonreía. No tenía ningún golpe. Llevaba puesta su camiseta del Barcelona autografiada en la espalda por Messi. Caminaba hacia ella. Y ella, como cada vez, sintió caer las lágrimas que le salían sin pedir permiso. También sonrió. Esos encuentros le producían mucha alegría, pero también una profunda tristeza. Ansiaba tanto que él le dé un abrazo, sentir su perfume, besarlo. Pero no se podía, ella lo entendía y agradecía poder verlo.

—¡Hola bonita!—Celina se estremeció, era la primera vez que lo escuchaba, había pasado tanto tiempo.—Quiero que seas feliz. Ya ves, yo estoy muy bien. Pero quiero que vos también estés bien. Es hora de que me dejes ir. Tenés que seguir con tu vida. Quiero que me sueltes la mano. Yo te voy a amar siempre y te voy a cuidar, pero tenés que dejarme ir. Te amo princesa.

De repente, Freddy se empezó a alejar, todo a su alrededor se volvió más y más luminoso. Él le hizo adiós con la mano, siempre con su sonrisa dulce.

 

Celina se despertó. Estaba bañada en lágrimas. Sentía una opresión muy fuerte en el pecho. Se quedó llorando en la cama mucho tiempo. Tenía mucho miedo de que esa sea la última vez que veía a Freddy.

Cuando ya no tenía más lágrimas, decidió ir a bañarse. Colocó sales en la bañera, encendió velas aromáticas, puso música suave. Y se dio un largo y relajante baño.

Pensó en todo lo que había pasado. Hacían dos años de que Freddy se había ido. Un accidente de auto. Un día se fue a la mañana a trabajar y a las dos horas recibió el llamado de que su marido se había muerto.

Muerto. Le costó tanto asumir que Freddy estaba muerto. Y cuando lo asumió, no quiso dejarlo ir. Escuchaba la música que a él le gustaba, miraba las series y películas que habían mirado juntos, dormía abrazada a su almohada, se ponía la ropa de él cuando estaba sola en su casa. La habían obligado a dar todo, pero ella escondió la ropa que más le gustaba, porque creía que de ese modo prolongaría la presencia de Freddy a su lado.

También se dio cuenta de cómo se había ido apagando ella. No fue más al cine, no festejó su cumpleaños, no se tomó vacaciones, casi no iba a las fiestas que la invitaban, no recibía a nadie en su casa, tan llena de gente siempre, cuando Freddy vivía.

A eso se refería Freddy. No solo había truncado su vida, tampoco lo había dejado irse en paz. Era hora de volver a levantarse. Él, por muy doloroso que fuera, ya no estaba. Pero ella sí, tenía el regalo de la vida en sus manos y no lo estaba aprovechando. Por algo o para algo ella se había quedado. Y era hora de averiguarlo.

Primero, limpió toda la casa. Sacó todas las cosas de Freddy para darlas. Cambió las cortinas. Imprimió fotos de frases inspiradoras y las puso en cuadritos, luego las colocó en todas las paredes. Fue al jardín, juntó todas las flores que pudo y llenó los floreros de colores y de exquisitos aromas. Puso fotos alegres en todos los portarretratos. En uno, puso una de Freddy solo.

Como segundo paso, esa misma noche cocinó para toda su familia y amigos. ¿Era hora de volver? Sí, y volvería con todo.

Cuando volvió a quedarse sola y se acercó la hora de dormir, pasó por el living y tomó la foto de Freddy. Lo miró. Le devolvió la sonrisa. Le dijo que ella tampoco iba a dejar de quererlo nunca. Se dio cuenta de que ya no lo miraba con dolor desgarrador, ni con tristeza. Entonces entendió, que ese día, su duelo había finalizado.

 

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