Amor de Verdad.

Después de una semana de llegar a casa, me di cuenta de cuánto extraño a mi perro.

En Córdoba, vivo en un departamento, y por contrato, no puedo tener animales. “Mi perro”, es en realidad la mascota familiar. Mis padres lo adoptaron hace un tiempo, pero dicen que es de todos aunque viva solo con ellos. Y yo, me adueñé de él, a pesar de vivir lejos.

No sé en qué momento nació mi amor tan profundo por los perros. En casa, si bien se los cuida un montón, y se les da todo lo necesario para vivir bien, no se nos enseñó a amar a los perros y jugar con ellos como hace la mayoría de la gente. Es una cuestión de ideología por parte de mi papá, que vivía en el campo de chico y creció con la creencia de que los perros deben vivir en el patio y cuidar la casa; y una cuestión de miedos por parte de mi mamá, que ha sido mordida un par de veces por perros de vecinos. De cualquier manera, el buen trato y el amor hacia los perros en casa llegan hasta una caricia en el lomo.

En un momento de mi vida descubrí cuánto amor son capaces de prodigar los perros y me di cuenta de que se merecían ese mismo amor. Tendría ocho años si mal no recuerdo. Sé que en ese momento se murió el perrito que teníamos y llegó a casa uno de color negro, que recién abría los ojitos. No me pude contener, me hice cargo de él. Le daba la leche, lo bañaba, limpiaba donde hacía sus necesidades y estaba enamorada de él. Cuando León fue un poquito más grande, no permitía que nadie me haga nada. Como éramos chicos, mis hermanos y yo, muchas veces jugábamos a las luchas, León pensaba que me estaban haciendo daño, así que corría a defenderme. Estaba a mi lado todo el tiempo, con mi corta edad, sentía que era algo así como una devolución del amor que yo le daba.

Tuvimos a León casi dos años, hasta que murió, atropellado. Fue algo muy triste para mí, pero al poquito tiempo, papá adoptó otro perrito muy chiquitito. Lo llamamos Dan. Por supuesto, fue todo el mismo proceso. Lo cuidé en todo momento y él a mí, todo el tiempo, hasta que cumplí dieciocho años y me fui de casa para estudiar. Fue duro, pero yo sabía que él estaba ahí, esperándome.

Dan murió de viejito, tenía 12 años. Se fue apagando de a poquito, y yo estaba lejos cuando ocurrió. No fue tan doloroso porque llevábamos separados mucho tiempo, pero sentí su ausencia cuando volví a casa y no me seguía o no se echaba a mi lado.

Después de Dan, llegó Sheldon. Tan chiquito era y yo tan lejos. Pero llegó justo cuando mis padres se quedaron sin hijos en casa, cuando mi hermano más chico se vino a estudiar a Córdoba. Ese vacío tan grande y un perrito tan chiquitito y hermoso, hicieron que se dedicaran a Sheldon como si fuera un bebito. Se aferraron a él en alma y cuerpo. Cuando lo conocí, ya estaba grandecito y no hacía caso a nadie. Le di mi amor y quise educarlo, pero ya era una causa perdida. Escribo esto y sonrío al recordar, nadie lo bancaba y ponía todo mi empeño en que él fuera mejor para que lo dejen entrar a la casa y le sigan dando amor. Fue en vano. Y o volví a mi casa y papá y mamá se quedaron con el perrito. Que según ellos se hacía cada vez más grande y maleducado. La culpa caía sobre mis hombros porque yo le hice “upa” y lo abracé mucho cuando fui al pueblo.

Todos los años es lo mismo. Cuando voy a casa de mis padres y salgo por primera vez al patio, mi adorado Sheldon viene corriendo a abrazarme. Él no lame a las personas, pero cómo abraza! Yo me pongo en cuclillas, él me rodea con sus patitas y apoya su cabecita en mi hombro.

Cuando me toca hablar de los momentos más felices que he vivido, los primeros que recuerdo son aquellos pocos, pero intensos donde se conjuga la presencia de mis sobrinos y mi perro.

Cuando me toca hablar del amor, pero el amor de verdad, en quienes primero pienso es en los niños y en los perros. Ahí está el amor más puro que puede existir. El amor más grande. Esa para mí, es la máxima expresión del amor. Un amor desinteresado, fiel, que no se rompe con el tiempo ni la distancia.

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