Reencuentros…

Como cada año, viajé a mi pueblo para pasar las fiestas de fin de año con mi familia. Es un viaje largo por dos cuestiones, la cantidad de kilómetros que me separan de él, y la ansiedad que me genera regresar después de un año.

Cada vez que me subo al colectivo o al auto que me llevarán hacia mi destino, dejo toda la carga del año en mi ciudad actual. El estrés, las preocupaciones, los objetivos que no pude cumplir, los dolores, las tristezas. Trato de dejar todo lo malo en casa  y me llevo lo bueno, la alegría, las ganas de volver a ver a mis padres, los besos y abrazos que durante el año no les pude dar. El regreso a casa de cada año produce felicidad verdadera. No importa nada más. L o malo es olvidable en ese momento.

Esta vez fui la tercera en llegar. Ya estaban mis hermanos Iván y Pablo en casa. Toqué el timbre de casa a las 00.20 del sábado 21 de diciembre. Mamá y papá corrieron a abrazarme como cada vez que nos volvemos a ver. A pesar de mis 26 años, sigo siendo una nena para ellos. Mis hermanos estaban en casa pero no se emocionaron tanto porque viven en la misma ciudad que yo y nos vemos muy seguido. Nos causa gracia que mi mamá los reprenda por no saludarme tan efusivamente, pero lo que ella se olvida es que nosotros nos vimos el día anterior, no llegamos a extrañarnos como ella nos extrañó a nosotros. Mi papá entró mi valija y mientras me aseaba luego del viaje, mi mamá me sirvió un plato con mi comida preferida. Es el primer mimo que nos hace a todos cuando llegamos.

Esa noche nos quedamos hasta muy tarde charlando aunque mis padres trabajaban al día siguiente. No querían desaprovechar ni un minuto. Y yo tampoco.

Cuando me levanté a la mañana siguiente, me sentí feliz, en paz, dormí como un angelito y desperté en mi casa de la infancia, en mi cuarto de niñita, que luego cambió al de una adolescente y ahora ya es el de una adulta, pero conserva la esencia de la habitación que pensaron y armaron mis padres para mí.

Mis papás tienen un negocio, así que esa mañana trabajaban allí. L o que no les conté es que el negocio está separado de casa por una puerta. Soy de las pocas personas que conozco, que sus papás estaban siempre en casa. Nunca supe lo que es comer sin mis padres a la mesa, ni tener que llamarlos por teléfono para cualquier cosa. Por lo tanto, esa mañana, apenas me levanté fui a tomar mates amargos con ellos. Como cada año. Como lo hice toda la vida. En el escritorio de papá.

Al mediodía llegó mi hermano mayor, Gustavo, con su esposa y mis bellos sobrinos, Thiago y Benjamín. A la tarde llegó mi hermana mayor, Camila, con su marido y la princesa Zoe, mi primera ahijada.

Esa noche, la mesa ya estaba completa. La felicidad de mis padres de tener a todos sus hijos y nietos reunidos alrededor de la mesa, no se puede explicar con palabras. Era todo sonrisas. Besos. Abrazos.

Esto es lo que traen las fiestas de fin de año a mi familia. FELICIDAD. Por el reencuentro. Por el compartir. Por el juego. Porque aprendemos unos de otros. Y aprendemos y nos maravillamos con los más chiquitos de la familia. Y también pasan cosas inexplicables, por ejemplo, mi hermano Iván será el padrino de Benjamín, que tiene tres meses, por lo tanto, con sus 19 años, mi hermano pequeño preparó una mamadera por primera vez.

Siempre pienso cuáles serán los deseos que le voy a pedir al Niño Dios para Navidad. Pero cuando llegan las doce de la noche, solo me acuerdo de agradecer tanta felicidad compartida en familia. Que mis padres tengan salud y puedan aunque por poquito tiempo disfrutar de sus hijos y nietos sin límites, es lo máximo para ellos, y se convierte en lo máximo para mí y mis hermanos.

Tengo salud, trabajo, amor, una hermosa familia y alguien está leyendo estas líneas. No puedo pedir nada más. Sólo levanto mi copa, le digo GRACIAS al Niño recién nacido y te deseo tanta felicidad como la que yo siento cada vez que vengo al pequeño pueblo donde nací.

 

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