Silencio absoluto.

Cuántas cosas se pueden hacer cuando se encuentra en esa situación o en ese estado. Porque puede ser el silencio absoluto de la casa por la noche, cuando todos duermen; de un barrio cuando ya dejaron de pasar los autos; de una clínica o un hospital, y cuando digo esto no solo se me viene a la mente la enfermera con el índice en los labios del cartel de entrada, sino el del pasillo cuando no es horario de visitas, el de un consultorio después de dar una mala noticia o cuando se espera a alguien que está en una cirugía. Si pienso en silencio puedo ver también una Iglesia cuando no hay misa, los colegios en vacaciones o las galería durante las horas de clase cuando las aulas están cerradas; el de un aula durante una evaluación; una biblioteca llena de gente leyendo, o un baño, sala de estar o dormitorio donde haya alguien que lee. También, cualquier lugar donde dos personas hayan acabado de discutir o en la relajación que se presenta inmediatamente después del clímax alcanzado en un orgasmo. El silencio de una sala velatoria, de una casa cerrada, de un negocio vacío…

Todos lugares y situaciones donde debemos hacer silencio o por la soledad que envuelve al sitio o porque las palabras sobran. Sin embargo, está el silencio interno, ese que se produce cuando estamos rodeados de gente que habla, música, vehículos o pajaritos cantando, pero que no nos interrumpen, porque estamos nosotros solos en nuestro pequeño mundo.

Siempre pienso cuán valioso es nuestro pequeño mundo, porque ahí, podemos ser y hacer lo que queremos, lo único que hace falta es estar en silencio con nosotros mismos.

Estando hoy en el colectivo, en mi silencio interno, pensaba en todo lo que me falta, en todo lo que no tengo, en lo que haría si fuera más alta, más flaca y con ojos claros; en que mi pueblo está sucio y mi casa podría ser más linda si tuviera más plata y muchas cosas más.

En ese momento, alguien se ubicó al lado mío, un chico en silla de ruedas, que charlando con una vieja amiga que se encontró en el colectivo, contó, sin saber que me estaba dando una lección de vida, que se iba a entrenar, porque si ganaba el próximo partido con sus compañeros, quedarían primeros en la liga nacional de básquet. Luego dijo también, que sigue tocando la guitarra todos los días porque es algo que le llena el alma.

Y ahí pensé en lo desagradecidos, pesimistas y avaros que podemos llegar a ser. Me di cuenta en ese momento, que había desperdiciado veinte minutos de silencio absoluto, donde no hacía falta que me sienta agradecida todo el tiempo sino que podría haberlos aprovechado para pensar en mi familia, que es hermosa; mis amigos, que están siempre presentes; mi perro, que lo amo; contemplar el paisaje; disfrutar de los pajaritos o inventar una linda historia, que es lo que más me gusta hacer cuando estoy metida en mis pensamientos.

En mi entrada anterior, Julieta, describí a una persona maravillosa que conozco y pensaba en lo bueno que sería darles más importancia a estos seres luminosos. Sin pensarlo, sin saberlo, sin conocerlo, Dios puso hoy en mi camino a otro ser de luz. Es probable que nunca lo vuelva a ver, pero qué magnífica tiene que ser una persona para pasar cinco minutos por tu vida y embellecerla.

Todo esto me llevó a darme cuenta de que uno no solo pierde sus pequeños momentos de silencio absoluto con esta actitud, uno de a poquito pierde la vida, sin mirar todo lo bueno, lo lindo y lo grande que se nos ha regalado cuando vinimos a este mundo.

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