Hogar, dulce hogar

Cierro los ojos. Veo mi vida. Tantos momentos grabados en mi memoria. Muchos felices. Muchísimos. Algunos tristes. 

La verdad es que he tenido todo. Una mamá maravillosa. Que nos despertaba a los cinco todos los días con un beso, hasta que cada se convirtió en adulto y se fue de casa. Un papá admirable. Que trabajó duramente todos los días, desde siempre, pero nunca nos privó ni a mí ni a mis hermanos del beso de las buenas noches. Mis cuatro adorables hermanos. Compañeros de risas, juegos, peleas y llantos. Tan importantes en cadas momento y que me dieron mi tesoro más preciado, mis bellos sobrinos. Mis cuatro abuelos. Tuve amigos en todos los ámbitos. Muchos amigos. Y aún lo tengo. Viví en una casa hermosa, viajé y conocí lugares extremadamente hermosos. Fui a fiestas. Conocí un par de chicos. Tuve la oportunidad de estudiar lo que me gusta. Tengo un trabajo que me facilita la vida por dos cosas: me encanta, soy muy afortunada de sentirme tan a gusto en él. Y puedo vivir cómodamente gracias a que soy bien remunerada.

Repito lo que dije antes, tuve pocos momentos tristes. Ustedes podrán pensar que nada me falta en la vida, que no tengo motivos para quejarme. Realmente es así. Solo que hay algo que me pesa en lo profundo del corazón y no me deja ser completamente feliz.

Jamás fui amada por un hombre. Los compañeros que he tenido en mi vida, fueron solo compañeros sexuales. Ninguno sentía nada por mí, a nadie presenté nunca en casa. Y lo que me produce más vacío, no es el hecho de no tener un hombre con quien compartir mis días, que imagino sería muy bonito, sino que nunca podré formar una familia. No habrá bebés, ni niños, ni adolescentes, ni jóvenes que van a la Universidad, nunca cuando regrese a casa después del trabajo. 

Cierro mis ojos. Las lágrimas empiezan a salir a montones. La angustia que llevo en el pecho desde mi adolescencia, cuando todas mis amigas tenían alguien que las quiera y yo no, se siente con mayor intensidad. Entonces le pregunto a Dios, en medio de un llanto desconsolado, por qué. ¿ Por qué si la base de la continuidad de la especie es tener hijos, mi sueño más grande no se cumplió? ¿ Por qué le da hijos a quien no quiere tenerlos y a mí, que los quería con el alma, no me permitió tenerlos? ¿ Por qué algo que para la mayoría es tan fácil, para mí fue una misión imposible?

  A veces, la angustia que esto me produce, supera todo lo bueno que tengo. La mayoría de las noches me duermo llorando por la soledad que siento al no tener a quien darle el beso de las buenas noches, porque nunca pasé una noche sin dormir cuidando a un niño con fiebre. Tengo 39 años y sé que nunca nadie me dirá mamá. Y eso me destroza de una forma que nadie tiene idea. Duele. Duele más cuando me doy cuenta de que el tiempo pasa y me quedan menos chances de convertir mi sueño en realidad. Y no quiero sentir más este dolor. Hasta ahora lo pude soportar, pero no más.

  Cómo cambia la vida de un momento a otro. Nosotros queremos algo para nuestra vida y nos enojamos con Dios si no nos lo da. Sin pensar que tal vez eso que queremos no es para nosotros. O no debe serlo en ese momento. La de arriba era mi carta de despedida. La escribí hace dos años, minutos antes de tomarme las pastillas que iban a acabar con mi dolor. Sin embargo, Dios tenía preparado algo para mí. Totalmente diferente de lo que siempre soñé. Cuando estaba terminando de escribir la frase “pero no más“, sonó mi teléfono. Era Pedro, un compañero de trabajo muy allegado. Su esposa estaba por dar a luz a sus gemelas Chiara y Ámbar. La niñera de su hijo de tres años, Santino, les falló, y como sabían que contaban conmigo ante cualquier eventualidad, me pidieron que me quedara con él porque las bebas ya venían al mundo.

Quiso Dios, por razones que solo Él conoce, a nosotros nos toca aceptarlas, que Karin, la mamá, muera dos días después del parto por un trombo-embolismo pulmonar agudo.

No sé en que momento pasó. Pero las piezas del rompecabezas fueron encontrando por sí solas el lugar que les correspondía. Pedro, prácticamente solo, porque su familia vive lejos y Karin tenía a sus papás fallecidos, necesitó mi ayuda con los chicos. Hacerme cargo de esos tres hermosos bebés fue un bálsamo para mi alma en un momento tan difícil, y eso me dio las fuerzas que necesitaba para sostener a Pedro en el peor momento que le había tocado vivir.

Pedro y yo nos enamoramos sin darnos cuenta. Al principio fue dificultoso y raro. Pero nos permitimos vivir el amor que nació entre nosotros.

Hoy, Chiara y Ámbar ríen felices mientras les cantamos el feliz cumpleaños. Ya tienen dos años. Santino está al lado de ellas cantando y riendo también. Quiere ayudar a sus hermanas a soplar las velitas.

Cierro mis ojos. Se me llenan de lágrimas. Veo los dos últimos años pasar. Risas, llantos, pañales, fiebre, jardín de infantes, besos por la mañana, el cuento por las noches, juguetes por todos lados, dormir abrazada al hombre que amo y que me ama, dibujos animados, los cinco en la cama grande los domingos a la mañana.

Abro mis ojos. Veo dos tortas de princesas. Pedro sacando las velitas. Sus padres. Mis padres. Los hermanos y sobrinos de Pedro. Mis hermanos y sobrinos. Nuestros amigos con sus hijos. Todos sonríen. Todos están felices. ” Mamá, vení a cortar la torta”, me grita Santino.

Y me doy cuenta de que más feliz no puedo ser. Hoy, a la distancia, siento que valió la pena sufrir tanto antes, anhelando algo que creí que nunca iba a tener. A mis 41 años, tengo un marido maravilloso y tres hijos que me llenan el alma. El sueño está cumplido. Dios me escuchó y me lo concedió en el momento adecuado.

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